La Coctelera

Las manos en los bolsillos

Felicidad e interrogantes

Si echamos la vista al frente, o mejor aún, si queremos escuchar nuestra “voz interior”, podemos cuestionarnos casi cualquier cosa que nos ataña, sea cual sea su importancia o su utilidad. Lo que nos diferencia a los hombres del siglo (ya) XXI con el resto de épocas es que estamos inmersos en una verdadera ausencia de valores, por la sencilla razón que ya no nos dejamos convencer (engañar, pudiera decirse) por los modos de entender la ética y la moral desde un punto de vista religioso. Y no hablo del teocentrismo, propia de “oscuras” épocas del pasado, sino de antropocentrismo feroz que se aprovecha de la moral religiosa para cumplir unos preceptos que le hagan conquistar una “vida futura”, aunque hayas sido una persona verdaderamente malvada en esta. Siempre he dicho que el catolicismo es muy injusto, pues el mismo derecho tiene el recto que el cabrón que se muere confesado y que va seguro al cielo (pasando por la casilla del purgatorio, pero esas son menudencias); por la misma razón ese hombre recto va derechito al infierno si comete un pecadillo mortal en el último momento... ¡vaya forma de premiar la bondad, carajo!

Lo cierto es que el laicismo ha afianzado aún más las virtudes, rectitudes y valores de la ciudadanía, en tanto en cuanto la sociedad, su armonía y coexistencia, es la base de la existencia humana “moderna” salvo para algunos y rarísimos outsiders o para aquellos que no tienen la suerte (o la tienen, nunca se sabe) de vivir en el primer o en el segundo mundo, ya me entendéis.

Pero... ¿somos felices? La mayoría piensa que no, o no lo suficiente. Y ¿por qué no lo somos? Está claro, por la alienación. Y esa alienación... ¿de dónde proviene? De la sociedad y sus normas. Ergo... ¿a qué esperamos para luchar contra ella? Coño, pues no lo hacemos porque la sociedad es la base de nuestra existencia. Así que, tenemos un bonito y esplendoroso círculo vicioso.

Yo no sé vosotros, pero andar en una de esas épocas de crisis que pueden leerse en los libros no me hace ninguna ilusión. Vivir bajo el amparo de una sociedad imperfecta a la que ni siquiera respetas te hace plantearte demasiadas cosas. Y llegar siempre a la misma conclusión: si lo que nos queda es la esperanza en el futuro, ahora que el capitalismo salvaje, como sistema, se está yendo a tomar por culo, me da hasta rabia pensar que nuestros descendientes piensen de nosotros que éramos unos perfectos imbéciles por consentir esto que nos está pasando.

¿Suena desasosegante? Yo pienso en ello todos los días, mientras procrastineo como un bellaco perdido entre gmail, reader, facebook y todos los instrumentos que el maligno nos ofrece cada día.

¡Qué tiempos nos ha tocado vivir...! ¡Eh! (Ubertino da Casale dixit).

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