Educación, incluso por la ciudadanía
Llevaba tanto dando vueltas a este tema que ya me daba hasta pereza, mucha pereza, escribir sobre ello, pero vayamos allá.
Gracias (o por desgracia) a mi trabajo me estoy convirtiendo en un profesional de las noticias de, sobre y para la educación. Hasta ahí todo bien, pero el problema es que estoy tan hastiado de tragarme ríos de tinta a costa de la maldita Educación para la Ciudadanía que tenía que estallar de algún modo.
Educar es un verbo que en la tierra mítica escandinava, de la que tanto se habla, tiene un significado muy distinto y distante al que tiene en este nuestro mundo hispano. Véase si no este artículo sabiamente recomendado por Halón Disparado (aka el camarada Bakunin). Sea como fuere, y échenle la culpa al sistema franquista, la lucha de poder política entre los dos grandes partidos patrios, la desidia de los padres, el hastío de los JASP que han dado paso a la generación más indolente que se recuerda o al maestro armero, los jóvenes en nuestro país están alcanzando una cotas de fracaso escolar (y me refiero a fracaso escolar e intelectual, literalmente en ambos casos) que realmente son para echarse a temblar. Cualquier comparación con nuestro pasado (se sangrara lo que se sangrara para que la letra entrase) es apabullante. De suicidio colectivo, más teniendo en cuenta que, por mucho que nos pese, esa generación será la que tenga que echarse la espalda al país (al continente, en definitiva, e incluso al mundo) dentro de un par de décadas, justo cuando nosotros pensemos en jubilarnos.
Con estas premisas, nuestros políticos van y se enzarzan en una disputa apocalíptica para defender o denostar una asignatura que, al margen de consideraciones dudosamente éticas, morales y concernientes a los valores, tiene que ver, ni más ni menos, con enseñar a los aprendices de ciudadanos a ser eso, ciudadanos, ya que el pifostio que tienen en la cabeza a duras penas se extralimita (y lo sé por experiencia directa) a los exabruptos de los gilipollas que salen en la tele o lo buena o lo mala que esté la jovezna (o el jovezno) de turno que aparece en la portada de esas revistas que devoran y que deberían llevar a sus editores a los tribunales. Haced la prueba de hojear una y veréis.
Seamos francos (y no nostálgicos): Educación para la Ciudadanía es una versión bastante edulcorada de la antigua Ética. Ni más ni menos. Y los únicos puntos calientes que pueden hallarse entre líneas es una predisposición ciertamente (casi ingenuamente) progresista (sí, tampoco es eso un pecado, el ser progresista) a recalcar diversos temas que parece mentira que a estas alturas del partido sean polémicos, a saber, el aborto, los anticonceptivos, las inclinaciones sexuales o las distintas formas de familia que hoy día conviven.
Y poco más, os lo aseguro. Y si no, haced lo que no hacen ellos, adentraos en alguno de los libros (de las editoriales serias, por favor) y comprobadlo.
Pero hay más: todo eso se da ¡en una sola hora de clase a la semana! Por el demiurgo... ¡una sola hora semanal! ¡No es increíble!
La persecución conservadora sólo tiene una razón (la debatimos cuando queráis): el escozor que supone reconocer que España debe tender por lógica a un laicismo franco y directo. Y claro, un estado laico no puede admitir tener una asignatura de religión en sus aulas. Como mucho podría prestar las instalaciones para impartirla fuera del horario escolar, siempre y cuando se entendiera que cualquier confesión mayoritaria tendría el mismo derecho, lo que hace aún más lógica la impartición de dicha doctrina en un lugar más adecuado, como pueda ser la parroquia. Eso es todo. La imposición de una asignatura de religión en las alturas del partido que estamos es tan absurda como volver a instaurar una clase de corte y confección, y perdón por la pobre comparación, pero todos sabemos a qué nos referimos.
La Iglesia católica no es, por derecho y lógica, la única o la principal garante de los valores que conforman un ciudadano de nuestra actual sociedad. En el pasado, al ser la única alternativa, era la mejor por ausencia, no por su valía (y a pesar de lo bueno que tiene, pero muy a pesar de lo malo que también conlleva; doce años de estudios en un colegio confesional me lo confirman por propia experiencia). Defender los valores cristianos (católicos, perdón) es muy loable y respetable, pero se debe ser consecuente y pensar que dichos valores no son los esperables de una sociedad como la nuestra, declarada laica (o "no confesional", si se quiere) incluso por la Constitución. Así que confundir el derecho a la libre educación de los hijos con la objeción a una asignatura que pretende educar en los valores democráticos y que ha sido implantada en toda Europa es simplemente (y perdón por el símil) intentar predicar en el desierto, hacernos comulgar con ruedas de molino o cualquier otro símil bíblico que se os ocurra. El poder que tienen la Conferencia aún en España es la razón por la que el Gobierno no se ha atrevido a acabar con la religión en nuestras escuelas de un plumazo. Y, sinceramente, seguir permitiendo que los obispos sigan teniendo ese poder mediático es anacrónico y hasta peligroso. Sin olvidarnos de que en nuestro país el número de creyentes de otras religiones y, sobre todo, de ateos y agnósticos sube exponencialmente, sin que se nos pueda aducir que las cuentas salen porque nuestra sociedad es mayormente cristiana; nuestra sociedad es mayormente bautizada en el cristianismo, pero si medimos la gente que cumple con los preceptos de la Iglesia católica y cree en ellos, seamos sinceros, el número ya está siendo anecdótico.
La cosa me está quedando muy larga, y lo siento. La tenía guardada en la sesera. Sólo una apostilla: es apabullante y desolador ver el pábulo que se está dando a este tema en las medios de comunicación, lo que sólo demuestra un par de cosas: la escasa profesionalidad de algunos periodistas, entregados a su particular cruzada contra el invasor; y la necesidad de esta sociedad antropófaga de encontrar temas "candentes" con los que poder parlotear desviando la atención de lo más importante. Y, claro está, el insoportable rostro de nuestros políticos, enrocados en su poder o deseo de tenerlo, e incapaces de ver nada más allá que esa lucha. Y lo digo desde el resentimiento progresista; los "míos" entran en el mismo juego, y eso, creedme, me duele a mí el primero.
Y ya para acabar, asistamos al bochornoso espectáculo que se está viviendo en el País Valenciano. Hoy he leído que (si no recuerdo mal) 115 de los 130 (aproximadamente, insisto) directores de instituto de Valencia se niegan a hacer el canelo. ¿Hace falta decir más?
Necesitamos una escuela que enseñe, unos padres que formen y una sociedad que exija y ayude, a partes iguales, a nuestros adolescentes. Necesitamos a marchas forzadas volver a recuperar la ilusión por aprender en nuestras aulas, el prestigio que otorga la cultura entre los alumnos y, en palabras de Daniel Pennac, desterrar el dolor que genera la ignorancia. Debemos hacer ver a nuestros adolescentes que el saber, el leer, el entender, el disfrutar del conocimiento, ocupa un lugar enorme en nuestras vidas, y cualquier esfuerzo que hagamos para ello es poco.
Así que, por favor, acabemos con esta estupidez. Si queremos que nuestra sociedad avance eduquemos a nuestros futuros ciudadanos. Antes de que sea demasiado tarde.
Polidori dixit, desde su humilde condición de "bloguero".



1 comentario
Pues sí, hasta la última coma.
Yo a veces me pregunto si realmente se quiere educar a los ciudadanos, así, en genérico o lo que se pretende es educar a un puñado de ellos, a los dirigentes o, mejor dicho, a los futuros dirigentes.
Hagamos un listado de los colegios (y a quién pertenecen) en los que se ha educado nuestra clase política y empresarial actual, a lo mejor nos sorprendemos.
Salud
3 oct 2008 | 10:07 AM
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