La Coctelera

Las manos en los bolsillos

La ética del soldado y las obras maestras

Los humanos llevamos matándonos desde que el mundo es mundo. Esta afirmación es tan rotunda, brutal e incivilizada que no necesita mayor reflexión. Sin embargo, cada vez que me enfrento a cosas como las que están ocurriendo en Gaza siempre me hago la misma pregunta: ¿sería yo capaz de apretar el gatillo?

Me explico. No soy Gandhi, y no soy capaz de exponer mi cuello porque sí, pero sí creo pertenecer al siguiente grupo de pacifistas nada extremistas que son capaces de matar si son seriamente amenazados, o lo es su familia. Y esto no es baladí; si alguien se acerca a mí con intenciones aviesas puedo llegar a ser muy agresivo, aunque jamás (y digo jamás) me ha hecho falta utilizar la violencia. Pero el siguiente escalón ya se me escapa, y creo que por eso (y por cosas más prosaicas, bien es cierto) me hice objetor de conciencia: no encuentro motivo suficiente para pasar al siguiente escalafón, el de hacerme capaz de pegar un tiro a un tipo por el mero hecho de no pertenecer a mi patria, o hacer ver amenazada la integridad de mi "patria". Acusadme de lo que queráis, yo simplemente me puedo considerar ácrata, pero de buen rollo, eso sí. El problema es que vivo donde y cuando vivo, y prefiero sentirme español que otras cosas, pero esa es otra historia, que me desvía de mi razonamiento.

Porque... ¿todo esto adónde lleva? A que no me imagino capaz de enviar un pepino desde un tanque que sepa a ciencia cierta que, allá donde caiga, se va a cargar a gente inocente, incluidos niños, mujeres, ancianos o ciudadanos "de a pie" que sólo tienen la culpa de estar ahí. Eso incluye al que dispara un misil desde Gaza o al que se carga a casi ya mil personas en una "guerra" orquestada desde un sillón. Con eso me uno al grito de basta ya de joder al pueblo palestino, porque lo más hiriente del asunto es que es el lado débil de este conflicto, lo digan las Naciones Unidas, Zapatero o quien sea. Por eso no me cabe en la cabeza intentar entender a los soldados israelíes que están soltando pepinos mortales a diestro y siniestro; son, simplemente, una panda de hijos de puta. Y poco más puedo decir. Pero con esto entramos en otras disquisiciones antibelicistas que, insisto, dan para mucho más que este escueto post.

Y por eso, prefiero alegrarme de algo tan inútil como el arte, y brindo por la oportunidad que nos da santo Google Earth para acercarnos hasta este punto a las grandes obras de nuestro Museo del Prado. Descargároslo si aún no lo tenéis y disfrutad de estas maravillas, mientras nos enjugamos las lágrimas por el pueblo palestino (a pesar de sus cachorros terroristas). Asomaos a las maravillas que, por ejemplo, nos depara el Bosco:

[Qué maravilla, esta escena lésbico interracial realizada en los albores del siglo XVI.]

[Perdonarme mezclar las churras con las merinas, pero la ocasión era más que pertinente; es lo que tiene la actualidad.]

Escribe un comentario