La Coctelera

Las manos en los bolsillos

Todos (aún) vamos en ese tren

Hace cinco años, a las 7.38 de la mañana, un fuerte temblor hizo que me sobresaltara en la ducha de mi casa de Vallecas, cuando me preparaba para ir al trabajo como todos los días. Recuerdo perfectamente que pensé que ojalá eso que había escuchado no fuese lo que parecía que era. Pero lo fue, sólo que no lo quisimos creer hasta mucho más tarde. En esa época aún no había vuelto a la moto, y todos los días quedaba en la puerta de mi casa de Vallecas con mis compañeras de trabajo para comenzar una nueva jornada en coche. Cuando nos montamos en él, las noticias eran confusas, muy confusas, hasta el punto de que ni se hablaba de víctimas ni parecía que fuese, ni por asomo, tan grave como luego supimos que fue, a lo largo de una retahíla de comunicaciones de prensa que añadían, uno a uno, más nombres a la lista de muertos y heridos. Pero pronto supimos, en cualquier caso, que la cosa iba a ser muy grave, cuando una de nuestras compañeras ni siquiera pudo coger el metro en Atocha, y además nos explicó que se iba a quedar allí ayudando a un chaval que estaba ensangrentado y muy asustado. Luego, os podéis imaginar lo que pasó: toda la mañana pegados a la radio, internet y cualquier otro medio que nos aclarase qué coño estaba pasando, pero ya nos temíamos lo inevitable. Y luego llegaron la rabia y la indignación, especialmente porque ante el drama del mayor atentado de nuestra historia (y me temo que de Europa) los políticos de entonces no sólo no estuvieron a la altura, sino que se enredaron en una macabra carambola para negar lo evidente: que Al-Qaeda, o quienes fuesen exactamente los malnacidos que habían sido capaces de pergeñar semejante barbaridad, reían desde aquellos famosos desiertos lejanos.

Recuerdo eso, y recuerdo la profundísima emoción de aquella manifestación bajo el agua incesante, donde no cabían ya ni los paraguas. Y recuerdo la tensión de la jornada de reflexión, y las lágrimas incontrolables que me asaltaban en los siguientes parones de protesta en la puerta del edificio de oficinas, viendo los rostros de gente anónima tan compungida como nosotros. Y, andando el tiempo, fuimos conociendo por la prensa la historia íntima de los fallecidos; la lucha repugnante que seguían manteniendo los políticos y algunos "medios" de comunicación por buscar tramas vascas esperpénticas; el ultraje (qué mayor ultraje) a los familiares de algunas asociaciones de víctimas, y la politización (por activa o por pasiva) lamentable de todas. Y después el juicio, aquellas sesiones perversas, aquellos rostros ya no anónimos que llevaban escrito encima la barbarie. Y el conocer hasta qué punto la tragedia nos tocó un poco a todos, sea por aquella persona fallecida o herida más o menos cercana, o aquella que no cogió ese día el tren porque llegaba tarde; o el sentirme fatal de incluso llegar a pensar que llevar a compañeros en coche me hubiese podido convertir aquella triste mañana en algo parecido a un salvavidas (uno ya ni sabe lo que piensa después de lo que vivimos); o ya, pasado un tiempo y muchas cosas, enterarse de lo vil que pueden ser los responsables de una empresa o de una compañía de seguros para negar una invalidez permanente a algunas víctimas que no sólo van a tener que recordar el estruendo de las bombas, sino la estulticia de aquellos que tienen demasiado poder en sus manos.

Todo eso ha pasado en estos cinco años. La vida sigue, y de nada sirve buscar porqués a lo inhumano de la condición humana. Uno quisiera pensar que tanto dolor, tanta rabia y tanto sinsentido han podido servir de algo, pero también se piensa consecuentemente que el ser humano es y será abyecto, y eso no lo podrá cambiar ninguno de nosotros.

Hace ya un año que escribí sobre esto, y hace ya mucho que colgué estas fotos en internet, pero no puedo por menos que volver sobre lo mismo. Porque es imperiosamente importante que no olvidemos, nunca. Y es nuestro deber preservar del tiempo el olvido de aquellos hechos que marcaron tantas y tantas vidas de nuestros contemporáneos.

4 comentarios

  1. Cinco años ya, Polidori, cinco. Un abrazo.

  2. ¡ Cordiales saludos de un Blog amigo ! Lo primero felicitarte por tu estupendo artículo, que habla de un enorme drama humano, que quizás nunca debió pasar. ¡ Pero eso es otra historia !. Hablas de personas normales y corrientes y de sus enormes sufrimientos, como victimas del más rechazable terrorismo, que nunca avisa ni distingue géneros, territorios, ni civiles o militares, niños o ancianos... El Terror que viola los más fundamentales Derechos Humanos, empezando por las vidas. Me encanta el tono personal, vivencias incluidas. La sensibilidad que empleas, el reconocimiento que haces de victimas y familiares del 11 M. ¡ Espero que estemos en la mejor comunicación ! ¡ Mis saludos y hasta pronto ! Antonio Ayala

  3. Gracias, Antonio. Gracias Víctor.

  4. A mí me llamó mi madre a las 7 y media de la mañana, preguntándome si había conseguido hablar con mi hermano. Me contó lo que estaba pasando, mi hermano no cogía el teléfono. Por suerte esa mañana se quedó dormido y perdió el tren.

    No sólo Madrid se encogió sino toda España, hasta el más pequeño rincón.

    Y no sé si por suerte o por desgracia, parece que fue ayer.

    Un abrazo.

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