La Coctelera

Las manos en los bolsillos

El precio de los sueños

Nosotros, humildes mortales que deambulamos por este perro mundo, somos, salvo las honrosas excepciones que tan bien campean la crisis, unos pringados que apenas sí tienen la suerte de disfrutar de unos momentos de asueto. E incluso de vez en cuando un viaje, pero no está la cosa, bien sabemos, para muchos dispendios.

Pero, a poco que escarbemos, hay dos sentimientos que afloran con demasiada facilidad: la envidia y el clasismo. Y creo que todos, en mayor o menor medida, pecamos de ambos. Envidia por lo que hacen otros, y clasismo por creernos más capaces, o más meritorios a la hora de disfrutar de determinadas cosas. Por ejemplo, si una compañera de trabajo, una vecina o un amiguete dicen que ya le gustaría tener una casa de determinadas características, o hacer un viaje a determinado lugar, enseguida afloran los más bajos instintos y pensamos que esa idea era tuya, y que quién es esa persona para quedársela. Y no digamos nada de otros colectivos, como, por ejemplo, un dos tres, responda otra vez, los inmigrantes. ¿Cómo puede pensar un (escójase el exabrupto que se quiera) en soñar siquiera con tener (póngase el bien de consumo que se quiera)?

Los humanos somos así. Y el consumismo es así. Y el sentimiento de clase es así. Pero toda esta perorata se resume en una sola cosa: tendríamos que luchar a brazo partido contra la mala y puta envidia. Tendría que luchar a brazo partido contra la mala y la puta envidia... Tendría que recordar que tengo la suerte de vivir en el primer mundo, y de disfrutar de muchas cosas que la mayor parte del mundo (si atendemos a la simple demografía) ni siquiera puede soñar en disfrutarlas.

Pero cuesta, cuesta dios y ayuda. Es difícil controlarse cuando sabes que no puedes hacer eso que tanto deseas por una simple cuestión monetaria (¿quién habla de crisis?).

Mañana, demiurgo mediante, cuando salga de trabajar y disfrute de una sesión de cine vespertina, tendría que acordarme de todas esas cosas. Pero... ¿cómo no pensar en las cosas que me gustaría hacer con más dinero y con más tiempo?

A veces pienso que los humanos somos detestables. Que los humanos modernos somos detestables. Y que, qué coño, me encantaría pensar en marcharme esta semana santa a, pongamos por caso, Nueva York, o París, o Jordania, o...

Definitivamente, soy un puto envidioso.

1 comentario

  1. [Gracias, anónimo. Las prisas, ya se sabe...]

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