En un mundo mejor, que no perfecto...
La economía familiar no dependería de lo que unos excéntricos señores con turbante o sombrero tejano decidan sobre el precio de una cosa negra y pegajosa que se ha convertido, gracias a los deseos de estos mismos tipos, en el eje sobre el que gira todo lo que se hace en este mundo.
Consecuentemente, la decisión o no de que el mundo sea más limpio y habitable tampoco debería depender de unos señores que jamás se han parado a pensar en la importancia de sus decisiones para la salud del mundo. Si no, no estarían atados a convenciones tan ridículas como usar un contaminante coche oficial (con muchísimos caballos) o dormir en despilfarradores hoteles de lujo. Simplemente, su ética no se lo permitiría.
El hambre en el mundo no podría depender de todo lo anterior, ni de que unos señores con trajes carísimos se pongan a discutir sobre los paliativos de la intolerable situación mientras que los gobiernos se ríen en sus caras cuando intentan llevar a cabo esas maravillosas medidas. Es terrible pensar que con cada uno de esos carísimos trajes y coches de lujo se podría pagar la manutención de cientos de familias durante largos períodos de tiempo. No sabemos hasta qué punto seiscientos o más euros pueden solucionar problemas en el tercer mundo a una familia, y mientras no seamos conscientes de ello no pararemos los pies de los dirigentes.
Y, por supuesto, los planes de un Gobierno para reducir los problemas de la economía o del consumo no deberían pasar por apretar el cinturón del común de los ciudadanos, jodiendo las formas de ahorrar, como pueda ser la tarifa nocturna. Como siempre, los poderosos se descojonan en las caras de la plebe desde sus costosísimos e inútiles vehículos todoterreno (pues inútil es aquello que se usa para lo que no ha sido concebido).
Incluso podría decirse que en un mundo mejor, que no perfecto, sería irrisorio pensar en que alguien, una vez que ya enterramos el momento en que la fuerza en bruto o la destreza fuese la forma de destacar, pueda sacar beneficio, o simplemente abusar de una persona por razón de su sexo, raza, origen, condición, situación o cuna. Esto es tan ridículo como pensar que una persona, por el hecho de tener dinero, es mejor, o más válida que otra que no lo tiene.
No sé. Este mundo es incomprensible, pero es nuestro mundo. Nadie pasa un examen para ser millonario, o poderoso, o decisivo, o los exámenes que han pasado se han quedado tan atrás que están eclipsados por los intereses que le han ido colocando en ese puesto en los distintos peldaños de su carrera.
En el futuro, si es que lo hay, será divertido leer sobre lo absurdo que era nuestra civilización. Pero a mí, habitante y sufridor de este planeta, las cosas, por mucho que las sopese, no me cuadran. Y me duelen, día a día.



1 comentario
Pero yo, que en mi vida he hecho primeros auxilios, soy experta curandera. Aunque para mí los remedios no funcionen o funcionen mal.
9 jun 2008 | 08:54 PM
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