Viajes digitales
Hubo un tiempo en el que los viajes, al margen de aquellos imprescindibles por motivos familiares o económicos, servían sobre todo para cultivar el espíritu. Hay para esto una gran frase que el vizconde de Valmont espeta a la marquesa de Merteuil en Las amistades peligrosas de Stephen Frears:
Ya no tengo ilusiones; las perdí en el curso de mis viajes.
Los hombres (las mujeres, por desgracia, tenían menos oportunidades para casi todo en la vida) viajaban en cuanto tenían suficiente edad por todo el mundo para conocer sus fronteras y sus propios límites personales. El viaje era entonces una aventura en el más estricto sentido de la palabra, "empresa de resultado incierto o que presenta riesgos". Así, se surcaban mares, se atravesaban desiertos y se recorrían los confines del mundo con la romántica idea de conocer lo desconocido; para saber, que era al fin y al cabo aquello a lo que se aspiraba cuando el mundo no iba tan de prisa como va ahora.
Hoy día las cosas han cambiado mucho, evidentemente. Desde hace ya varias décadas, desde que prolifera eso que llamamos "turismo", los seres humanos sólo viajan por placer. O sea, por el mero placer de desplazar su lugar de residencia habitual por un corto espacio de tiempo a otro distinto y distante, cuanto más distante mejor. Todo ello, claro, con las mismas comodidades, o directamente mejores, que se disfrutan todos los días en nuestras ciudades. Pero las cosas, en el mundo postmoderno, siempre se sacan de quicio, porque todo se debe sacar ahora de quicio para que esté "de moda". De la misma manera que se vuelven a poner de moda (sic) los pantalones bombachos, se pone de moda, según toque, un tipo u otro de turismo, a cual más extravagante. Lo último de lo último es el "turismo para singles", es decir, una reunión de solteros que no quieren viajar solos. Y la pregunta consecuente es la siguiente: ¿por qué ocurren estas cosas? Pues por una simple y llana razón, por la razón que está detrás del 99% de lo que nos rodea: porque alguien lo ha inventado para forrarse. Y como todo está ya inventado, hay siempre un ejército de cabezas "pensantes" y en paro que se van a escudriñar las meninges para encontrar una nueva forma (distinta, e incluso distante) de sacar la pasta al personal. Y cuanto más extravagante sea la forma mejor. Vivo en un barrio donde eso es más que posible; ejemplo: una tienda que te ayuda a saber cuál es tu color, con qué color te debes ver mejor. Sobran las palabras.
Ahora (con estas premisas es fácil deducirlo) se viaja por consumo, por simple afán coleccionista. Para hacer esa foto que has visto en la guía de turno. Si se atraviesa una duna a las cinco de la mañana no es por sentir el increíble regocijo de un amanecer en el desierto, sino por ser capaz de hacer esa foto que vimos con envidia en aquel documental de La 2. La sociedad de consumo tiene estas cosas. Los urbanitas de hoy día, cámara digital en mano, recorremos el mundo como si fuera el patio de nuestra casa sin importar muy bien el confín que necesitemos conquistar con nuestros obturadores, ni por supuesto que ese lugar sea el hábitat natural de otras personas. En un corto espacio de tiempo he escuchado los siguientes destinos: Canadá, los parques naturales de Estados Unidos, Cuba, Tanzania, Sudáfrica, Thailandia, Túnez, Turquía, Finlandia y, la estrella absoluta, Laponia.
Cuando escuché Laponia dije "¡basta!". Y que conste que esos destinos se los he escuchado a gente que quiero bien, a algunos grandes amigos o gente que me importa, y mucho. No lo digo, pues, por el esnobismo de unos pocos muy adinerados, sino porque la ciudadanía "normal" también se pega ese tipo de pasotes. Y sé que estas palabras pueden sonar a cuento de viejo cascarrabias. Puede. O incluso suenen a que sólo las digo por pura envidia. Quizá. Hay tantos y tantos lugares que querría visitar, visitar "de verdad", que ese turismo digital se me antoja caprichoso y decadente, pero no dejan de dolerme todos aquellos lugares que no puedo visitar, aunque sea así, por falta de dinero o, mucho peor, por falta de tiempo.
Este año mis vacaciones, una vez más, van a buscar el descanso en un lugar "prestado", dadas las condiciones económicas. Me he casado con el banco cinco años más para cambiar (ya iba siendo hora) de moto y de ordenador, pero la liquidez no daba para otros dispendios. Es cuestión de elegir, claro, pero me queda el consuelo de pensar que no me gusta viajar por viajar.
O es que quizá simplemente no pueda permitírmelo.
O es que quizá con sólo soñar con ver la Aurora Boreal y el sol de medianoche se me nubla el sentío.
Cuántos quizás para un simple post. Cuántos...
Foto wikimedia commons.

4 comentarios
Acabo de leer una de las novelas de Auster que tenía pendientes. Y me he acordado de algo: hablan de un hotel, del mejor hotel, al que llaman Hotel Existencia.
No está en Laponia, ni en Túnez, ni en Islandia. Ni siquiera en Buenos Aires, Nueva York o Tokio. Está en nuestra imaginación. Es el paraíso al que te retiras cada vez que la realidad se hace insoportable. Hotel Existencia. A ver quién es el imbécil que compra billetes de avión a tan perfecto lugar.
6 ago 2008 | 09:43 PM
Me encantó tu post. A mi me gusta viajar mucho, pero confundiéndome (en la medida de lo posible) con la gente del lugar. Como por falta de tiempo no puedo pegarme un mes en un sitio (excepto por una beca que sí pude hacerlo, y disfruté como una enana), muchas veces repito destino... la gente me dice "otra vez allí?" y es que siempre me dejo cosas por ver, baretos donde tomar una cerveza y calles que patearme por el placer de pateármelas. Y no hago apenas fotos (otra de las cosas que me suelen comentar los demás.. sight) normalmente poque no me acuerdo ni de llevar la cámara. xD
Ah. Singers son cantantes... singles son solteros, por si quieres rectificar la palabra del post.
8 ago 2008 | 02:44 PM
Gracias, "despistada". Ahora mismo lo arreglo.
Un beso.
9 ago 2008 | 03:04 AM
Muy buen post. La realidad de muchos viajeros virtuales.
abrazos
21 ago 2008 | 05:42 AM
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