La Coctelera

Las manos en los bolsillos

El curioso caso de aquella novela que nunca escribí

Dejad que os cuente una pequeña historia.

Hubo una vez un escritor frustrado que llevaba toda su vida de casi cuarenta años rumiando historias que nunca, por pereza, por no ponerse, por no creérselo o por lo que fuera, conseguía plasmar en un papel. Pero tenía especial cariño a una, tanto que era su obsesión, obsesión que más había contado a sus cercanos que había sido capaz de darle cuerpo, a pesar de tenerla en la cabeza, con todas las consecuencias en cuanto a trama, personajes y, sobre todo, nudo de la acción que eso conlleva. Era una historia hermosa, pero cruel, una historia que lo mismo podía darle para contar un hermoso cuento, una novela corta, una larga novela, una buena obra de teatro o, porque no, un guion cinematográfico. Una historia de toda una vida de un personaje poliédrico, asombrado y desconcertado por algo que le hace distinto, un extraño para los demás, y que sin embargo atesora una larga, fructífera y complicada existencia. Una historia, en definitiva, que partiera de una premisa sencilla pero terrible: alguien que vive la vida al revés, naciendo anciano y muriendo bebé.

Esta es la verdad. Y podría aportar testigos, no sólo de ahora, sino de antaño. Sé que es difícil de explicar, pero así son los hechos. Desde hace muchos años tenía idea de escribir la historia de un hombre que vive al revés. Así que, a pesar de que algunos me decían que habían escuchado algo parecido, al no ser capaces de concretarme datos, vivía en la ilusión de haber encontrado esa historia por la que todo escritor daría mucho de sí por ser el primero en escribirla. Y así viví, madurando una idea que nunca terminaba de tomar forma definitiva, pero que se estaba convirtiendo en uno de los puntos de referencia de toda conversación que versara sobre la "creación", fuera de la forma que fuera.

Así fue como hace poco Innes me habló de que se iba a estrenar una película en la que Brad Pitt interpretaba a un tipo que encajaba demasiado bien en la concepción del personaje que yo tenía en la cabeza. Pero había más: la historia parecía no sólo no ser original, sino que era no del gran Borges, ni de cualquier autor de segunda del peor realismo mágico, sino que era obra de nada menos que Scott Fitzgerald, el "inmortal" autor de El Gran Gatsby.

No sé si entendéis lo que supuso esto para mí. Algo situado en la tierra intermedia entre el pavor, la rabia y la plena satisfacción. Pavor por la jodida casualidad, rabia por motivos evidentes y plena satisfacción de saber que era una buena historia, historia que alguien que no era yo había sido capaz de desarrollar. Insisto en que os digo la verdad, porque no tengo necesidad de mentir. Ha sido una de las sensaciones más extrañas de mi vida, así que, como podréis comprender, no pude esperar más y me fui al estreno, en la sala 25 del Kinépolis, probablemente la sala más grande de Europa, de El curioso caso de Benjamin Button.

Imaginaos ser testigos de algo que, siendo la primera vez que lo veíais, no es que os sonara extrañamente familiar, sino que parecía haber sido gestado por vosotros mismos durante años y años en vuestra cabeza. Salvo pequeñas (y quizá no tan pequeñas) variaciones, la trama se desarrollaba prácticamente de la misma forma que yo había imaginado: un crecimiento entre pañales, a pesar de la avanzada edad del protagonista, en el que la sensación de despertar a la vida se une a los achaques propios de la vejez, incluidas las pérdidas de memoria (primera diferencia: el protagonista se comporta en todo como un niño, lo que no ocurría en mi historia, pues era realmente un viejo). Luego, como pude imaginar en su momento, el niño anciano iba rejuveneciendo poco a poco, encontrando en todo lo que veía la misma perplejidad con la que se enfrenta primero un niño, y luego un adolescente, pero con el aspecto de mayor. En fin, que podría contar esa idea hasta alargarla ad nauseam, pero os lo voy a ahorrar. Sólo una cosa más, que también he visto en la película: el final deseado, de un niño que poco a poco deja de tener preocupaciones, tan sólo jugar, y al que se le escapa poco a poco la vida siendo cada vez más y más pequeño hasta ser sólo un bebé al que le sorprende el último aliento de vida con serenidad y despreocupación.

Pero esa historia ya está contada, y ya está filmada. E incluso he descubierto en la red otras historias paralelas, en libro, cine, cómic y hasta manga. Pero no tiene mayor importancia, porque para mí todo eso ocupaba ya un sitio destacado en mi memoria y, viva los años que viva, eso nunca cambiará. E incluso tuve el arranque vanidoso de sentir cierto orgullo ante los aplausos (que los hubo) del respetable, pensando, ingenuo de mí, que también se dirigían hacia mí. Eso sí, mientras enjugaba en mis ojos las lágrimas por la bellísima historia contada por David Fincher.

Penséis lo que penséis, elucubréis lo que elucubréis, esta es la verdadera historia de una novela que nunca escribí, de una obra que nunca compuse, pero que alguien ha tenido el acierto, la indecencia o la suerte de firmar por mí. Y, sinceramente, después de todo lo pasado, creo que, a pesar de todo, he respirado, al fin, tranquilo.

Y así os lo he contado, para compartirlo, para expiar fantasmas, o para lo que coño sirva contar algo así. Siempre será mejor que llorar por las esquinas.

3 comentarios

  1. K

    Moraleja: Nunca más, que dijo el mítico cuervo.

    Así que levántate del sillón y ponte a escribir de una santa vez...

    Salud

  2. Coincido con K. La próxima vez que tengas una idea, escribe, por el amor de Dios. Y a registrarla cuanto antes.

  3. quiero una pagina de estas

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