Oro negro del medievo
Una persona muy querida de mi entorno más cercano se ha marchado a trabajar (alegando lo que alegan todos los recién jubilados, que "se aburren") nada más y nada menos que a Arabia Saudita. Sí, da vértigo. Es un hombre tranquilo que, entre muchas cosas en su vida, es ingeniero de los de antaño, y tiene unas gónadas tan tremendas que no duda en dejar todo por un año o dos para irse a trabajar a un país con una cultura diametralmente distinta a la suya y con un inglés más que parco (me hizo mucha gracia que me confesara que sólo sabe lo que come porque es "fish", "meat" o "rice"), para nada más y nada menos que construir un megacomplejo industrial al país de los jeques y el petróleo (en el que llenar un depósito de sesenta litros cuesta unos seis euros).
Los estereotipos están ahí. De la misma manera que muchos imaginan a los españoles con la montera calada y dando naturales por la calle, nosotros nos imaginamos a los saudíes con esas curiosas túnicas y turbantes blancos, zapatos lustrosos y conduciendo un brillante e impecable Mercedes. Casi se nos olvida lo más importante: que Arabia Saudi es un estado confesionalmente árabe y con una estricta legislación al respecto. Y las cosas que me cuenta mi querido allegado son como para echarse a temblar, especialmente en lo que se refiere a la situación de la mujer. Entre otras cosas, me ha comentado que la mujer por no tener derecho no tiene ni derecho a conducir ni a ir sola a un supermercado a comprar. Actividades como éstas están simple y llanamente prohibidas. Y por supuesto todas siguen con rigor la única moda permitida: la abaya hasta los pies y el niqab que sólo les permite asomar los ojos (ellos usan mucho colorido y visten muy bien). Existen incluso supermercados sólo para mujeres, y algunos sólo para matrimonios. Alucinante.
Cuando pensamos en intolerancia musulmana se nos viene a la cabeza barbudos y exaltados hombres de tez morena que enarbolan alguna bandera occidental en llamas, pero no tenemos en mente estos magnates de un país feudal cuya "constitución" es el Corán. El país que guarda celosa la tierra más sagrada para los musulmanes, los lugares de peregrinación por excelencia del Islam, La Meca y Medina, es también el país donde la sodomía se castiga hasta con la muerte, y donde la mujer permanece en casa con la pata quebrada. Y donde un compañero de trabajo de este hombre, con veinticinco años, ingeniero, se casa la semana que viene y mañana conoce a su mujer; o mejor dicho: hay una joven mujer esperando a conocer a su marido para cambiar de universo: de casa de sus padres a casa de su desconocido conyuge.
Pero... Arabia es el primer exportador de petróleo del mundo, con una cuarta parte de las reservas mundiales, que se dice pronto. Es decir: es un país mimado por aquellos que manejan el cotarro en el mundo, pues, sin ambajes, el petróleo sigue siendo, y seguirá siendo durante décadas, el motor que mueve el planeta. Eso lo saben bien Bush padre e hijo, la familia bin Laden y hasta nuestro querido ex presidente Aznar; incluso los dirigentes "progres". Así que, si hay que hacer la vista gorda se hace, y mientras que todo el empobrecido (salvo Kuwait, Emiratos e Irán, por distintos motivos) vecindario musulmán se come los mocos y se ve enfrascado en guerras hostigadas desde el exterior, Arabia permanece en ese limbo internacional como un exótico lugar del que se espera petróleo y más petróleo con el que llenar nuestros depósitos. El oro negro es lo que tiene.
Esta reflexión se queda necesariamente aquí. Desde la vieja Europa podemos utilizar medios como éste para expresar nuestra perplejidad, pero en el otro lado del Mediterráneo, un poco más hacia el este, la vida se mide por otros raseros.
Eso sí: os recuerdo que ya andamos por el siglo XXI, por si a algunos, con o sin turbante, se les ha olvidado.



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