Una cáscara de nuez
Hay personajes que no nos son simpáticos, por mucho que nos hayan querido “vender la burra” desde tiempos inmemoriales. No comulgar con lo que suelen decir los libros de texto y de historia es algo habitual cuando consultas varias fuentes, y eso ocurre con un personaje (se supone) clave para la historia de la humanidad como pueda ser Colón. Por no saber a ciencia cierta no sabemos siquiera si era realmente genovés, pero sí sabemos de la verdadera carrera centenaria por hacer del almirante de la mar oceana italiano, español, portugués e incluso catalán . Y todo porque su gesta, pues gesta fue, se ha tenido y se tiene como el verdadero y único descubrimiento de América, cuando se sabe por pruebas ciertas que a América llegaron los siberianos en el Pleistoceno, y no digamos nada de los navegantes vikingos unos siglos antes de la salida de las famosas tres carabelas del puerto de Palos en 1492 (que, por cierto, ni siquiera eran tres carabelas, como bien se sabe). Colón fue un soberbio, un casi lunático empeñado en una empresa que, por ironías del destino, después de tanto tinglado, ni siquiera llegó a ver las Indias, pero el empeño del presunto genovés porque así fuera le llevó a la tumba pensando que sería posible desde su ruta entregar unas cartas al Gran Khan de Tartaria, cartas firmadas por unos Reyes Católicos sólo deseosos de saber hasta qué punto se iba a poder hacer caja con la travesía.
La gesta del Descubrimiento ha alcanzado las altas cotas de romanticismo que ha alcanzado gracias a los empeños de la historiografía tradicional hispana por ver en el almirante la figura de un héroe ecuánime y valiente que se adentró en el Atlántico sin saber lo que iba a encontrar, cuando realmente era un tipo fundamentalmente ambicioso que quiso buscar por todos los medios un modo de circunvalar la Tierra para llegar a las Indias (es decir, a China, o al menos al archipiélago de las mil islas descrito por Marco Polo) lo antes posible, con el único propósito de hacerse gobernador de la tierra conquistada y, sobre todo, merecedor de un sustancioso diezmo de todo el comercio de especias y oro que se suponía iban a alcanzar con la travesía. Pedro Vázquez de la Frontera le aseguró antes de partir que, en una expedición organizada por el infante Enrique el Navegante, había cruzado el Mar de los Sargazos y casi llegó a tomar tierra (la presencia de aves terrestres y otras señales así se lo confirmaban), pero las corrientes no le dejaron. Realmente, en lo único en que se equivocó Colón fue en que, en medio, mire usted por dónde, había un continente, y grandecito, pero esa realidad no la supo jamás, y se fue a la tumba pensando que había llegado a la costa oriental del más lejano Oriente.
En su descargo debe decirse que el almirante era un gran navegante, no en un sentido técnico (con conocimientos muy desarrollados por una parte, pero muy limitados por otra), sino en un sentido más práctico, por la maestría con que sabía gobernar las naves y el modo en el que afrontaba las dificultades de las travesías. Sin saberlo, sin conocer a ciencia cierta la ruta, llegó a América en un tiempo récord, y casi puede decirse que por el camino más corto posible, contando con las corrientes atlánticas y lo limitado de esas embarcaciones a vela.

En cuanto a su afán y ambición económica y de poder, podemos decir que, al fin y al cabo, Colón no deja de ser un producto de su época, una época repleta de hombres valientes pero obsesionados (como hoy día, desde luego) en reunir las mayores riquezas posibles, y también (como hoy, en muchos casos) sin ningún escrúpulo en cómo conseguirlas. Por otro lado, fue también una época en la que se buscaba desesperadamente por parte de los gobernantes oro con el que pagar las costosísimas campañas bélicas que tenían a toda Europa sangrando de una a otra frontera. En el caso de los Católicos, su objetivo desesperado era Granada, para acabar de sacar de una vez por todas los últimos vestigios del mundo árabe dentro de la Península. Ahora sabemos lo adelantados que estaban esos “moros infieles”, y que más les hubiese valido fijarse en sus artes y ciencias que en echarles de un territorio que había sido su hogar (previamente conquistado, por supuesto, como siempre en la historia de la humanidad) durante los últimos ocho siglos. Curioso es que la llegada de Colón a San Salvador dos meses largos después de su partida de Palos coincidiese en el mismo año con la toma de Granada (y con la primera edición de la Gramática de Nebrija, pero esa es otra historia). Claro, que sin esa conquista probablemente no habría tenido lugar el descubrimiento, aunque es cierto también que si no hubiese sido Colón habría sido alguno de los muchos candidatos que estaban a puntito de dar el gran salto y cruzar el charco por primera vez, ya fuese con bandera española, portuguesa o italiana.
De toda esta historia me debo quedar con una sensación: la que tuve el pasado puente en el Muelle de las Carabelas de La Rábida, cuando me subí a las espléndidas réplicas de las tres naves que llevaron a Colón a América. Esa sensación, la primera que tienes al subirte a cualquiera de ellas, no es otra que sentir la tremenda fragilidad de esas pequeñas naves, con veintipico metros de eslora y apenas siete de manga (medidas medias, teniendo en cuenta que la nao Santa María era bastante más grande que las otras dos). Eran auténticas cáscaras de nuez en las que parece mentira que se pudiese navegar, cuanto menos atravesar el Atlántico. Y digo esto desde la más absoluta de las ignorancias, pues sé que ese tipo de naves eran, por otra parte, bastante habituales en esa época (de hecho, la Santa María era “alquilada”, pues Juan de la Cosa, su dueño, cedió el cargo de capitán al propio Colón), pero a ojos de un contemporáneo poco ducho en la materia marinera parece de locos subirse en eso y apuntar hacia el otro lado del mundo, y encima llegar a contarlo. Os recomiendo que os paséis por allí y os subáis, porque merece la pena.


Había también allí una grotesca recreación de los indígenas con los que se encontró el ya almirante. Esa es otra cosa que me fascina de la historia de Colón, el hecho de que, como podemos leer en su Diario, no tuviera ni la más remota idea de quiénes eran aquellos que tenía antes sus ojos. Si esperaba ver ciudadanos del Imperio del Gran Khan se encontró con indígenas “todos desnudos como su madre los parió, y tanbién las mujeres, aunque no vide más de una harto moza”. Ese momento en el que unos tipos llegados de allende los mares desembarcan con aspecto harto cansado, probablemente con fragmentos de armaduras extrañísimas para los indígenas, y se topan con otros tipos que en su vida habían visto más hombres que ellos mismos me parece alucinante. Poneos en la situación. Luego vino todo lo demás, lo bueno y sobre todo lo malo (entre otras cosas, que la población indígena de la zona prácticamente desapareciera), pero esa es otra historia. Yo me quedo con ese momento de encuentro (y, obviamente, desencuentro) de culturas tan dispares, tan diversas y, por otro lado, tan celosamente contemporáneas.

Repasad el diario de Colón en este y este otro enlace. Mientras, va otro jugoso fragmento (recordando que el narrador es fray Bartolomé de las Casas, otra figura señera de aquella época). Casi podría decir que me quedo con el Colón narrador y su delicioso e ingenuo modo de retratar lo que ve desde algo cercano a la crueldad:
Y todos los que yo vi eran todos mancebos, que ninguno vide de edad de más de Treinta años. Muy bien hechos, de muy hermosos cuerpos y muy buenas caras. Los cabellos gruesos casi como sedas de cola de caballos, y cortos. Los cabellos traen por encima de las cejas, salvo unos pocos detrás que traen largos, que jamás cortan. De ellos se pintan de prieto, y ellos son de la color de los canarios, ni negros ni blancos, y de ellos se pintan de blanco, y de ellos de colorado, y de ellos de lo que fallan. Y dellos se pintan las caras, y dellos todo el cuerpo, y de ellos solos los ojos, y de ellos solo la nariz. Ellos no traen armas ni las conocen, porque les mostré espadas y las tomaban por el filo, y se cortaban con ignorancia. No tienen algún hierro. Sus azagayas son unas varas sin hierro, y algunas de ellas tienen al cabo un diente de pece, y otras de otras cosas. Ellos todos a una mano son de buena estatura de grandeza y buenos gestos, bien hechos.
Debo terminar y termino con la recreación que hiciera Terrence Malick en su hermosa película El nuevo mundo, donde puede imaginarse muy bien lo que era la travesía en esas cáscaras de nuez. Que la disfrutéis.

Escribe un comentario