La dura batalla contra el sida
Azote apocalíptico por excelencia de las últimas décadas; ángel exterminador de millares de homosexuales, heterosexuales, hemofílicos y drogadictos; arma arrojadiza contra muchos colectivos de los sectores más retrógrados de la sociedad; y al fin agente esquilmador hoy día de millones de seres en África. El sida continúa siendo uno de los peores males de nuestros tiempos, a pesar de todo el tiempo que ha pasado desde que se iniciara su propagación.
Todos (yo al menos) hemos vivido de cerca su feroz ataque letal. Todos le hemos temido, y todos hemos visto impotentes los inútiles esfuerzos de los investigadores por erradicarlo.
Ahora hay una nueva esperanza. Lejana, pero esperanza al fin y al cabo.
Recuerdo un relato muy breve en la revista Ajo Blanco que, con el título de Con mi dulce semen mato, narraba la peculiar venganza de un afectado de aquellos primeros tiempos, que de esa forma satisfacía su rabia por la más injusta de las plagas. El sida ha estado siempre, desde que tengo recuerdos, asociado al "vicio", al "pecado", hasta el punto de que un sidoso era un apestado, un ser al que todos temían, eludiendo ante él el más mínimo contacto. Todavía hoy sentimos reparo por los enfermos, a pesar de que nuestro corazón se apiade de ellos, pues cualquiera de nosotros podía haber sido uno de ellos. Esa es la terrible historia de esta plaga de dudoso origen y terrible desenlace.
Su historia es tan nefanda que su vacuna sería una de esas primeras noticias maravillosas que uno quisiera escuchar un buen día.
Hoy estamos un poquito más cerca. Mientras, brindemos por todos aquellos que se han ido.



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