Nostalgia de hospital
Veamos, no es precisamente que eche de menos un hospital, pero si entre mis allegados soy conocido como aquel que tiene nostalgia de un parking, cómo no iba a recordar el hospital en donde pasé un enorme número de horas mientras veía las evoluciones de mi padre enfermo...
Que se iba a cerrar yo ya sabía que era cuestión de poco tiempo. El flamante y muy criticado (con razón, por aquello de la sanidad medio pública medio privada de nuestra estimada presidenta -tránsfuga- de esta nuestra comunidad) nuevo Puerta de Hierro Majadahonda se yergue ya en su nueva ubicación ufano y desafiante para todo el que pase. Pero para todos aquellos que hemos pasado pacientes horas muertas en las habitaciones demodé del viejo hospital sabemos que, de una manera o de otra, sentiremos nostalgia de aquel centro público donde los excelentes profesionales suplían las carencia de un edificio demasiado ajado para ser, como era, un hospital de referencia europea en trasplantes. Mi padre, intervenido en 1990 y fallecido en 2005, fue un buen ejemplo de ello. De lo mucho que supuso ese viejo edificio en nuestras vidas, con su particular y sinuosa forma de s.
Pero mi pulso se ha acelerado al ver esta foto publicada en El País de ayer:
Para vosotros es una simple foto, del estilo a las que se publican en Abandonalia, un lugar vacío y extraño, semiabandondado, como si todavía no se hubiesen encargado de él los okupas o los simples gamberros. Yo veo el suelo de mármol tantas veces pisado; los flexos atemporales; las camas indomables, a las que costaba dios y ayuda manipular para dejar a los enfermos en una posición algo más digna; la herrumbre de las ventanas, que se abrían incluso en invierno para dejar pasar algo de aire limpio (ya se sabe, los gérmenes irredentos de un hospital); el aire acondicionado ruidoso donde enfriar algo las botellas de medio litro de agua mineral; las sillas, los sillones medio destripados donde pasar una incómoda noche de vigilia; los hierros de esas camas que daban a los enfermos un aire de bestia enjaulada y dominada, dócil ante las agujas clavadas en brazos e incluso cuellos; esos viejos instrumentos de cristal, medidores de oxígeno o lo que fuera, que compartían pared con los extintores de un rojo insolente en el blanco colorido de la habitación; el resto de inmuebles, como armarios viejos y desastrados con un par de escuetas perchas de alambre, o pequeñas mesas de madera y hierro pintado y reconcomido; y esa luz que (aquello sí que era bello) inundaba las habitaciones (cuando se quería, claro) de sol y claridad, haciendo que parecieran menos "hospitalarias" y más acogedoras.
Fueron muchos años de periódicas y esperanzadoras visitas. Para nosotros, para mi padre, el Puerta de Hierro era una segunda casa taciturna, como las viejas casas de las abuelas ancianas, pero suponía también un paso más de Via Crucis, un mal necesario para que mi padre recobrara un poco de salud maltrecha, sin olvidar que fueron sus paredes las que obraron el milagro de darle vida durante quince años, y también las que le dieron el definitivo adiós.
Sé que para muchos, como cualquier hospital, fuera el Puerta de Hierro sinónimo de sufrimiento y dolor, y no lo van a echar nada de menos. Yo no sé cómo explicarlo, pero es una parte de mi pasado que también se escapa.



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