La Coctelera

Las manos en los bolsillos

I now walk into the wild

[Advierto de que todo este texto puede ser considerado un spoiler de la película, así que si aún no la has visto mejor que no sigas leyendo. Eso sí, vete lo antes posible a verla, antes de que la quiten. Si crees que te merece la pena, claro, o simplemente te lo mereces.]

Debo reconocerlo. Hacia rutas salvajes me ha dejado tocado. Me ha removido muchas cosas por dentro, en lo más profundo de mis entrañas. Parece mentira que una historia así pueda hacerlo, después de todo lo visto y todo lo oído, pero la experiencia de Christopher McCandless (o Alexander Supertramp, como a él le gustaba llamarse) ha tocado una de esas teclas, o de esas cuerdas que hacen que vibre todo mi sistema nervioso, toda mi fibra sensible. De forma inesperada hay muchas cosas que han dejado de tener sentido, como hay muchas que lo han tomado de forma clara y brillante. Y no me refiero a una visión mística, ni a pensar que Sean Penn, a quien admiro por muchas cosas, pero no por ser un profeta de la luz, me haya abierto los ojos. Es algo más que eso, es encontrar respuestas en nosotros mismos, quemando los manuales de uso, los libros de autoayuda y las acciones encaminadas a la realización personal. Parafraseando al propio Chris, en una de las frases que más impacto me produjo del visionado de la larga (que no tediosa) cinta:

La carrera profesional es un invento del siglo XX.

Todo ello además con una película que no me dejó extasiado, ni me epató nada más levantarme de la silla, sino que ha ido tomando cuerpo, como los buenos vinos y las viejas amistades, en mi ánimo y en mi mente más todavía cuando más tiempo está transcurriendo desde que la vi (que fue el sábado pasado). Y no es tampoco por simpatía o empatía con el personaje, pues éstas, aunque las haya, son irrelevantes, sino porque siempre confunde y sugestiona conocer la vida de la gente que sabe abandonar todo para tomar otro camino, en este caso un camino (por accidente; desesperado, pero accidente al fin y al cabo) fatal. Es el sueño de algunos que no nos creemos todo lo que nos cuentan, ni entendemos mucho de lo que vemos o escuchamos; y es que a veces, sin ser precisamente místicos ni histéricos, detestamos la vida moderna, consumista y funcional, pues no es otra cosa que acumular y acumular objetos que supuestamente nos hacen la vida mejor. Y os aseguro que no me quiero meter a monje, ni me ha dado un ataque hippie-lisérgico, ni me he apuntado a un club naturista; es algo más difícil, rico y polimorfo que todo eso.

Porque sí, porque no quieres reconocerlo recién levantado de la butaca. Porque al fin y al cabo vuelves a respirar el mismo aire de la sala de proyección de antes, con ese clima tibio y confortable que debes abandonar cuando has estado sumido en el ensueño ofrecido por las imágenes que acabas de ver. Pero, ¡ay, amigo, cuando abres la puerta de la calle! Entonces la ciudad, la muy puta, toma su pulso verdadero, y sientes como el mensaje de la vida de Chris McCandless toma verdadera fuerza. Y empiezas a odiar, a detestar de verdad toda la zafiedad del mundo moderno, hasta el punto de que el camino a casa se vuelve tortuoso e imprevisible como un meandro infestado de infernales rápidos. Además, al salir del cine y encaminarnos a casa, nuestro barrio cambia de faz a esas horas de la mañana, y lo que suele ser amable, cool y divertido, se convierte en sórdido, inhóspito, hostil, agresivo y desagradable (esperpéntico, que diría Valle, pero sin literatura) por momentos. Como la vida misma en la ciudad.

Chris (o Alex), en su huida hacia adelante, alterna períodos de absoluta soledad con breves contactos de empatía con sus semejantes en una curiosa sucesión de seres que se mueven en los márgenes del mundo en el que vivimos (a saber: una pareja de hippies ya bastante trasnochada, pero muy lúcida y poco idealista; un capataz agrícola con problemas con el FBI; una pareja nórdica cercana al esperpento; una jovezna con muchas prisas a la que apacigua; y un casi anciano que necesita que le recuerden que la vida no se acaba por estar solo). Pero todos se enfrentan a un ser extraño al que no saben cómo tratar. Un tipo de veinte y poco años que quiere, nada más y nada menos que vivir la soledad más absoluta en plena naturaleza salvaje para saber qué se siente en ella. Y aunque ese es el sueño, realmente su ciclo, su “ruta salvaje”, le lleva antes a viajar por todo el territorio estadounidense sin un duro en el bolsillo, viviendo en una tienda de campaña, haciendo autostop o incluso colándose en los trenes de polizón.

A la imponente historia de su protagonista, la película acompaña un perfil psicológico del resto de personajes rico y profundo. Vemos a todos ellos evolucionar, sobre todo en el momento en que Chris entra en sus vidas. Pero su figura no es la de un mesías que venga a salvar al mundo, ni la de un loco que pretende acabar con todo, sino la de un tipo culto, inteligente, con “la cabeza en su sitio”, que pretende experimentar por sí mismo cómo de grande y salvaje puede ser la tierra que pisamos. Así, la enseñanza de la película, fuera de un canto a la libertad y a las beldades de la involución urbanita, es una introspección a lo más profundo de la condición humana, y una llamada a las formas alternativas de entender este mundo en el que vivimos. Es una especie de “santo” contemporáneo que en vez de curar con sus manos cura con su ejemplo, con su valentía. Es un robinsón consciente de su naufragio que, no por elegido, deja de ser duro hasta la extenuación. Hasta tal punto llega a ser un mártir de su propia causa que muere por una estupidez, después de haber sobrevivido a meses de soledad y hambre, amén de la bajada de unos rápidos sin apenas experiencia, una severa paliza por ser polizón y alguna que otra dura experiencia. Pero sobre todo sobrevive a su propia experiencia, la de unos padres adocenados que no saben vivir sin apariencias (como tantos y tantos otros, dicho sea de paso), y consigue lo que consiguen muy pocos, cambiar el rumbo de su vida, tomando una conciencia de sí mismo exacerbada.

Han sido otros los hombres que han deseado vivir en lo salvaje, en la soledad más absoluta, pero casi siempre el motivo ha sido convivir y estudiar a los animales (como, por ejemplo, Charlie Vandergaw, el llamado amigo de los osos; o la ya famosa historia de Timothy Treadwell, Grizzly Man, y su trágico final), pero la epopeya de Chris es de otra pasta, pues no busca experiencias, no busca conocimiento, sino que busca verdades. En uno de los pasajes de la peli habla precisamente de eso:

Más que amor, más que dinero, que fe, que fama, que justicia… dame la verdad.

También recordé la frase de un amigo, que probablemente no sea suya, pero no por ello deja de ser demoledora: “antes la verdad que la paz”. Cuando Chris está a punto de morir sólo sabe dar las gracias por lo vivido, y tan sólo, ya que ve cerca el final, claudica, y dice aquello que produce un mayor escalofrío en la espalda, pues es inherente a la condición humana:

La alegría sólo es real cuando es compartida.

La actuación de los actores es seria, creíble, comedida (salvo un par de miradas directas a cámara que nunca podré tolerar), soberbia en ocasiones. Con un recuerdo especial, además de, por supuesto, para el protagonista, Emile Hirsch (que algo me dice que fue también una gran experiencia para él), para William Hurt. La escena en la que se desploma sobre el asfalto, sosteniéndose las perneras de los pantalones como un niño pequeño, es sobrecogedora.

Una de esas películas que tienes la suerte de ver antes de que desaparezca rápido de la cartelera, y que agradecerás siempre. Eso sí, cuando al día siguiente amaneces de nuevo en tu cama de siempre, y piensas que debes seguir, porque no queda otra y porque no tienes los huevos de hacer ni la quinta parte de lo que hizo Chris, elucubras actuaciones más asequibles, en la eterna espera de que un día te atrevas, de verdad, y de una vez, a hacer aquello que tantas veces soñaste sin importarte nada. Ni familia, ni amigos, ni comodidades. Y quizá algún día te atrevas, nos atrevamos, pero no será este día, sabiendo como sabes que abajo, en el portal, espera la vorágine de la ciudad, tan querida y tan odiada, dispuesta a deglutirte en su ritmo frenético de siempre.

1 comentario

  1. Y además... esa fabulosa banda sonora... Fantástica película, fantástica recomendación, fantástico post :)
    Besos.

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