Nostalgia de aquellos viejos pupitres
El centro cultural Conde Duque de Madrid está exponiendo una muestra titulada "La facultad de Filosofía y Letras de Madrid en las Segunda República", curiosamente la facultad en la que yo inicié mi carrera en 1987 (y digo inicié porque cambié de edificio varias veces, aunque ese era el principal y donde estaba la secretaría). Y, claro, tenía la obligación de acercarme, pero lo que no podía imaginar es que removiera tanto mi baúl de los recuerdos.

La exposición tiene dos partes claramente diferenciadas: en una de ellas se muestra, desde varias perspectivas, el sueño hecho realidad de crear un espacio nuevo, moderno y racionalista (diseñado por Agustín Aguirre López) en el que se impartieran clases universitarias fuera del centro de la capital, un proyecto ambicioso que arrancó el día de su inauguración el 15 de enero de 1933, acto presidido nada más y nada menos que por el presidente de la república, Niceto Alcalá Zamora, y por el jefe de gobierno, Manuel Azaña. Una inauguración por todo lo alto que vino acompañada, ese mismo año, por la mítica expedición que unió a un grupo de privilegiados estudiantes y un puñado de profesores (dirigidos por Manuel García Morente y José Ferrandis), los cuales se embarcaron en un crucero en el Ciudad de Cádiz de mes y medio de duración para conocer de primera mano las civilizaciones de la Antigüedad.
El edificio fue el único que funcionó a pleno rendimiento antes del estallido de la Guerra Civil. Y de hecho, la segunda parte de la exposición cuenta cómo fue utilizado como parapeto de milicianos en el frente norte de Madrid. Los nacionales se ensañaron con el edificio, y acabada la contienda poco de él quedó en pie, destrozado por obuses y metralla. Años después fue reinaugurado (siguiendo los mismos planos), con total fasto y boato, por Francisco Franco en un acto propagandístico de los que tanto gustaba el régimen, con discurso incluido del generalísimo en el conocido como Paraninfo, un moderno salón de actos de excelente acústica.
Hasta aquí la historia. Pero pasados setenta y cinco años, y habiendo sido yo mismo alumno de tan venerable institución, a uno se le queda el cuerpo cortado. El sueño de la Institución Libre de Enseñanza de educación integral, basada en la tolerancia y la excelencia académica, se iniciaba en los colegios rurales de las "misiones pedagógicas", continuaba en una red de institutos y culminaba en este primer edificio de la que se pretendía que fuera una universidad que estuviera a la vanguardia de la enseñanza y la investigación europeas. Un edificio por el que pasaron algunos de los mejores nombres de las letras de la época, entre ellos Ortega y Gasset, Zubiri, María Zambrano, Menéndez Pidal, Américo Castro, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Sánchez-Albornoz, Millares o María de Maeztu.
Qué más se puede decir. La guerra acabó con todo eso, y la reinagurada universidad, llamada Complutense (o sea, "hija" de su vecina y principal universidad durante siglos, la de Alcalá de Henares), vio durante mucho tiempo como se desarrollaba una enseñanza universitaria en sus aulas muy alejada de aquel sueño nacido en la República. Y esa universidad llegó a la Transición, y al nuevo gobierno democrático, hasta que unos nueve años después este humilde blogger, con esa carita de no haber roto un plato, la pisó por primera vez como estudiante con una carpeta recién estrenada y los ojos como platos ante tanta y tanta estimulación académica (bueno, y de otro tipo, pues la proporción de alumnas superaba el 90% frente a los alumnos) en aquel lejano octubre de 1987.
Podéis, pues, imaginaros lo que ha supuesto para mí ver de nuevo las viejas pizarras dobles, los carteles de las aulas y los pupitres en los que yo mismo me senté hace tantos años. Joder... ¡eran los mismos pupitres de madera y metal! Se me remontó el corazón, y me llené de orgullo de haber participado en la historia de ese edificio que ahora es objeto de exposición.

Pasados tantos años siempre me ha acompañado la amarga sensación de no haber sabido aprovechar más mi paso por la universidad. Recuerdo con viveza el gran hall, los bancos de mármol, las viejas aulas, los pasillos embaldosados, la vetusta biblioteca y la vieja cafetería, remozada con escasísimo gusto (que el demiurgo confunda al responsable de aquella barrabasada) pocos años más tarde. Recuerdo las confidencias entre alumnos, mis primeros pasos como estudiante y, sobre todo en ese primer año las clases de De Andrés, con esa estudiada magnificencia de los viejos profesores, y su discurso al final de curso, apelando a la responsabilidad que adquiríamos como estudiantes universitarios, algo que me ha acompañado toda la vida.
Y cómo no, recuerdo aquella vieja historia de amor de la que fueron testigos los bancos en los pasillos y las mesas de aquella cafetería. Mi mundo se abría con un horizonte de tal tamaño que me daba vértigo pensarlo, de tal manera que puede decirse que entre sus viejos muros perdí la inocencia y supe, ya para siempre, de qué forma estaba hecho el mundo en el que debía desenvolverme.
Han pasado más de veinte años de todo aquello, pero esta exposición me ha devuelto a la realidad con un gesto incómodo por el sueño truncado, pero con una sonrisa entre los labios por pensar en lo mucho que ha cambiado ese muchacho desde aquella recién iniciada carrera universitaria hasta hoy. Y no me da pena echar la vista atrás, sino tan sólo por los muchos años transcurridos. Daría mucho por volver a aquellas viejas y venerables aulas, a aquellos pasillos confidentes, y a la siempre animada cafetería, pero muchas cosas ocurrieron después que me han traído hasta aquí, ante este teclado y este medio desde el que os recomiendo esta exposición, y puedo decir que no me arrepiento de casi nada, salvo de no haberme deleitado más con aquellos maravillosos años.
Larga vida, querida facultad. Por aquellos sueños, estas realidades y el futuro de todos aquellos que, como yo, tengan la suerte de haber sido tus inquilinos.



2 comentarios
Y algo de lo que aprendiste en estas aulas ha servido para que escribas esto tan bonito, siendo capaz de involucrarnos en tus recuerdos y remover los nuestros...
Mis recuerdos de la facultad empiezan a desdibujarse. A veces tengo la sensación de que esos 5 años que pase entre libros, amigos, cafés, profesores y viajes, han sido un sueño... y como bien dices queda la sensación de no haberlo aprovechado bien... eramos inocentes e inconscientes, parecía que nunca acabaría esa etapa estudiantil, y mira ahora...
Un fuerte abrazo!
26 ene 2009 | 10:47 AM
Vaya... Yo recuerdo más el colegio que la facultad (o facultades, porque por azares de la vida pasé por tres titulaciones). Yo también tengo un cierto sabor de boca amargo por no haber aprovechado la biblioteca, las aulas, los compañeros, la cafetería, los jardines... Yo iba, tomaba apuntes, zascandileaba un poco y a casa. Supongo que la falta de interés entonces fue la culpable. Lo cierto es que hoy quiero retomar lo que dejé a medias (una de ellas) y no creo que pase mucho tiempo para hacerlo. De hecho, si todo sale según lo previsto volveré a trocitos en septiembre.
Gracias por este precioso suspiro.
Un abrazo
26 ene 2009 | 10:53 AM
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