La Coctelera

Las manos en los bolsillos

Ya no remaremos juntos en el lago

No he podido evitarlo... Fue entrar en La Casa del Libro y le vi allí, como si me estuviera esperando. Nada menos que El vampiro del bueno de Polidori en la editorial La Otra Orilla. O séase, ineludible.

Desde hace ya meses y meses guardaba una entrada en borradores que pretendía ser uno de esos “monográficos” propios de este blog. Iba a hablar de aquel verano de 1816, cuando un inusual torrencial verano (como si el tiempo se hubiese puesto de acuerdo para ello; y quizá así fuera) hizo que en la famosa ya desde aquella época Villa Diodati, a orillas del lago con tan literario nombre de Ginebra, se diesen cita al menos, y por distinto motivo, cuatro de los grandes nombres del romanticismo inglés, Mary Wollstonecraft Godwin, Percy Bysshe Shelley, lord Byron y el propio Polidori. Y ahora, al fin, con el libro en la mano, retomo esta historia

Sin embargo, no voy a extenderme demasiado. El hecho es ya demasiado conocido y ha hecho correr ríos y ríos de tinta. Más me quedo con una sensación. Es legendaria la altivez de Byron, y se le supone a Shelley la egolatría propia de los grandes divos del Romanticismo, pero... ¿fueron de algún modo conscientes de la importancia que tuvo para la historia de la literatura aquellos días de verano tormentosos? Las conversaciones entre dos buenos amigos de Boscán y Garcilaso; la tormentosa relación entre Verlaine y Rimbaud; las tardes de tertulia entre Borges y Bioy Casares; o por qué no, los paseos castellanos y carpetovetónicos de Panero y Rosales, por poner algunos ejemplos, ese trato íntimo y personal entre celebridades... ¿se huele a futurible, se siente reseñable en los libros, o simplemente deban a su pretendida intrascendencia la huella que dejaron en las generaciones futuras? De hecho, la Villa Diodati era mítica para Byron y compañía por haber sido lugar de reunión de Milton, Rousseau y Voltaire. Esas paredes parecían destilar inspiración, pero ¿pudieron haberse sentido parte de la historia mientras jugaban a contarse historias de miedo entre relámpagos y truenos?

Mary contaba con tan sólo diecinueve años en el "verano sin verano" de 1816, cuando gran parte de Europa y Norteamérica sufrieron un extraño empeoramiento del tiempo que trajo el invierno al estío. Polidori, joven doctor también de tan sólo veinte años; Byron (también joven, de tan sólo veintiocho) y Shelley de veinticuatro se reunían cada noche junto a la hermanastra de Mary, Claire Clairmont en el gran salón de la mansión... ¿No eran simplemente unos puñeteros críos, malcriados y snobs, que gastaban sus reales como se los gastan los pijos de hoy día en Aspen o los Alpes suizos? ¿Puede alguien con esa edad sentirse (como aseguraba Byron) tan engreídamente importante? Por lo que sabemos sí; se sentían importantes, pero podría pensarse que precisamente se convirtieron en leyenda por ser tan rematadamente jóvenes. Yo puedo asegurar que cuando estaba iniciando la carrera me sentía el ombligo del mundo, y jamás he vuelto a componer versos como lo hice en aquella época. Ahora me temo que no es precisamente a esa parte de la anatomía humana a la que me siento unido...

De aquel gélido verano nacieron dos de las piezas fundamentales de la novela de terror: el primer vampiro aristócrata y el monstruo por antonomasia de las historias de miedo. Lord Ruthven y Frankenstein, el germen de Lestar y Drácula y el pavor de la carne revivida más famoso de la historia. ¿Os imagináis colaros en ese salón donde tales piezas se reunían a beber láudano (según la wikipedia, opio y otros narcóticos diluidos en vino blanco con azafrán, canela y clavo) y contar historias de miedo? La leyenda habla de una horrible pesadilla de Mary, y de un relato inconcluso de Byron que aprovechó Polidori para crear a su chupasangres. Qué más da. Ahora que sería un viejo para estos jóvenes literatos (en toda la honda y ancestral extensión de esa palabra) brindo por esas copas llenas y esos efluvios que inspiraron historias que siguen asombrando al mundo.

Y hasta aquí puedo leer.

2 comentarios

  1. Nihil, en latín.

Escribe un comentario