La Coctelera

Las manos en los bolsillos

El culo de la Blanchett

El viernes fuimos a ver Elizabeth, La edad de oro, segunda entrega del biopic que protagonizara Cate Blanchett hace diez años y que se supone continuación de éste. Hace ya tiempo que abandoné la tarea de criticar películas, porque hay ya demasiados blogs que se dedican a ello, pero en este caso quiero comentar algo que me llamó la atención y que viene a demostrar muchas de las cosas que acucian a este templo de la postmodernidad que se está convirtiendo el Mundo Real® en el que vivimos. Y espero que nadie piense que me estoy pasando al lado oscuro de los escuchantes de la voz de los obispos y otros adictos a la defensa de los valores tradicionales. No es eso, os aseguro que no es eso.

Ante todo, lo primero que debo mentar es la sempiterna fascinación que me producen esos cines que detesto, pero que mira tú por donde tienen las mejores pantallas y el mejor sonido. Los que viven en Madrid ya saben que el templo del consumismo cinematográfico es el Kinépolis, con récord Guinness incluido, con esas hordas de ciudadanos adocenados que se aprestan a consumir en las colas de perritos calientes, demás comidas basuras y películas de palomitas (es decir, de aquellas en lo que prima es el espectáculo, y no precisamente la introspección). Sí, yo también soy uno de ellos por unas horas, debo reconocerlo, pero al menos me queda el consuelo de maldecir el atasco innecesario (malditos ingenieros y arquitectos), las colas innecesarias (suelo comprar por internet, para evitarme el bochorno), los atracones de sustancias grasientas (algo que suele ser discutido con mi acompañante) y la hondura emocional de la masa espectadora, como puede apreciarse a la hora de levantarse encuantitoseacabalapelícula (en algunos cines ya se está tomando la horrenda costumbre de encender a todo trapo las luces nada más terminada la peli), para pavor de aquellos que nos gusta terminar de ver hasta el último de los fotogramas, banda sonora y créditos incluidos, y solemos compartir la salida con los recogedores de basura (verdadera legión, dado el tamaño de las salas). Y el fin de fiesta es sacar el coche con el que te obligan a ir (bueno, desde hace poco hay un "tren ligero" cuyos raíles pasan peligrosamente por las mismas escaleras de acceso al recinto; lo dicho, malditos ingenieros) de un infierno de cláxones y caras de mala hostia; lo mejor, vamos, después de ver una buena película, con sosegada quietud, diría yo.

Bueno, al grano, que siempre me disperso. Me gusta Cate Blanchett. Por muchas razones. Porque nació sólo un mes más tarde que yo, porque tiene una belleza poco habitual, porque es de las pocas actrices del cine actual que es capaz de verdad de actuar (es decir, de hacer un personaje suyo sin aspavientos, de forma natural), porque tiene una mirada limpia y porque nos ha dado algunas de las mejores interpretaciones que recuerdo en los últimos tiempos (al menos en Hollywood) sin histrionismos. Desde la propia Elizabeth; pasando por la reina de los elfos (sí, qué pasa) de El señor de los anillos, incluida la voz de la narradora; y otros títulos como Veronica Guerin, Atando cabos, El aviador (la del oscar, sí, por su papel de Katharine Herpburn), El buen alemán o lo más salvable de la sobrevalorada Babel.

Pero la Blanchett siempre será Elizabeth, y por eso la teníamos muchas ganas. En una primera parte soberbia, donde priman las intrigas de palacio, está magistral, ofreciéndonos hermosos guiños y fundamentalmente serenidad. Pero cuando la película, avanzado el metraje, se pone "intensa", al director, el turco Shekhar Kapur, que repite con la Blanchett, la cosa se la va de las manos, y todo se termina convirtiendo en una apresurada y estruendosa puesta en escena de un episodio magnificado, para bien y para mal, en la historia y que tiene que ver con la lucha con los elementos: la derrota de la Armada Invencible. Vale, mola intentar imaginarse a los navíos en llamas en el Canal de La Mancha, pero no es de esto de lo que quiero hablar...

Y es que, cuando Kapur pretende enfatizar una de las señas de identidad de la famosa reina, la "reina virgen", a la que ya "se le ha pasado el arroz" por su empecinamiento en no contraer matrimonio, pero que es aún una mujer joven (más aún a nuestros ojos, sobre todo a nuestros ojos) y con un peculiar encanto (probablemente no hermosa, pero sí con el evidente atractivo que da la inteligencia, el ser cultivada y que aprecia lo mismo en sus congéneres), cuando, decíamos, quiere acercar al espectador la figura de esa reina madura pero aún hermosa, nos planta nada más y nada menos que un desnudo "integral" de espaldas de la reina. Y no se vale de un recurso usado hasta la saciedad en toda la película (hasta el punto de que "huele" un poco), el grabar a través de un grueso vidrio de color (los típicos que pueden verse en los edificios de la época) que deforma la escena, sino que hace un pequeño travelling en el que se ve cómo la reina se quita el vestido y dejar ver, sin tapujos, su espléndido y blanco cuerpo.

Y ahí está el quid de la cuestión: el cuerpo de la reina es un cuerpo espléndido, con piernas firmes, bella espalda y, sobre todo y ante todo, con un espléndido, redondo y perfectamente curvado trasero.

Y ante eso tengo que hacer un par de reflexiones.

Primero, algo que ya os he dicho que me llamó mucho la atención precisamente en los créditos. No quiero pecar una vez más de ingenuo; sé que a todas las actrices, y más en las escenas de desnudos, las doblan, pero me dio como pudor leer el nombre de la doble de la Blanchett. Y me explico. La peli intenta ser más o menos fiel a la historia, y quiere hacer un retrato de la reina en la que la presenta aún joven pero con una edad ya no digamos elevada, pero sí “madurita”. Vamos, poco más o menos (y supongo que por eso se ha esperado diez años) la misma que tiene ahora la Blanchett, unos treinta y muchos. Bien está, y comprendo incluso que la actriz no quiera aparecer desnuda así como así, pero el hecho es que la doble que aparece en la escena no tiene, ni por asomo, un cuerpo de una mujer de treinta y muchos, sino que me atrevería a decir que apenas ha traspasado los veinte. Y menos aparenta ser una mujer huesuda y delgaducha (y que además parece estar bastante cerca de la real figura de la monarca), sino una mujer escultural con, perdón por la expresión, un culo estupendo. Con sinceridad, la escena, enmarcada en una espiral recurrente y muy traída por los pelos de la mujer que ya está entrada en años y se mira en el espejo para ver los estragos del tiempo (pues envidia a las más jóvenes que la rodean), algo así como la Streep en Los puentes de Madison, se convierte en una irrisoria escena de “mira qué buena estoy y que poco me quejo”.

Y segundo, y algo que me parece mucho más grave, es la denuncia de siempre, la de querer vendernos gato por liebre, pues estamos ya un poco hartos de que nos tergiversen la historia desde el cine con tal descaro y despreocupación. Señores, a poco que tiremos de libro de historia, Isabel I (y es un personaje perfectamente documentado) nació en 1533, y el episodio de marras de la Armada Invencible ocurrió en 1588, así que para entonces la monarca contaba con nada más y nada menos que cincuenta y cinco años. Cincuenta y cinco años, ¡por Dios! No ya es que ese culo no pertenezca a una dama de treinta y pico, es que para entonces Elizabeth ya era una mujer madura, y mucho nos tememos que para la esperanza de vida de la época casi casi anciana. Y, bueno, mucho nos tememos que la escenita con la armadura y el caballo, muy bonita y efectista, produce una insultante incredulidad (aderezada con la estridente banda sonora a todo trapo, dicho sea de paso).

Insisto que esto no tiene nada que ver con la Blanchett. Y sé que a algunos les parecerá una chorrada, pero a otros nos asombra y enerva a partes iguales.

Y en cuanto a la escena de marras, con sinceridad… se la podían haber ahorrado.

Señores directores, dejen ya de tomarnos por imbéciles, por favor.

Polidori dixit.

5 comentarios

  1. Estupendo artículo y de interesante lectura. En cuanto a la escena en cuestión, es, evidente para mi un fallo del director que permitió el cambio y/o de los productores que quizá impusieron la doble (tal vez por negación de la actriz o por el tirón de la imagen de cara a la publicidad de la cinta). Pero hoy en día, después de años viendo cine, época de efectismos y efectos especiales, esto está a la orden del día. Se utilizan dobles para cuerpos enteros, piernas, manos, pechos, etc. Los actores/actrices, directores, productores, etc., quieren mejorar la "fotografia" del personaje o mantener "la luz de la estrella". La celulitis, una calvicie, unas piernas torcidas, desgraciadamente por lo antinatural de la pretensión, pueden dar al traste con toda una carrera en el loco, loco, mundo del cine actual. Y es verdad que esto no es real y que tendríamos que aceptar el deterioro normal de los cuerpos, pero no lo hacemos (y menos aún lo quieres las "empresas de la belleza" - cosmeticos y afines -). Por mal que esté, pasa mucho más de lo que piensas.

    Salu2.

  2. Carajo, pues yo ahora lo que no entiendo es por qué te gusto Los 300, porque muchas de las críticas que le haces a esta película también se le podrían aplicar, ¿no? (no es un 'no' retórico, es realmente una pregunta).

  3. La batalla de las Termópilas forma parte de la leyenda, aunque tenga un vestigio histórico que sí sucedió, pero que no tiene nada que ver con lo que se nos cuenta; es pura épica, como la Odisea o como el Cid matando cientos de miles de moros. Tanto el Cid como Leónidas, o como el rey Arturo, son personajes históricos que se convierten, por la tradición, en héroes épicos que se elevan a semidioses y que viven en la memoria colectiva de los pueblos, es decir, nuestra memoria colectiva que se trasmite de generación en generación, y por ello se distorsiona el hecho verdadero que sí tiene una fecha y un lugar. Además, da la casualidad de que 300 es, simple y llanamente, la versión cinematográfica de un cómic (excelente cómic, por cierto), y no hay que olvidar que los héroes épicos, pertenecen a la literatura tradicional popular, donde aparecen magos, hadas, arcángeles, oráculos y todo tipo de seres mitológicos.

    Sin embargo, Isabel I nació en 1533 y murió en 1603, la batalla del Canal con la mal llamada Armada Invencible existió y tuvo lugar en un hecho concreto, y, por encima de todo, la película pretende ser un biopic que narre los hechos tal y como transcurrieron. La historia de la reina Isabel forma parte de la historia reciente, o casi reciente, que explica, nos ayuda a comprender, mucho de lo que ocurre en nuestros días. Y la fantasía en esta película brilla por su ausencia.

    Juro por Dios que todo esto que acabo de escribir me ha salido del tirón, para que veas hasta qué punto lo tengo claro. Y más cosas que, seguro, me dejo en el tintero.

    Sin acritud, eh.

  4. Alonso de Palencia

    Sharon Stone debe andar más o menos por esa edad y sigue teniendo un culo (sin dobles) que es un primor. Quién sabe, Polidori, lo mismo Isabel era de las suyas ;-)

  5. Danae

    Es verdad.

    (¿"Sin acritud"?, risas)

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