Campanadas a mediodía
1623 se me antoja una fecha impensable cuando vives en medio del barrio más cool de Madrid. Los edificios construidos a principios del siglo XVII está tan lejos de las hordas de modernos que pueblan nuestras aceras como el Himalaya del Desierto de Arizona. Y sin embargo convivimos con ellos. Ocurre, además, que estos edificios no son imponentes; ni llaman la atención por su esplendorosa arquitectura ni destacan por sus magníficas proporciones. Ni siquiera los grandes monasterios de la época que quedan, como el de La Encarnación o el de Las Descalzas, son edificios demasiado escandalosos ni profusamente adornados. Son inmuebles sobrios, la mayoría de las veces construidos con ladrillo visto y apenas adornados con las típicas agujas y voladizos de piedra tan propios de la arquitectura herreriana. En definitiva, que si no te fijas ni siquiera reparas en su existencia, a pesar de que se encuentran ubicados con total desidia en muchas de las esquinas de esta ciudad tan vieja.
Lo primero que me llamó la atención cuando entramos en el piso que tenemos alquilado fueron sus vistas. Ya las habéis visto por activa y por pasiva. Hay muchas fotos hechas desde la ventana de nuestra casa a esa hermosa estampa que ofrecen los tejados de Madrid. Por poner otro ejemplo, y siempre con el reloj del edificio de Telefónica como excusa, vaya una más:

Bien, pues el edificio que podéis ver en la parte baja de la foto es el conocido como Convento de San Plácido, fundado en 1623 con el nombre de, precisamente, Monasterio de la Encarnación, pero que pronto tomó el nombre por el que se conoce actualmente por la iglesia del mismo nombre que se encontraba anexa al edificio. Todavía hoy lo pueblan (escasamente, por lo que se intuye) las monjas de la Orden de San Benito, y ha tenido una larga y curiosa historia, repleta de anécdotas, incluidos exorcismos y líos de faldas reales; por lo que se ve, no sólo los borbones son famosos por su fogosidad, sino que los austrias también gustaban de buscar cobijo para sus ilustres órganos viriles incluso entre las cándidas entrepiernas de las inocentes novicias y hermanas entregadísimas a su señor... en todos los sentidos. Podéis encontrar más información en esta página y en esta otra. También podéis sacar más información de la Wikipedia y en la Madripedia, así como alguna que otra historia de posesiones demoníacas más o menos veraces.
Resulta, pues, muy lejano pensar que en este convento haya habido tanto ajetreo. El convento ha sobrevivido a todos estos años, siglos, con la entereza que hoy continúan poseyendo sus humildes muros. Por la austeridad y las penurias que la regla benedictina dictaba a sus acogidas dentro de ellos han pasado un cambio de dinastía, una hambruna general propia de los últimos reinados de los austrias, una invasión y una posterior guerra de independencia, una desamortización, un desastre político y administrativo severo, un levantamiento y una guerra civil, una continua disminución de las vocaciones y, como no, el deterioro brutal que vivió el barrio durante los tremendos años de la droga en los ochenta y comienzos de los noventa.
Hoy día el barrio se está recuperando, y alrededor de los muros del convento la vida más petarda se da cita cada fin de semana. Es difícil pensar en cómo sería la vida en esa época, a comienzos del siglo XVII, muy poco tiempo después de haberse trasladado, de manera definitiva, la capital a Madrid. En el siguiente plano, cortesía de Madrid Histórico (espero que no les importe que lo difunda, pero desde aquí lo digo: es una página espléndida), podéis apreciar la situación propia del edificio en la época de su construcción, prácticamente extramuros, y cómo fue pronto absorbido por la ampliación de la ciudad, todo dentro de esa espléndida época que vivió Madrid en el llamado "Siglo de Oro":

Por estas calles probablemente pasearan los Cervantes, Quevedo, Góngora, Lope de Vega, Calderón, Tirso de Molina, Velázquez, Alonso Cano o Rubens. Y dentro de sus recios muros, las monjas penaban su austera y dura vida benedictina alejadas de semejante bullicio. Y hoy día esos muros, evidentemente muy transformados, siguen alojando a las pocas monjas que aún quedan, a las que, no con poco pudor, vemos de vez en cuando tendiendo la ropa en el claustro superior, limpiando los suelos, regando las plantas o recorriendo el perímetro en un deambular que más tiene de danza que de oración con libro de horas en la mano. Evidentemente, no voy a colgar aquí fotos más o menos comprometedoras, pero incluiré un par de ejemplos para que me entendáis:


Los primeros días estábamos alucinados con tener a tan poco metros unas campanas que nos traían, a varias horas del día, sonidos de otra época en el corazón de la urbe. Hoy apenas las escuchamos, a pesar de que siguen repitiéndose siempre a las mismas horas todos los días (a las 07.30, a las 12.00, hora del Ángelus, a la hora de la cena y poco antes de que se apaguen las luces), y ya nos hemos acostumbrado a que nos acompañen (y a veces, incluso, nos impidan enterarnos de algún pasaje interesante de una peli). Estas campanas que aquí veis

suenan así a la hora del Ángelus:
Hermosa anacronía, el sonido de la campana y el tubo de escape de una moto presurosa.
Cosas de este bendito Madrid.
[Por cierto: las monjas suelen mirar mucho a nuestra ventana, especialmente una de ellas. Algo (pecaminoso, seguro) habremos hecho...]



4 comentarios
Bonita situación la de vuestro piso, y hermosas la reflexión y las fotos. Es también signo de los tiempos que podáis, siquiera con el pudor con que lo hacéis, enteraros de lo que pasa en el patio del convento: antiguamente no se permitían servidumbres de vistas sobre los conventos, por lo menos en Madrid; de ahí los altos muros que los rodeaban y la prohibición expresa de levantar casas en las inmediaciones de alturas que permitieran fisgar en su recinto.
Un saludo muy cordial.
13 abr 2008 | 06:59 AM
Muy entrañable este post... a mi me encanta oir el sonido de las campanas. Mi ciudad plagada de iglesias y conventos, se escuchan menos de lo que podria parecer, pero de vez en cuando se oyen, transportándonos a otros tiempos y a otras épocas, y a mi me encanta pararme a escucharlas. No sé si este gusto mío por el sonido de las campanas permanecería si tuviera un convento tan proximo como vosotros y las escuchara varias veces al día con la fuerza que se intuye en el video, supongo que me acostumbraría, pues es más agradable el sonido de la campana, que el sonido de la moto o el coche (no lo distingo bien, ni me importa) que se escucha al final, y eso por desgracia lo escuchamos todos más de cuatro veces al día...
En el pueblo de mis abuelos, aún pervive una fiesta religiosa en la que se pasan toda la noche hasta que comienza la misa del dia siguiente, tocando las campanas de la Iglesia... lo curioso es que tocan las campanas a pelo, subiéndose al campanario y volteándolas con la mano... así toda la noche, los "mozos" del pueblo se van turnando porque las campanas no pueden parar de sonar. De pequeña siempre me quedaba mirandolos ensimismada, temiendo que con el impulso del golpe que tienen que dar alguno de ellos cayera del campanario, nunca ha pasado (al menos que yo sepa) y todos los años vivimos más de doce horas de campanadas seguidas... a mi me gusta dormir con el sonido de fondo, los que viven al lado se arman de paciencia y se resignan porque saben que es un dia al año...
Un repique de saludos!!
13 abr 2008 | 02:24 PM
Gracias a ambos.
Dr. Hache: sí, evidentemente es una suerte poder "espiar" a nuestras "vecinas", no tanto por le morbo de ver lo que hacen, sino por saber que hay vida detrás de esos muros.
Y, Pitry, ¿qué ciudad es esa? No había escuchado esa curiosa costumbre...
Saludos
14 abr 2008 | 02:54 PM
Pues esta fiesta se hace en un pueblecito de Valladolid... donde por supuesto estas invitado siempre que quieras venir, que ahora con el AVE estamos en na´, en lo que te acomodas en el asiento...
Un beso y gracias por este blog!!
Pitry
15 abr 2008 | 01:36 PM
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