Anchoas y banderillas
Sí, la culpa fue de las banderillas del Carrefour, y entonces me acordé de la lata de anchoas de la nevera, y me vino a la mente esa combinación, la explosión de sabor, la delicia de la tenue textura de la anchoa contra el pepinillo y el cándido picor de la guindilla...
Y recordé de pronto las "gildas" de La Venta de Orduña, y los rollitos de ikura y calamar del Musashi, y de aquel bacalao grellado de Porto, y de los mejillones a la plancha de esa calle tan cutre de Vallecas, cerca de La Cervecera y su cecina; y de las cocochas al pil-pil del Guzurtegui, y esas zamburiñas en Vigo, o aquella docena y media de ostras casi al amanecer en la lonja de pescado de la misma ciudad; o las alubiadas de El Toboso en Respaldiza; o aquel cuscús en ese hotel perdido del Atlas marroquí; o los champis y los bocatas del Tío Agus en la Laurel de Logroño; o el choco frito y las gambitas cerca del Mercado (a punto de ser defenestrado) del centro de Huelva; o los bígaros agujereados de ese chino perdido de Chinatown, en pleno Manhattan; o los montaditos de pringá en la calle Mateos Gago de Sevilla; o de los zumos de naranja cerca de la mezquita de Túnez y los bocadillos del puesto callejero de la avenida Bourguiba; y los callos de El Bocho, y el hígado de bacalao del Pez Gordo; y el champiñón al ajillo de mi padre; y aquellos espaguetis carbonara de aquel restaurante de la calle Palafox; y esos percebes en una pequeña cala de A Coruña; y las rabas de invierno en la playa de Las Arenas; y los espetos de La Carihuela; y ese arroz negro, y esos creps de caviar en Altea; y la galette de foie con compota y cebolla caramelizada de la creperie de la calle Madera; y el steak tartare del Zalacaín; y el arroz con bogavante de El Saler; y las empanadillas del chino de la esquina; y los trozos de atún del Naomi; y la sepia de roca de mi suegra, y el risotto de su querida hija; y el ali oli del Clotet de Caldes de Mombui; y los caracoles y las gambas a la plancha del Rastro; y el kebab del Ebla de la calle Martín de los Heros; y el lomo embuchado del suegro de mi hermano; y ese jamón estentóreo de Paimogo en plena Feria; y el secreto en ese bar moderno de Calatayud (después de preguntar por La Dolores); y la ensalada de berberechos y aguacate de mi hermana; y el arroz a la marinera del Maceiras; y las conchas finas de La Carihuela Chica; y ese chuletón en una cervecera en algún lugar de Vizcaya; y aquella lata de caviar comida a cucharadas y traída por mi ex suegro; y la torta de El Casar recién trepanada en el En Ascuas de Logroño; o la tarta de zanahoria del Café de la Ópera; o el chocolate con frutos secos y pasas del Mercadona; o las gulas con gambas y chapata comprada en el chinorri de la esquina; o las gambas a la sal del Botafumeiro de Barcelona...
Y todos esos sabores se perderán conmigo... como lágrimas bajo la lluvia.

3 comentarios
Pues sí, querido amigo, aficionado y apasionado yo también por los buenos sabores, nunca me había hecho esa reflexión de la desaparición con nosotros de ese sinfín de sensaciones atesoradas, cotejadas y acumuladas en una especie de enciclopedia personalísima de gustos, texturas, aromas, sabores y colores. Sugiero que el mejor remedio es el que desde hace años aplico: compartir toda esa maravilla con alguien muy afín; así lo hacemos mi pareja y yo, muy distintos en muchas cosas, pero sorprendentemente cómplices en esto del buen yantar.
Gracias por tu artículo, tan evocador que casi alimenta...
11 abr 2008 | 03:55 PM
El tiempo se nos escurre,
como en esos relojes de Dalí,
y lo último que oímos,
antes de que nos arrastre la lluvía,
no es otra cosa que un tac.
15 abr 2008 | 04:25 PM
Yo sin embargo, si encuentro una lata de anchoas y un bote de banderillas me relamo y recuerdo aquellos días en los que cenaba pan con mayonesa y desayunaba agua con cola cao porque no había introducido en mi rutina el hábito de hacer la compra.
19 jun 2009 | 01:31 PM
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