Theroux y la acritud
Hace un año escribí este post sobre los viajes digitales, y la cosa no ha cambiado mucho desde entonces, cuando no se ha dado una vuelta de tuerca más. Este año la moda es Oriente, ya sea Japón o China (porque está baratísimo, dicen, aunque yo no lo veo). Yo, como de costumbre, no puedo pasar de los Pirineos. Pero la culpa es mía, por "manirroto habitual", según algunos; yo sólo lo llamo vivir, pero bueno, "try walking in my shoes".
Al hilo, pues, de lo que decía el año pasado, ya advertí que la envidia por el mero hecho de viajar, aunque sean viajes "de placer", no despista mi interés por viajar como se viajaba antes, a la antigua usanza. Y ocurre que a la postre no sé si quiera si esos viajes me llenarían. La Tierra, sin conocerla, se me ha quedado pequeña, básicamente porque no soy capaz (por muchas razones, pero sobre todo por bemoles y posibilidad de dejar todo atrás) de viajar como lo ha hecho, por ejemplo, Paul Theroux toda la vida, el gran gurú de esto del viaje iniciático: en tren, y sin prisas, saliendo de Londres para llegar a Tokyo a base de vagones de ferrocarril y (supongo, claro) algún que otro barco. Es famoso su libro El gran bazar del ferrocarril, donde describe uno de esos periplos (el primero, porque, que yo sepa, ha hecho al menos dos completos). Esa forma de viaje, respetando casi todo el resto de formas de viajar, es la que más me atrae, pero ni siquiera he sido capaz de hacer el camino introspectivo hispano por antonomasia, el de Santiago, como para poder soñar con una aventura semejante. Pero esas cosas ya no se hacen. No está de moda, simplemente, y los que lo hacen son locos, o quieren llegar a serlo.
Toda esta historia surgió en mi cabeza a raíz de ver esta magnífica foto de Daniel Mordzinski, publicada en El País hace ya un tiempo.

Nada más verla me quedé fascinado. No sé muy bien por qué (aunque creo que sí atisbo con certeza la razón, pero ahora no viene al caso), pero de un tiempo a esta parte siento cada vez más empatía por esos personajes huraños y refunfuñadores que la magnífica Gran Torino ha sabido tan bien retratar (con el jodío de Eastwood reservándose él mismo ese personaje para él, en la que dicen será su última interpretación; hasta los que saben envejecer tan bien como él se agostan). Ahora (aún no la he visto, pero me temo que por ahí irán los tiros) está también en cartel Up, donde el personaje principal es un "vivo" retrato del enorme cascarrabias que era Spencer Tracy. En definitiva todo es lo mismo.
La foto tiene ya unos años, como se puede comprobar en el viejo portátil, pero todo en ella es magnífico: la soledad del tren que sólo conocen los que hacen muchos viajes de ese tipo; la actitud de la niña, ensimismada leyendo un libro infantil (desconozco si tiene algún parentesco con él); y el gesto del bueno de Theroux, supongo, por lo que puede verse, harto de esa máquina del demonio...
Absolutamente maravillosa.



Escribe un comentario