Pasó un ángel por el comité de dirección
Una mañana cualquiera, extrañamente soleada para esas alturas del invierno, el comité de dirección de una afamada empresa de alimentación aguarda la propuesta de un conspicuo y barbilampiño director de arte que se halla nervioso, ardiente en deseos de mostrar la última creación de su más brillante miembro del equipo de diseño. Consciente de la importancia de la imagen, confía en que el logotipo de la nueva campaña pase el corte del exigente departamento de marketing, personalizado en su director, un resuelto hombre de mediana edad, con el pelo muy cano y peinado con esmerado desarreglo, quien mira receloso desde sus grandes gafas de pasta fucsia primaveral, a juego con su corbata. Los directivos esperan el resultado ansiosos, pues se juegan un buen pellizco con la nueva línea de productos, dirigida, como casi siempre, a un público joven, dinámico y, por supuesto, con mucha iniciativa.
El director de arte, una vez reunido todo el comité, y tras los chascarrillos propios de directivos de tanto nivel (ya se sabe, el índice bursátil, las nuevas tetas de alguna star televisiva y el último gol de ese jugador que debe estar en la selección, por supuesto), pasó sin más miramientos a presentar la nueva línea de negocio, y como tal línea debía ser directa e incisiva, enfocada a la gente de hoy preocupada por su aspecto y la alimentación equilibrada y saludable. Y sin más dilación ejecutó su presentación de power point (el arma definitiva para cualquier ejecutivo que se precie) y, desafiante desde el tubo de proyección, apareció la siguiente imagen:

Los miembros del comité, aún aletargados por la temprana hora, murmuraron entre ellos, dando pequeñas cabezadas de asentimiento, acompañadas de un fruncir de barbilla aprobatorio.
Excelente, excelente.
Aseveraban algunos.
Justo lo que queríamos.
Musitaban otros.
Pero un dedo indeciso se dibujó al fondo de la sala. El miembro más joven del comité se aventuró a decir lo indecible.
Está muy bien, pero... ¿no le falta un acento?
El director de arte enarcó las cejas y frunció, esta vez, el entrecejo.
Un acento... ¡no te entiendo!
El recién llegado, con un currículo excelente y una trayectoria breve pero brillante, se atrevió a decirlo. Aquello que no debe decirse en un comité de dirección.
Sí, falta un acento en la "i".
El director de arte ahora se hallaba muy nervioso, temeroso de quedar mal ante tal auditorio.
Perdón, pero eso no es posible.
A lo que el joven espetó.
Sí, es una palabra esdrújula que necesita un acento para pronunciarse como es debido.
El director de arte, ahora verdaderamente nervioso, se encaró con el intruso.
Eso no es cierto. Además... ¡esto es un logotipo, y los logos no tienen por qué acentuarse!
El joven contraatacó...
Eso no es así, o no debería ser así, porque tenemos el deber de que las etiquetas de nuestros productos, que serán millones, estén debidamente escritas, pues esa es también la labor de este comité...
El director de arte, encolerizado, tronó...
¡Tú que sabes, si eres un advenedizo!
El joven, consciente del jardín en el que se metía, dudó al decir...
Bueno, yo lo decía porque esta es una empresa muy importante, y lo que decidamos va a ser visto con lupa por todos los medios... No sé, es así, ¿no?
Los pequeños bufidos que el director de arte exhalaba en esos momentos fueron contestados por el presidente de la casa, un hombre ya maduro, con pelo muy canoso, traje de corte exclusivo y aspecto de ser un miembro de un elitista club de golf, que tomó la palabra, con los esperados temblores de ambos contendientes.
Admiro tus desvelos, López, pero esta empresa lleva muchos años en el mercado y sabe muy bien lo que se hace. Esta pequeña falta, que sólo ven aquellos que sepan buscarla, no va a ser un impedimento para que nuestro producto salga al mercado y sea un verdadero éxito. Así que, te disculpo ante nuestro brillante director de arte y te animo a que sepas reconocer los avances de nuestro equipo de creativos y los desvelos de los profesionales de nuestro departamento de marketing. Ya sabes, nuestro trabajo debe verse acompañado por la proactividad y las debidas sinergias.
Un ángel pasó entonces por el comité de dirección. El joven López tragó saliva y asintió, mientras que el director de arte, con aire triunfante, ajustó el tubo de proyección, orgulloso de su éxito.
El mal ya estaba hecho...
Y se extendió por toda la piel de toro, afectando a empresas de comunicación

y telefonía...

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También automovilísticas, de rancio abolengo español.


Y empresas alimenticias.


Supermercados.

Grandes firmas de moda.
Incluso, y lo que es peor, portales de internet dedicados por entero a los contenidos educativos.

Amén de algún que otro logotipo con ínfulas presuntamente internacionales.

O autores de blogs a los que habría que decirles alguna que otra cosa en privado...

Ante este panorama, el Comando Filológico©, siempre atento a los desmanes que se perpretan a diario, y con el ánimo de servir al bien ortográfico común, se atreve a imaginar, en un salto al vacío en el panorama provocado por la estulticia reinante, cómo sería un mundo en el que las reglas ortográficas se respetaran, con la ayuda de un simple manual de "Ortografía fácil para la E.S.O." de la editorial Espasa. Y sobre todo demostrar a los "artistas" que no es tan difícil hacer bien las cosas.
Primera regla:
Dos vocales abiertas nunca forman diptongo ortográfico, aunque en la pronunciación sí pueda producirse. Así, dos vocales abiertas siempre pertenecen a sílabas distintas, están en hiato. He aquí un par de ejemplos:


Ni que decir tiene que todas las esdrújulas se acentúan. El Comando Filológico recuerda, además, que las tildes son tildes, y no deben enmascararse con "rabitos" ni nada por el estilo.

Una vocal cerrada tónica y una abierta átona -y viceversa- contiguas pertenecen siempre a sílabas distintas (forman hiato). Y se rigen por la normas habituales de acentuación, apostillla el Comando.



Numerosas palabras de origen latino llevaban f inicial en el castellano antiguo. Esta f se pronunciaba aspirada y pasó a representarse por la h, letra que permanece hasta hoy, aunque ya no se pronuncie.
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Las mayúsculas deben escribirse con tilde, según las normas generales de acentuación.



Estos son sólo algunos de los ejemplos que nos podemos encontrar a diario de patadas a las reglas de ortografía en el mundo de la publicidad. ¿Hasta cuándo debemos soportar estos desmanes?
El Comando Filológico© estará aquí para denunciarlo, siempre en la brecha.
Pronto nuevas actuaciones.
Salud camaradas.



3 comentarios
Chapeau! Plas, plas, plas :)
4 feb 2008 | 07:24 AM
TOOOOOMA YAAAAAAA
Dices que hasta cuándo debemos soportar esto... pues hasta que nos demos cuenta -y defendamos a capa y espada- de que el castellano se escribe de una cierta manera y el inglés de otra. O hasta que nos concienciemos de que no todo lo escrito de cualquier manera se entiende "de todas formas".
¿El Comando Filológico también actúa contra la falta de interrogaciones y admiraciones iniciales?
Un abrazooo
5 feb 2008 | 11:04 AM
Polidori: a propósito de los despropósitos de Telefónica he escrito yo hace tiempo sendos artículos en mi página, con resultados dispares. Cuando escribí sobre "teabla" tuve respuestas que intentaban justificar lo injustificable.
El problema está en que cada vez son más frecuentes estos errores, nadie los censura, se consideran irrelevantes y poco a poco el idioma se va deteriorando...
Mi apoyo a este artículo es total.
Saludos amistosos.
23 feb 2008 | 09:48 PM
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