La Coctelera

Las manos en los bolsillos

Lorca y la memoria histórica

Las guerras fratricidas no terminan cuando se dispara el último tiro, ni cuando se rompe el último hueso, ni cuando se produce la última represión, el último excarcelamiento. Las guerras fratricidas permanecen en el tiempo, como parte del acervo más oscuro de la historia de una cultura, de un país. Los herederos, pasadas las amnistías, las transiciones políticas y las disputas partidistas, desean saber, conocer todos los detalles, llenarse de información para desenterrar fantasmas, satisfacer el ansia de justicia y encontrar la manera, siempre ardua y difícil, de hacer todo lo posible porque la atrocidad no se vuelva a producir.

Las fosas comunes han sido la manera más fácil y socorrida de pretender enterrar (en toda la extensión del verbo) aquello que para algunos nunca debió existir. La cal, el simple paso del tiempo, la acción implacable de la naturaleza con los cuerpos muertos, el anonimato de la cuneta perdida en un paraje inhóspito pretendía ser el final de todo, el olvido. Pero las ciencias avanzan una barbaridad, y aquello que era imposible hoy es un hecho revestido de un exquisito rigor científico. En resumidas cuentas, hoy contamos con la tecnología y el buen hacer de los científicos necesarios para saber, con exactitud pasmosa, quiénes fueron enterrados en ese lugar inhóspito y pretendidamente inencontrable. Bendita ciencia, y benditos científicos.

Lorca es nuestro. Es una piedra angular de nuestra cultura, una figura señera (quizá la mayor) de la poesía y de la literatura de nuestro país de los últimos ochenta años. La obra de este nuestro poeta maldito es tan poderosa que hoy no se puede entender la posición de nuestra literatura en el mundo sin sus Yerma, La casa de Bernarda Alba, Poeta en Nueva York, Sonetos del amor oscuro, Romancero gitano o Bodas de sangre. Y no olvidemos su poder dentro de la literatura universal; Lorca es una "marca de la casa", como pueda ser Picasso. Un referente claro para cualquier extranjero que quiera conocer nuestra cultura.

Pero, además, Lorca era un nombre, un hombre que sucumbió asesinado, y al que pretendieron borrar del mapa. Por eso ahora no podemos detener el clamor de saber dónde se encuentran sus restos, dónde fueron esparcidos, de qué modo sucumbió, y lo que es más importante, saber dónde podemos honrar su memoria. La familia se excusa en peregrinas disquisiciones acerca de no remover el pasado, no convertirlo en un "circo mediático", no convertirlo en un espectáculo. Tienen todo el derecho de quererlo así, aunque muchos no entendamos esa sospechosa indiferencia, pero su deudo no es un hombre cualquiera, no es cualquier muerto. Y si miles de familias buscan el descanso para sus conciencias de saber dónde descansan los suyos, todos los amantes de la literatura, de esa obra suya inigualable, queremos enterrar a nuestro muerto, a nuestro poeta.

Esto no ha hecho nada más que empezar. Respiramos hondo esperando la señal de partida, la orden de ese "juez estrella" que se ha atrevido con lo que nadie se atrevió. Es irónico que sean las otras familias de los que acompañaron a Federico las que hayan obrado el milagro, la petición, suya, personal, de encontrar a sus muertos.

Díganme: dónde tenemos que firmar para ser nosotros también artífices del milagro.

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