La Coctelera

Las manos en los bolsillos

El día de los museos... y adiós a Modigliani y Cía.

Bueno, el día de los museos se ha acabado, y siempre ocurre lo mismo en este tipo de celebraciones: aglomeraciones, agobios, hordas de gente en la puerta de las pinacotecas y poco espacio para poder pararse y contemplar los cuadros con un poco de tranquilidad (al menos la debida).

¿Críticas? No seré yo el que las haga. Los museos deberían estar así todos los días, atendiendo a los tesoros que albergan, pero todos sabemos que no es esto lo que ocurre. Este tipo de iniciativas, el menos en Madrid, acaban convirtiéndose siempre en lo mismo, en exactamente lo mismo que ocurre cuando, por ejemplo, se reparte roscón o cualquier otra cosa gratis: cuando la gente escucha ese epíteto pierde la razón y es capaz de pelearse o aguantar una cola kilométrica para no pagar la entrada a cualquier evento.

El año pasado me fui al Museo del Prado porque me hacía gracia entrar de madrugada, pero desistí cuando vi cómo estaba el tema en la puerta. No sé, nunca lo he podido entender. Y no que los museos sean gratis, que eso me parece estupendo, sino que la gente sólo sea capaz de utilizar ese día para visitarlos, como si les fuera la vida en ello. Los organizadores amenizan las esperas con pizcas de lo que se supone grandes alardes artísticos, pero esto me suena a la famosa Noche en Blanco: no puedo soportar que la calle se convierta en un centro comercial un sábado por la tarde.

Precisamente es curioso que hoy se haga más cola para contemplar la parte de exhibición conjunta del Thyssen con la Fundación Cajamadrid de la excelente "Modigliani y su tiempo", cuando la parte de la Casa de las Alhajas siempre es gratuita. Claro, que hoy coincidía con el cierre de la muestra. Bueno, para los que se hayan quedado fuera mala suerte, pues han elegido muy mal día.

A mí, por impedimentos de otra índole, se me pasó volver a ver esta parte de la exposición. Y me ha jodido mucho, aunque sólo sea porque, a pesar de que a Modigliani le tengo un poco más visto, no ocurre lo mismo con los excepcionales pintores que le han acompañado, y que en especial podían verse en esta parte de la muestra ya mencionada. En fin, tonto que es uno, pero en mi retina permanecerá la tremenda sensación de ver en directo las obras de Tsugouharu Foujita y, sobre todo, Moise Kisling, a los que apunto desde ya a mis favoritos.

Y aquí os dejo un par de obras, como recordatorio. Me tiré más de diez minutos admirando este desnudo de Kisling. De lo más bello que he visto en mi vida (y sé que esta imagen es un simple remero, pero para eso están los remeros, para rememorar).

Escribe un comentario