Fiesta de cumpleaños
Hacía ya demasiado tiempo que no festejaba un cumpleaños en casa, con los viejos y los nuevos amigos. Ya ni recordaba que celebrar un cumpleaños es jugar a ser aristócrata o diplomático por un día, a ser buen anfitrión y solícito con tus invitados. Incluso debo confesar que me encontraba bastante nervioso cuando ya quedaba poco para que la gente comenzara a llegar. Pero fue una buena velada, en la que hubo todo lo que debe haber en una reunión de estas características: mucho echar de menos a gente que ya no está, y a gente que no pudo venir; mucho acordarse de otras fiestas de antaño; abrazar a los buenos amigos de ahora; acoger a los "aledaños" propios de toda fiesta de cumpleaños que se precie; y aguantar estoicamente el sueño cuando las horas empiezan a acercarse peligrosamente al amanecer (frontera simbólica que todo buen noctámbulo sabe que no puede rebasar, por esa connotación antivampírica que tiene la alborada).
El anecdotario de las celebraciones de cumpleaños es siempre nutridísimo, y ese incomparable repaso al día siguiente de "las mejores jugadas" siempre resulta delicioso. Y termina uno por darse cuenta de una verdad irrefutable: que el anfitrión siempre suele comer poco y beber mucho, por lo que a la mañana siguiente, una vez levantado de la cama y comprobada la calma después de la tempestad (y el intenso olor a esa mezcla de humo, alcohol y gentío), se suele echar mano del clásico arsenal postcelebraticio. Ya se sabe: lo único malo del alcohol es la resaca.
Pero hubo algo más, algo que distinguió éste de otros cumpleaños, además de la distancia en el tiempo. De repente me vi desdoblado, como si una parte de mí se dedicara a atender a los invitados y otra se alejara de la escena para pintar un perfil de cada uno de los asistentes. Había reunidos representantes del mundo editorial y de la archivística (incluido un director de una importante institución pública); actores de éxito, actual y pasado (con alguna nominación al Goya); la mano derecha de uno de los directores de casting más importantes del momento; una investigadora de la España del XVIII; un experto en imprenta; una ex directora de escuela; una experta bailarina y chófer de personalidades de la Administración; un artista conceptual; una ex modelo; una poeta (la mejor pluma española de la actualidad, si consigue publicar) y un aprendiz de todo (ese era yo). Y me faltó una directora de academia de música; tres profesores de español, uno en la universidad de aquí y dos fuera de España, en Estados Unidos y Japón; una maga; dos representantes de la industria farmacéutica; un jefe de informática de un prestigioso grupo editorial; y un asesor jurídico de un importante colegio de ingenieros, entre otros...
En definitiva, observaba cómo habían evolucionado mis amigos, cuáles habían sido sus éxitos profesionales, y sonreía complacido por el buen puñado de excelentes profesionales y mejores personas (dicho sin rintintín) que me rodeaba, y respiré tranquilo y feliz. Realmente mereció la pena compartir con ellos una fecha tan señalada.
Aún queda esperanza en el mundo que nos ha tocado vivir.

3 comentarios
Dicen que la esperanza es el sueño del hombre despierto y que por eso nunca se pierde...
Me hubiera gustado poder estar allí pero no hubo manera, habrá que esperar al siguiente.
Un abrazo (o muchos)
Salud
21 abr 2009 | 04:05 PM
Ni fotos ni nada... vaya fiesta.
A la del mes que viene seguro que voy. Apúntame.
23 abr 2009 | 04:45 PM
Pues felicidades varias, Polidori. Qué gran suerte has tenido con ese desdoblamiento... tan bello... que tanto llena... Enhorabuena.
24 abr 2009 | 09:32 AM
Escribe un comentario