Síndrome postvacacional
En las vacaciones suelo asilvestrarme. Más aún cuando veranear significa estar cerca del mar. Encuentro un inusitado placer en sólo cambiar mi atuendo entre uno y otro bañador. Incluso descuido (dentro de un orden) las más sacrosantas costumbres higiénicas, que incluyen el afeitado, el recorte de uñas o el uso de alguna que otra camiseta que ya ha sobrepasado la delgada línea que separa su posibilidad de uso (en la zona de las axilas, ya me entendéis). Sé que suena radical, y hasta muy poco civilizado, pero es la mejor forma que se conoce para desmarcarse de la realidad cotidiana de la ciudad.
Estas vacaciones ha incluido todo eso y más. Como la casa era prestada, y la lavadora no era un objeto al que nos acercáramos con decisión o franqueza, hicimos juegos malabares para aprovechar las prendas a las que aún se les podía "apurar" alguna puesta. Lo único que importaba era descansar, nadar, tomar el sol, leer, pasear por la playa, jugar con las olas, cocinar, ir al cine, empaparse de juego olímpico o hacer alguna que otra visita medio turística. Una de ellas fue muy placentera, pues nos llevó a uno de esos rincones perdidos del fin del mundo que nos recomendó un buen amigo (gracias, JJ) y en el que pudimos degustar el mejor arroz a banda de la galaxia.
La otra fue mucho más sacrificada, por lo que tiene de compartir espacio con el gentío (y es que uno coquetea cada vez más con la misantropía), pero al ser nocturna tuvo mayor aliciente, sobre todo por poder admirar de nuevo y de cerca la magnificiencia de uno de los más hermosos bichos de la creación: las belugas. Lo habéis adivinado: me refiero al Oceanographic valenciano.
El mar y los peces en la arena. Cuesta quitárselo de la cabeza. Cuesta dios y ayuda no dejarse mecer en el recuerdo por la brisa, nosotros, que somos animales del asfalto.



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