La Coctelera

Las manos en los bolsillos

Es cuestión de sensaciones

Es curioso escribir esto con el fútbol de fondo. El partido presta un fondo de pegajosa realidad a la tarde, y yo levanto la vista del teclado cuando el comentarista eleva la voz. Bueno, es al fin y al cabo una cuestión de elevaciones. Son ecos de un mundo que me es cada vez más extraño, más y más según me voy alejando de los quehaceres sociales. Será cuestión de simple misantropía, pero eso sí, una misantropía no buscada, pero sí desgraciadamente encontrada.

Porque que una universidad seria haga honoris causa a un cocinero no me hace ni gracia, qué queréis que os diga. Pero todo lo que está rodeando a este acoso transportista me hace recordar tanto a las películas apocalípticas que me cuesta reconocer lo que es realidad y lo que es ficción. Pongamos como ejemplo las espléndida película que vimos ayer (para celebrar el primer lunes de jornada intensiva): La niebla, dirigida por Franc Darabont y basada en un cuento de Stephen King. Y no me refiero al final, del que no puedo contar nada, pero que advierto de que te deja pegado y anonadado a la butaca, sino del sempiterno tema de la idiotez del género humano. Uno de los personajes dice "juntas a más de dos hombres en una habitación y tarde o temprano empezarán a matarse". La trama, en ese sentido, es desoladora, y el gran acierto del director es saber exprimir esa estupidez y esa desesperación en los actores. Más aún en los diez minutos finales, con la música (quién lo iba a decir) de Dead can dance (nunca un grupo presentó mejor nombre para semejante escena) ajustándose como un guante a la asfixia y el absoluto desasosiego de los protagonistas.

Puede, entonces, que sea lógico que la desesperación de esos actores me recuerde tanto a los que ahora hacen acopio de víveres en nuestros supermercados, y que a medias me da la risa y a medias me asusta, y mucho. Cada vez me recuerda más este mundo al que puede verse, por ejemplo, en la también espléndida Hijos de los hombres. Sin ir más lejos, hemos presenciado como, en un momento, no menos de ocho policías han rodeado a un grupo de chavales que, era obvio, estaban celebrando el último éxito de la selección. Y lo peor no era que te asombrara el desmesurado acoso policial, sino el que pensaras que "algo habrán hecho". Las colas en las gasolineras, el que nos recuerden a cada momento que el candidato a la presidencia estadounidense sea negro... Lo dicho, todo me recuerda al Apocalipsis de manera demasiado clara.

Incluso tuve un inesperado ataque de pánico en el concierto que contemplé el domingo por la noche en la sala Heineken. Sé que Feist es suficientemente conocida, pero me asombró el público, más parecido al de un concierto de cualquier artista de moda en los 40 que el de una artista indie. Y encima, fruto del cansancio acumulado por el viaje del fin de semana, tuve ese ataque de pánico que te hace mantener una "respiración consciente", como si te diera miedo que tu cuerpo no fuera capaz de respirar solo, y tuvieras que controlar un acto reflejo por miedo a asfixiarte. Todo es extraño. Como extraño fue que compartiera con un amigo muy especial, muy "desacostumbrado", un whisky de malta de una obscena cantidad de euros la botella. Y nos la bebimos con ansia, como si nada importara en este mundo. No lo sé, pero es una extraña sensación.

A ver si llega de una vez el ansiado verano que nos coloque a todos en nuestro sitio. Para que dejemos de actuar como si el mundo fuera a acabarse.

No deja de ser una cuestión de sensaciones. De extrañas sensaciones. Pero aquí seguimos, como si nada ocurriera. Vivos, pese a todo.

4 comentarios

  1. DB

    Y entre toda esta marea mediática (porque básicamente es eso), llega hoy a nuestros ojos (espero que a muchos ojos) la noticia de que la UE ha comenzado con el proceso de aprobación de la jornada de 65 horas semanales... ¡65 HORAS! No es un error, no han bailado las cifras. Solo hay que hacer la cuenta. ¿Qué será lo siguiente? ¿Recuperar el derecho de pernada? Claro que, en lugar de ejercitarlo el noble de turno, sería el empresario que toque, que para algo sirvió la Revolución francesa. Y, dado que estamos en una Europa "social", no se haría distinción de sexos.

    En fin, disculpas, Polidori, por dar esta pataleta en tu espacio, pero es que no salgo de mi asombro, a este paso los recalcitrantes van a poder decir que estábamos mejor con Fernando VII. Incluso se plantea que el tiempo de descanso que se realiza en el trabajo se elimine no cuente como tiempo trabajado; ¿qué dirán los médicos con sus guardias de 24 horas de todo esto?

    Espero que esta noticia reciva algo de la relevancia crucial que tiene y no nos la ahoguen los medios de comunicación entre los transportistas, la selección, ETA, las "miembras", Operación triunfo, Fernando Alonso, el Chikichiki, Al-Qaeda, Cristiano Ronaldo, la sucesión pepera...

  2. DB

    P.D. Espero que el Comando filológico no tome represalias en mi contra y entienda que el calor de la indignación me ha llevado a imperdonables descuidos...

  3. Podrás o no creerlo, querido DB, pero en las notas que había tomado para hacer este post estaba apuntado justo este tema y se me había olvidado. Como bien dijo el ministro, que a veces dicen cosas con sentido, esta medida en vez de llevarnos al siglo XXI nos lleva al siglo XIX. No tengo palabras. Es tan aberrante que no merece consideración. Es evidente que a los que rigen el mundo (y no hace falta irse muy lejos para saber quiénes son) les va la marcha y están en un momento crucial para dar un golpe de timón: el precio del petróleo altísismo, el precio del dinero aún peor y, como no, medidas antisociales.

    No sé tú qué opinarás, pero a finales del XVIII rodaron cabezas, muchas, y no sirvió para nada. ¿Qué tendremos que hacer ahora? Se admiten sugerencias.

    P.D.: Esto de los transportistas tiene más miga, y estoy seguro de que está orquestado desde determinados despachos para acuciar una crisis inventada que intente quitar del medio a quien ya sabemos. El que avisa...

    P.D.2: Tranquilo, querido, el Comando guardará esta vez los rotuladores rojos. Se te perdona por el calor del momento. Además, ya se sabe que los de ciencias tienen la cabeza en otro sitio que no son las letras. ;-)

  4. K

    Como bien dices, vivimos en una época en la que la moral impera sobre la libertad, en la que en los altares de la seguridad se incineran los derechos individuales, en la que los hilos de nuestras vidas están anudados a las salas de juntas de una docena de grandes conglomerados empresariales.

    Prácticamente tenemos que desnudarnos en los aeropuertos en beneficio de la seguridad de todos, nos graban con decenas de cámaras antes de embarcar, sólo les falta tomarnos las huellas, pero acabará llegando.

    En nuestras ciudades o en las suyas, vayan a saber, aparecen cada vez más y más cámaras de seguridad, colgando de puertas, cornisas, farolas... Hay lugares en los que la paranoia terrorista ha llevado a eliminar las papeleras...

    Alguien, en algún lugar, está ganando cantidades obscenas de dinero con un petróleo a ciento y pico dólares; otros, probablemente cerca, están haciendo lo propio con la escalada del precio de los alimentos. Una noticia que apareció sin pena ni gloria, hace unos días, por primera vez en la Historia el número de obesos superó al de desnutridos.

    La lista de las mayores fortunas del mundo está plagada de empresarios e industriales europeos y americanos, sin embargo, la UE, ese supuesto paraíso de la sociedad del bienestar, aprueba la jornada de 65 horas en aras de la competitividad con los mercados asiáticos...

    La derecha, en sus múltiples formas, gobierna en el Viejo Continente y trata de convencernos de la necesidad de fortificar las fronteras ante la amenaza inmigrante. Incluso se permite la expulsión étnica de los de siempre. Los judíos tienen suerte, esta vez están en el lado de los buenos pero que caro siguen pagando los gitanos su empeño de mantener su identidad como pueblo.

    No sé si ya huele a napaln por las mañanas o si estamos pintando de negro las puertas rojas, pero a estas alturas de la película, hay días que sólo consuela pensar que quizás sea verdad la teoría del péndulo y que todo tiene que empeorar para que nos decidamos a empezar arreglarlo.

    Salud

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