Si yo no fuera tan débil
Si yo no fuera tan débil no rendiría pleitesía a la verdadera religión de los débiles: la comparación. En este mundo duro y extraño nos medimos a imagen y semejanza de nuestros semejantes, y es tal el torrente de información en nuestros días que vivimos literalmente ahogados por la inabarcable sensación de infinitud. Ya lo comentaban en microsiervos en un reciente post: somos, actualmente seis mil seiscientos millones de personas, y hemos sido hasta la fecha ciento siete mil millones de tipos los que hemos habitado este pequeño astro perdido en la insondable inmensidad del espacio sideral. Si tuviéramos que nombrar ese mar de rostros que somos y hemos sido, uno por uno, perderíamos varias vidas sólo en el intento. Asusta. Empequeñece. Enmudece.
Si no fuera, pues, tan débil no sufriría, por ejemplo, con los que tienen más dinero que yo por el mero hecho de ser hijos de quienes son, pues a ellos se les está permitido hacer cosas que yo no puedo ni soñar. No sufriría, tampoco con los embaucadores y los injustamente poderosos. Das una patada y surgen ejércitos de patanes sin escrúpulos que revientan cada día las lindes de aquello que se conoce por cordura, comprensión o simple educación. Y el mundo sigue girando, con los seis mil y pico millones de bípedos llenando cada rincón del mundo con sus miserias. Puede que ese dios dudoso entienda el sentido de todo esa carne mortal pululando en un rincón tan escueto del universo, pero para mí, triste integrante de esa marabunta, se me escapan los motivos. Es normal, y lógico; soy tan finito como cada uno de ellos.
Si yo no fuera tan débil no sufriría con la envidia, el deseo mal entendido, el odio o todas esas lindezas tan propias de nuestra especie. No sufriría con la angustia y el desasosiego. No sería tan estúpido de mirar para atrás en cada esquina. No miraría con recelo la incertidumbre del mañana, los estragos del pasado, la incombustible fugacidad de los tiempos. No tendría que vérmelas con el tedio, con la impostura de los necios, con la candidez de los que se creen sabios sin serlo. No derramaría palabras inútiles, y las emplearía en demostrar la más recóndita de las incógnitas presentes, pretéritas y por llegar. Sería sabio desde la fuerza. Pero los humanos, bien lo sabemos todos, somos frágiles como adornos de cristal, y hasta el viento insolente puede hacernos daño. A menudo me asombra esa fragilidad revestida de indolente superioridad de ser superior. Ser superior... ¡de qué! Si incluso volar es un sueño.
Si yo no fuera tan débil no sufriría con la injusticia. Sería Gandhi, Teresa, la Pimpinela Escarlata del siglo XXI, pero me ha tocado el papel de sufrido hombre occidental, imbuido en las buenas costumbres. Votante y pagador de impuestos. Vividor y sufridor a un tiempo. Capaz de ayudar a cruzar una calle a un invidente o de matarme a vodkas en una cena. O de acariciar a mi gata porque sí. O de dar un beso estentóreo porque ése es un buen momento. No soy capaz de salvar al mundo, y ni siquiera de poner orden en mi escritorio. Soy por ser, y porque para eso estoy aquí. Si alguien conoce más respuestas ya sabe dónde encontrarme. Soy fácil de localizar. Y estoy esperando.
Si yo no fuera tan débil no sufriría con los que tienen una moto mejor que la mía, no me gustaría que reventaran cuando abren gas, sin pensar en lo limitado de mis treinta y tres caballos de potencia. Porque, qué es más prosaico que una máquina automóvil comparada con las desgracias de la especie humana. Pero es buena piedra de toque. Es demostración de todos nuestros deseos insatisfechos, de nuestras veleidades y frustraciones. Siempre habrá una moto, un coche, un televisor, una familia, una tradición, una época, un país, un entorno, una ciudad, una historia, un cuerpo, un rostro, un ordenador o un universo mejor. Quien se consuele es inhumano, o simple creyente. Los ateos, agnósticos y demás ralea no entendemos de eternidades y promesas del más allá. Y quisiéramos creerlas, vaya que si querríamos, pero esta maldita y limitada inteligencia es tan débil que se asusta hasta de su propia finitud.
Si yo no fuera tan débil no sería humano, ni estaría escribiendo esto de madrugada. Sí, si yo no fuera tan débil no sería uno de los vuestros, mis queridos compinches mamíferos. Así que, teniendo esto en cuenta... ¿qué más dan mis cuitas? Mañana amanecerá, y me espera, como siempre, un sol de amanecer, una compañera a quien amar y unos amigos con los que compartir muchas cosas, además de la mesa.
Seré, pues, débil, pero débil afortunado.



2 comentarios
Si tú no fueras tan débil no escribirías lo que escribes, nosotros no leeríamos lo que leemos y serían otros los que exclamarían: ¡Ah, la noche en la Gran Vía...!, pero no sería lo mismo.
El que dijo que el mundo era de los fuertes era demasiado tonto para saber lo que decía o demasiado débil para reconocer su propia debilidad.
Eres débil, somos débiles, pero ¡ah!, la perfección es tan aburrida que hasta los dioses nos copian los vicios. Que se queden con sus eternidades, sus arrebatos místicos, sus valquirias y su contemplación, para nosotros son las debilidades, la fugacidad del amor y el extenuante capricho de vivir.
Salud
28 ene 2008 | 03:39 PM
Brindo por eso. Sí señor. El sr. K no podría fallarme.
28 ene 2008 | 03:45 PM
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