Los monjes de la discordia castellanoparlante
Los filólogos, los que ejercen y los que no ejercemos (todo lo que puede dejar de ejercer un filólogo, diccionario ambulante donde los haya), estamos siempre con el rádar puesto localizando curiosidades, indagando en las excentricidades del idioma y al acecho de los dislates que con él se cometen. Pero lo cierto es que el abandono científico y la casi nulidad investigadora no es obstáculo para estar atento a las pocas noticias que se cuelan sobre lengua en la prensa general y especializada. Es así como hace muy poco leí una de esas que sabes que pueden haber resquebrajado alguna que otra cátedra en las universidades castellanas. Antes de seguir os dejo con la noticia, por si queréis leerla por vosotros mismos. Reza así: Hallan el primer documento escrito en castellano.
Hasta ahora, la "cuna del castellano", como bien sabéis, estaba en unas anotaciones que un monje hizo al margen de un texto en el llamado Códice Aemilianensis 60, unos breves apuntes en latín, romance y euskara medieval para aclarar el texto latino que estaba en ese momento copiando. Y como ya sabréis, esos inocentes apuntes han traído de cabeza a todos los filólogos del XX, empezando por Menéndez Pidal. Aquí están, las condenadas...

Pues bien, ésta era la cuna del castellano, que no deja de tener gracia que fuese un buen y anónimo monje el que iniciara la singladura de nuestro idioma al copiar unas cosillas en su lengua romance (y en euskara, con dos) para entender mejor el texto con el que estaba trabajando. ¡Si él hubiera sabido lo que iban a liar esas palabrejas!
Pero... ¿y si se demuestra la nueva teoría? Sería mejor todavía. Entonces, no sería un copista en la quietud del scriptorium el que escribiera las primeras palabras de nuestro idioma, éste en el que os hablo, sino que sería un monje afanado en sus tareas en la despensa el primero que "romanceara" su latín vulgar para escribir una lista de víveres y, sobre todo, quesos que, por desgracia, ahora mismo desconozco, pero que investigaré. Así que esa "Nodicia de Kesos" alumbró las primeras palabras hispanas en la cercanía de los fogones... ¡qué mejor comienzo para una lengua! Lo curioso es que nuestro monje leonés ganó sólo por dieciocho años al venerable copista riojano, lapso de tiempo que se nos antoja exiguo para una lengua con más de mil años de antigüedad. Lo que son las cosas.
Las lenguas hablan del amor y de lo sublime, pero también hablan de quesos. Así que, la próxima vez que eche mano a unos de esos manjares lácteos que tanto abundan en nuestra piel de toro me acordaré del buen monje despensero, ajeno en su ajetreo cotidiano a lo que iba a suponer esa lista de víveres manuscrita.
¡Ah, las lenguas y sus vidas!
P.D.: Claro que todo está por confirmar, pero es que me quemaban los dedos...



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