La Coctelera

Las manos en los bolsillos

Tito Andrónico en Mérida: dos mil años nos contemplan

Hay muchos sueños ciertamente difíciles de cumplir, y sin embargo hay otros no tan imposibles pero que, a fuerza de imprevistos y complicaciones, se vuelven arduos. Uno de ellos, y muy preciado, era asistir a una representación en el teatro romano de Mérida, y este sábado vi cumplido mi sueño. Y además un plus: vi a una buena y vieja amiga sobre el escenario. Pero vamos por partes.

Como cabría esperar, la cosa no quedó ahí, pues Polidori no podía simplemente sentarse en el teatro, en los asientos de piedra, y dejarse llevar por el espectáculo. Desde el primer momento en el que decidimos, de manera completamente improvisada (realmente fue a la voz de "a que no hay") hacer el viaje a Mérida, sabía que no podría quitarme una idea de la cabeza: iba a sentar mis posaderas en el mismo lugar en el que, hace casi veinte siglos, hasta cinco mil personas se reunían para ver espectáculos dramáticos. El teatro de Mérida tiene algo mágico, y aunque sé que no es el único de estas características en la península, ni en la cuenca mediterránea, que sea uno de los pocos que se mantiene “en activo” le confiere una pátina especial, muy especial.

Así que, bien entrada la noche, las luces se apagaron y los miembros de Animalario comenzaron a llenar el proscenio en una puesta en escena espectacular por su sencillez. Una plataforma giratoria, que abría como si fueran las fauces de una fiera su parte central cada vez que se cometía algún asesinato, confería a la acción de una dimensión ciertamente inquietante, lo que venía acompañado de una composición gestual trepidante e intensa, tan propia de esta agrupación (y lo sé por referencias, y ya lo siento, pues nunca había asistido a uno de sus espectáculos, pero lo que vi el sábado me sirvió para hacerme una idea muy clara de ello). El juego lumínico, los escasos pero acertados efectos sonoros y, sobre todo, la música en directo de una trompeta y un chelo, que se adaptaban con maestría a todo tipo de situaciones, servían de excelente acompañamiento a una solvente adaptación del texto de Shakespeare. En definitiva, un hermoso y pasmoso espectáculo que, como bien supimos, había sido recortado en el tiempo, pues a nuestros ojos postmodernos, acostumbrados a los tempos cinematográficos, cuatro horas de dramón son demasiadas, y más teniendo en cuenta que Tito Andrónico es uno de los dramas de juventud del británico, y no es tan redondo en su trama como otros más conocidos y admirados por el gran público.

No me voy a extender más en el análisis de la obra, pues ni soy crítico teatral ni maldita la gana que tengo de serlo, pero sí puedo atestiguar un par de temas que, me temo, suelen pasar desapercibidos por mor de que a los actores, cuanto más famosos sean, más suelen ser tapados sus defectos. Alberto San Juan, por ejemplo, a pesar de que por momentos estuvo brillante, mantuvo un tono en su actuación del anciano general a veces irrisorio, y cuanto menos fuera de lugar, hasta el punto de que hacía ralentizar la actuación del resto de compañeros (amén de algunos problemas con el micro ciertamente desagradables); ni siquiera vi en su famoso desnudo integral nada pasmoso, por mucho que le alabe el atrevimiento, pero resultaba confuso, cuando no, insisto, irrisorio, su afán por alargar el timbre, más pareciendo un borracho que un anciano. Pero no os preocupéis: gente que sabe mucho de teatro lo alabarán sin pudor. Igual que harán con el trabajo de Nathalie Poza, a la que jamás perdonaremos que desaprovechara un personaje como ese para no comerse al público, compañeros y escenario cada vez que abría la boca, y sin embargo parecía más bien una madre blanda y compasiva (salvo en la intensa escena con Lavinia, donde sí estuvo a la altura); unamos, además, su pocas tablas (nunca mejor dicho) en cuanto a dicción teatral se habla, pues la mitad del público no se enteró ni de la mitad de lo que decía, con lo que la cosa quedaba desdibujada, muy desdibujada. Enric Benavent, Fernando Cayo y Javier Gutiérrez estuvieron muy solventes, dignos y por momentos brillantes, y en general el resto de la compañía estuvo muy bien. Y capítulo aparte, por ser mi amiga y por estar cada vez más grande, es el de Elisabeth Gelabert, mi querida Eli, a la que el papel le quedaba ciertamente pequeño, y que hizo un trabajo inmenso, y feo está que yo lo diga; su Lavinia fue espectacular, y si tenéis oportunidad no dejéis de ver la obra en Almagro o en el Matadero de Madrid, porque no os arrepentiréis.

Lo cierto es que el sueño se cumplió. Aquí queda este vídeo de algo irrepetible y muy emocionante. No me quiero ni imaginar lo que tiene que suponer para un actor salir a ese lugar, y sentir la energía que desprenden sus piedras.

Lo dicho, una noche mágica e irrepetible.

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