La erótica del suicidio, o el suicidio ilustrado
Pertenece ya a la mística de la historia de la literatura, y del arte en general, la asociación inevitable entre artista y suicidio. En el magnífico número 3 de Vacaciones en Polonia, dedicada al "Suicidio y literaturas", se incluyeron los 355 casos "más destacados" (que no totales) de insignes suicidas que en el mundo de las letras han sido, incluyendo a mi viejo amigo Polidori. Los malogrados pueden clasificarse por todo tipo de categorías, léase por edad, tipo de suicidio, sexo, premeditación y alevosía, su fama, lo intrincado del caso o su originalidad, incluyendo aquellos que de puro fracaso o terrible insistencia pueden resultar irónicos, si no fuera porque al final consiguieron su objetivo.
Sería largo contar los más destacados, pero a vuela pluma puedo recordar a John Barryman, quien en 1972 saltó al Misisipi, pero no cayó al agua y murió asfixiado en el fango; Carlos Correas, que indeciso de si valdría sólo con sus venas recién cortadas, decidió saltar de un noveno piso en diciembre de 2000; el mexicano Jorge Cuesta, que completamente trastornado intenta castrarse, arrancarse los ojos, y murió al fin ahorcado en su celda de manicomio en 1942, después de haber permanecido con los brazos en cruz durante varios días; el turco Besir Fuad, que se aplicó anestesia local en el brazo izquierdo y en el cuello, se cortó las arterias y la carótida y anotó sus sensaciones sobre ese instante final, no sin haberse asegurado antes de haber donado su cuerpo para la ciencia; James Harden-Hickey, quien después de describir ochenta y ocho tipos de veneno y cincuenta y un instrumentos para el suicidio, utilizó la vulgar morfina en 1898; Nikos Poulantzas, quien en 1979 se arrojó del vigésimo segundo piso de la Torre Montparnasse de París abrazado a sus queridos libros; o, ya por terminar, Kostas Karyotakis, quien después de lanzarse al mar es devuelto, a pesar de su empeño, por la marea a la orilla sano y salvo, y que antes de pegarse un tiro en el corazón dejó escrito: "aconsejo a cuantos sepan nadar no intenten jamás suicidarse tirándose al mar".
Y por supuesto los más famosos, como Jack London, Primo Levi, John Kennedy Toole, Ernest Hemingway, Guy de Maupassant, Cesare Pavese, Yukio Mishima (y su espectacular seppuku), Horacio Quiroga... Y Larra, claro, y Larra. Y Leopoldo Lugones, a quien el hijoputa del droguero (nunca mejor dicho) le vendió una dosis de matarratas menor de la prevista y le hizo pasar una terrible y lenta agonía.
Evidentemente, el tema da para tan largo que no me voy a extender aquí, pues el motivo de este post es otro. Pero eso sí, antes debo recomendar la lectura de tres libros que son casi impepinables para ahondar en este tema: Mi suicidio, de Henri Roorda, o cómo narrar tu propio final con un libro que, al fin y al cabo, no deja de ser un canto a la vida, pero a la verdadera, la que es tan difícil de hallar que aboca al escritor a terminarla por sí mismo; Amarillo, de Félix Romeo, uno de esos libros que más allá del sentido literario intenta explicar lo inexplicable cuando un buen amigo, que quiso ser escritor, y lo fue, pero desde la más honda frustración, decide tirarse por la ventana; y El dios salvaje de Al Alvarez, coprotagonista también muy a su pesar de este post, que dejó un tremendo ensayo sobre el gran misterio del suicidio.
¿Y por qué digo que Al Álvarez es protagonista, muy a su pesar, de este post? Pues por ser amigo de una de las protagonistas más destacadas de la mística del suicidio en la literatura femenina del último siglo, la bostoniana Sylvia Plath, no sólo por su modo de abandonar este mundo, sino porque desató una "fiebra suicida" a su alrededor que se llevó por delante a la amante de su marido (Asia Wevill, quien a su vez se llevó por delante a la hija de ambos) y, como saltó hace poco a las rotativas, a su hijo, Nicholas Hughes, científico atormentado y alfarero (en sus últimos días) aficionado, que ha terminado sus días, como suele decirse de "eufemístico" modo, de forma trágica.
Y es que la Plath es quizá la más destacada de la lista de literatas suicidas que curiosamente ha dado el siglo XX, junto a Marina Tsvetáieva, Virginia Woolf, Alejandra Pizarnik o Alfonsina Storni. ¿Y cuál es el motivo de estas muertes? Preguntárselo es lo mismo que preguntarse por el motivo de cualquier suicidio. Hay mucha literatura sobre ello, sobre las causas que llevan a una persona a decidir abandonar el mundo por sí misma, pero es especialmente relevante que sean los artistas, y más en concreto los escritores, los más suicidas dentro de los suicidas, y que coincidan muchas muertes de destacadas literatas fallecidas por el mismo motivo (y con cierta obsesión con el ahogamiento o la inhalación de gas). ¿Qué causa está detrás de ello?, ¿la frustración de la escritora en un mundo machista, la imposibilidad de ver reconocido su trabajo, el impulso precoz de acabar con una vida lejos de este mundo desde la propia adolescencia, o el mero hecho de no ser capaz de soportar los avatares propios de la existencia misma humana? Por supuesto, por mucho que conjeturemos nunca llegaremos a una conclusión firme, pero el suicidio es tan descorcentante como apasionante su estudio, y no os extrañe que vuelva a aparecer (y pronto) de nuevo en este vuestro blog, sobre todo porque por fin voy a hablar de Ian Curtis, a propósito del estreno más que tardío de Control. Sí, lo reconozco, el suicidio es erótico, y más si es tan "ilustrado" como en estos casos.
Un breve apunte más: Nicholas Hughes era hijo de suicida, e hijastro de suicida. Con su propio suicidio ha completado una espiral nefasta. Quizá, o mejor dicho seguramente, heredó la angustia vital de su madre (ambos en la foto de arriba), o no pudo soportar el reconocimiento oficial que a su padre le hicieran en 1984 de "poeta oficial de la reina" (creo que es algo por lo que objetivamente puedes desear el suicidio) o, como cuentan las necrológicas, su especialidad en algo tan "exótico" como las ciencias oceánicas no satisficiera su impulso vital. El caso es que algo se gestó alrededor de la Plath que arrastró a todos a esa visión amarga de la vida. O quizá simplemente todo sea una irónica casualidad del destino, pero, a estas alturas... ¿quién cree en las casualidades?



1 comentario
Yo tengo una pequeña teoría, no se basa en nada. Sólo en sensaciones. Pero creo que la literatura y el arte necesitan de una sensibilidad especial, y esa sensibilidad a veces, inhabilita a una persona a vivir la vida. Y no hablo de enfermedades mentales que son tan habituales en los genios, sino de que todo te afecte en extremo.
Un saludo
19 abr 2009 | 06:29 PM
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