Limosna
Un destartalado cochecito de niño sirve de improvisado carro de la compra. En él se almacenan un sin fin de bolsas de plástico, sus únicas pertenencias, en lábil equilibrio. No son más que una de esas parejas de vagabundos que pueblan las ciudades de nuestro primer mundo. Ni más ni menos especiales. Discutidores, como casi siempre. Aprovechan cada esquina como escenario idóneo donde representar reprimendas y amenazas más o menos veladas de abandono inmediato. Ella con la mirada perdida y cierta arrogancia. Él con la mirada también perdida, trastabillado, oscilante en su andar. Atento, eso sí, para buscar un buen momento en el que echarse al coleto un trago de cerveza tibio, casi caliente.
Otro vagabundo espera. Un cartel reza, pegado a la pared de la iglesia de la calle Hortaleza, “Busco una ayuda, trabajo o comida”. Hay vagabundos que parecen haber sido vagabundos toda la vida. Hay algunos en los que se hace patente que no lo fueron antaño. El pelo blanco peinado con paciencia. La cazadora impecable en su decrepitud. Pantalones de paño y unos zapatos hartos de andar entre las esquinas del barrio. Con la paciencia y el aplomo que da no esperar nada, fuma un cigarro despacio sentado en los peldaños de entrada a San Antón.
La pareja quejumbrosa pasa por delante de los ocupados peldaños. El cochecito chirría entre el bamboleo de tantas cosas desordenadas. Un desorden donde un día hubiera un niño, valiente paradoja. La verborrea ante el silencio del quedo vagabundo que apura su cigarrillo. En un instante el cochecito supera el humo ascendente y continua hacia la esquina.
Y de repente se para. La pareja discute una vez más, y parece que esta vez con motivo. Él extiende los brazos. Ella hace ademán de alejarse. Pero él se desprende del cochecito refugio y anda unos pasos hacia el otro vagabundo silente. Desde la atalaya de comodidad el que observa se teme lo peor. Ya se sabe que entre vagabundos nada bueno se puede esperar.
Pero una mano hurga en los bolsillos y tiende una moneda a otra mano andrajosa.
La magia del momento, el instante de pura belleza se desvanece con un ademán de aprobación y agradecimiento. El trastabillado se aleja de nuevo hacia el refugio, escucha la reprimenda resignado, coge la botella de cerveza tibia y da un largo trago. Le dice algo a la mujer y juntos atacan Hortaleza con dirección a Gran Vía. Trastabillando. Discutiendo.
Sólo fue un gesto, un simple gesto, pero algunos gestos pueden cambiar la marcha del mundo.

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