Bolonia y la vieja universidad
Estoy a punto de entrar "en cuarentena", que no deja de ser un eufemismo irónico con el que referirme a que estoy a punto de cumplir los cuarenta. Ya estarán mis lectores más que hartos de mi queja sempiterna sobre el paso del tiempo, los avatares propios de haber entrado en esa edad y los problemas derivados de ser un ciudadano ya madurito que paga sus impuestos y que, al ser considerado "joven", no deja de plantearse la exacta dimensión de ese especificativo. Bueno, eso es lo que hay, y lo que deseo es cumplir esos cuarenta años de una santa vez para relajarme al fin. Y basta, que me queda la introducción demasiado larga, como de costumbre.
De lo que sí estoy seguro, y es algo que no aparece por primera vez en este vuestro blog, es de que sí he podido ser testigo, debido a esos años vividos, de cosas que han ido cambiando, progresando o involucionando, llegado el caso, mucho en esta vida. Supongo que habrá sido algo que ha pasado con todas las generaciones desde que el mundo es mundo, pero siempre he defendido que estamos viviendo una época de cambios tan fascinante como desconcertante, y creo que en eso sí hemos tenido suerte nuestra generación, pues hemos visto cómo era el mundo "antes" y cómo es ahora. Un ejemplo: hemos vivido una revolución tecnológica desde los comienzos, una revolución que no hubiesen podido ni imaginar nuestros padres (de hecho, es raro el miembro de esa generación computerizado), y ni digamos nuestros abuelos.
Una de esas cosas, y aquí sí entronco con el tema que me interesa, ha sido el profundo cambio de concepto del "hecho universitario", que si bien se intuía en "mi época", no era ni por ensoñación lo que es hoy. Claro, que debo reconocer antes de nada que, a ciencia cierta, el famoso y controvertido Plan Bolonia me ha pillado tan lejos de mi remoto pasado universitario como los planes de estudio de la llamada ESO en comparación con el BUP que yo conocí, pero lo que he leído me ha servido para tener clara una cosa: el concepto de universidad ha cambiado radicalmente en los últimos lustros, y lo que ahora se entiende por estudios académicos dista mucho del concepto que se tenía antaño de ellos.
Juzgar qué es mejor y qué es peor... bien, en eso estamos. Al margen de las protestas más que justificadas (no sólo por la falta de información, sino porque, como siempre, se ha hecho la ley sin contar con los interesados) y cargas policiales injustificadas (un amigo de Barcelona lo sufrió en primera persona, a pesar de no ser estudiante desde hace ya muchos años, pero simplemente se había acercado a ver qué pasaba, y nos cuenta que fue simplemente brutal), creo que con el tema de Bolonia se constata un hecho claro: la universidad está dando el último giro hacia la mercantilización.
Me llama la atención que se apele a la desaparición de lo que se ha venido a llamar "clases magistrales", es decir, el tipo de clases universitarias de toda la vida. Como ocurre con todo en este mundo, ahora todo tiene que ser rentable, y de la misma manera que, pongamos por caso, la televisión pública debe ser económicamente viable (algo más que discutible), la universidad debe formar futuros trabajadores (muy especializados, eso sí) antes que universitarios, es decir, gente formada, con un poso y peso cultural evidente. Me consta que las universidades, debido al tan cacareado fracaso escolar, han tenido irremediablemente que bajar el nivel de exigencia, no sólo para entrar, sino para evaluar, y mucho me temo que lo que nos trae esta "receta boloñesa" es una bajada de la exigencia aún mayor, hasta el punto de que las aulas universitarias se van a convertir en una extensión de los "másteres", estudios especializados vacíos de otro contenido que no sea el preciso para especializarse en una u otra ramita de las asignaturas troncales. En definitiva, la desaparición del concepto humanista del saber.
Soy un romántico, y por mucho que pudiera resultar inútil, la universidad de antaño era así porque así tenía que ser. Era "académica", y aunque reconozco su acartonamiento y regusto añejo, a mí se me viene más a la cabeza esa institución magna y respetable con la que nos enfrentábamos los púberes bachilleres que la remilgada institución, "moderna" y tan aséptica como todo lo contemporáneo, de hoy. Y cómo no, yo prefiero empozarme con la densa pátina del saber que salir tan limpio de ideas y vivencias como entré. Vamos, que prefiero el lodo a la gamuza antipolvo, qué le vamos a hacer.
Todo en este mundo tiene un sentido práctico y rentable que no sólo me resisto a entender, sino que no podré jamás compartir. El mundo debe ser algo más que lo que deba ser amortizado, y me temo que en esa concepción del mundo tan "inútil" como la que yo tengo no cabe el concepto de una universidad exclusivamente rentable. Claro, que así me va, náufrago en un mundo material, pero ésa es otra historia.
Lo peor de todo es que sé que la consecuencia más clara, rápida y directa de todo esto es que las llamadas "humanidades" van a desaparecer. Quizá no sea ahora, ni dentro de unos pocos años, pero llegará un momento en que el estudio de las artes y las ciencias humanísticas fuera del estricto mercado audiovisual se irán al carajo, o simplemente alejándose del ámbito académico universitario, y refugiándose en alguna institución aún no sé con qué forma donde se ubicará, desde el más completo elitismo, el saber humanista, y eso terminará siendo algo tan triste que me da pena sólo de imaginármelo.
Los recuerdos de mi paso por la facultad en esos años, en los que sabía que me dedicaba a una carrera "sin salida", son ya cosa del pasado, pero lo que eso me supuso a mí como persona sólo lo he sabido reconocer con el paso del tiempo. Más y más cada año que pasa.
Los bichos como yo están condenados a la extinción. Lo sé y lo asumo, no sólo por el poco dinero que tengo en el bolsillo, sino por el modo en el que percibimos el mundo. Dentro de poco seremos estudiados como ese simpático anuncio de televisión en el que se investigan las costumbres del "ser autónomo". Puede, pero yo seguiré riéndome con los chistes que podías leer en los corchos y los aseos de aquella vieja facultad de Filosofía y Letras, reconvertida entre otras cosas a facultad de Filología, como aquel que rezaba:
Nativo da clases de latín.
[Fotos: Universidad Complutense de Madrid.]

Flanagan dijo
La sociedad es cada vez menos humana, lógico que vayan desapareciendo las humanidades. Creo que en un futuro, quizá 100 años, el libro será un objeto de coleccionismo. Jo, qué funesto me pongo.
Yo lo que más recuerdo de la uni es la campa... Mi compromiso con el estudio siempre sufrió sus altibajos.
Un abrazo.
2 Abril 2009 | 11:07 AM