Hacerse valer
Todos los lunes comparto cancha de juego con mi querida cuadrilla de machos alfa, de los cuales el otro día descubrí que, en este momento, soy de los más jóvenes (lo que da una idea de la edad que nos gastamos). Durante dos horas puedo verme inmerso en una metáfora vital de cómo funciona el mundo y, lo que es más importante para mí, cómo me enfrento yo a él.

La cosa es sencilla: hay que saber hacerse un hueco, y para ello los modos de conseguirlo varían diametralmente entre uno y otro espécimen de esta entrañable jauría. Los que suelen destacar por su calidad y técnica pasan por la zona como si flotaran, realizando limpios saltos sin ningún contacto físico y consiguen una canasta tras otra de manera mecánica pero muy eficiente; por supuesto, suelen ser imparables. Otros, los que más ruido suelen hacer, al margen de la efectividad de sus entradas, comunican todas sus acciones con grandes aspavientos, protestando contra todo y cometiendo faltas que si bien serían admisibles en un circuito profesional, están completamente fuera de lugar en una competición entre amigos (ejemplo, caer a plomo sobre un defensor cuando tiene un rebote claro, algo que puede hacer mucho daño [inciso necesario: estamos hablando de adultos masculinos que sobrepasan con facilidad los cien kilos]). Otros pululan por la zona con sigilo, intentando aprovechar un descuido para colarse hasta la canasta y conseguir una que no haga mucho ruido, y ahorrarse así un golpe innecesario. También hay otros que toman la distancia adecuada para hacer entradas de más largo recorrido, conscientes de que su mejor baza es la de entrar con suficiente antelación, con un par de buenas zancadas. Hay otros que toman distancia y nunca se meten en líos (es decir, en la zona), sino que se dedican a recorrer la bombilla de un lado a otro levantándose sólo cuando tienen un tiro franco. Y otros a los que ni siquiera esa distancia les satisface, y no suelen jamás sobrepasar la línea de 6,25 (y ni siquiera ensayan el triple, sino que pululan por ahí, por lo que pueda pasar). No faltan los que, incomprensiblemente, en un momento dado abandonan el barco farfullando improperios, de tal modo que pueda parecer que es imposible continuar jugando con ese panorama (y, como en el cuento del lobo, el resto de sus compañeros desdeñan ya las caras de asombro y sólo esgrimen un ligero encogimiento de hombros, ignorando la obvia falta de sensibilidad, y continúan como si tal cosa). Y, al fin, están las "estrellas", que se han confundido de liga y juegan al basket como si estuvieran corriendo en una cinta en frente de un espejo, con posturas irrisorias de lo forzadas que son (es decir, la actitud de un "jugón" sin serlo).
¿Y yo? Soy sorprendentemente competitivo, pero las cosas que se me mueven por dentro en un partido de basket tienen mucho que ver con lo que siento generalmente en mi día a día: soy mejor de lo que me creo, pero sé que no soy suficientemente bueno como para sentirme satisfecho. Así, camino entre la desesperación y la aflicción, tanto como por el gusto del deber cumplido (por ejemplo, con un triple decisivo) e incluso la euforia, aunque me machaco demasiado por ser útil al equipo (lo cual es perfectamente inútil, pero no se puede evitar sentirlo). En resumidas cuentas, soy capaz de lo mejor y de lo peor, a veces (las más) mediocre, pero tengo mis momentos, y soy bastante perseverante, aunque en no pocas ocasiones me puede la desesperación. Exactamente igual que en la vida misma.
Esto puedo verlo de mí mismo en el laboro, donde no sé contonearme, ni pavonearme, y estoy siempre demasiado dispuesto a ayudar a quien me lo pida. Me desespero conmigo mismo cuando soy consciente de que no he hecho las cosas bien, y las críticas directas (sobre todo de mis superiores) suelen hundirme en la desdicha y la melancolía. Nada nuevo bajo el Sol, lo propio de un inseguro, al que al menos le queda el consuelo de sentirse querido las más de las veces, y profesional, buen profesional, siempre que es necesario, signifique eso lo que signifique.
Al igual que al final de un partido, donde la cerveza cumple su labor socializante, cuando la ficha pasa por la máquina y suena un ligero pitido, el mundo se abre ante mí. Entonces atrás quedan muchas cosas, y con una jarra generosa y relajante, o con un tirón del puño de gas de la moto, ya no existen rivalidades ni malos modos, no existe la competencia ni la necesidad de ser productivo. Porque el trabajo es como una cancha de juego, como la cancha de juego de la vida misma: siempre tan puta por estar tan dispuesta.

bebe dijo
En los trabajos, en la vida y en muchas situaciones los que se "pavonean" (como bien dices) son los más vistos y con mayor reconocimiento, lo cual no significa que sean los mejores. Si lo deseas puedes unirte a ese grupo, pero ¿te lo permitirá tu conciencia?. Muchas veces es mejor pasar inadvertido pero con la sensación del trabajo bien hecho que saberte reconocido por "pavonearte" con el esfuerzo de otros. Hacer muchos puntos en un partido es bueno, pero no siempre el mejor del partido es quien más canastas encesta.
20 Junio 2009 | 11:41 PM