Rotondas, fuentes y causas perdidas
Las sensibilidades son difíciles de medir. Se puede ser sensible a una catástrofe natural, a la muerte de un personaje público (suicidios incluidos, como los que ocasionó la desaparición de Jacko), a una separación o, por qué no, a un cambio en la estructura de tu ciudad. Si confiesas que te pasa algo con esto último serás tachado rápidamente de tarado, de raro o de cualquier cosa que se le pueda ocurrir a una mente equilibrada y cabal. Pero el caso es que hay algunos a los que estas cosas nos trastornan emocionalmente por la sencilla razón de que algo a lo que estamos acostumbrados, o que pertenece al paisaje urbano de nuestra ciudad, desaparece o muda su aspecto sin ninguna explicación, y normalmente de forma estentórea, con nocturnidad y alevosía. Hay muchos ejemplos, algunos triviales (como que cierren el cine donde ibas de pequeño, o aquella tienda de toda la vida, pero esas no dejan de ser circunstancias de la vida), pero hay otras ocasiones intrínsacemente perversas;
recuerdo, por ejemplo, la visión de la Puerta de Alcalá desde Cibeles, rota por mor de la construcción de ese engendro llamado Torre de Valencia, que jodió por completo una de las estampas más típicas de la ciudad; o ese desaguisado que pretende hacer (el demiurgo quiera que no) el arzobispado con la cornisa de Las Vistillas de Madrid. Sin embargo, ¿quién puede apenarse por la desaparición de una farola? Pues sí señores, el bueno de Polidori. Aunque, seamos francos, no era una farola cualquiera.
Madrid es una ciudad especial, como otras muchas. Y como toda ciudad especial, tiene sus particularidades que la hacen diferente al resto. Y una de ellas era, hasta hace bien poco, tener una de las rotondas más mancilladas del universo, la cual podía ser cogida por uno u otro lado sin cometer ningún atropello al código de circulación. Es más, los policías te animaban a ello, lo que era, sí, una chorrada, pero una chorrada muy castiza. De utilidad discutible, y no sin cierto anacronismo, no cabe duda, pero era una particularidad cachonda y entrañable. Arriba la podéis ver en una foto de hace unos añitos rescatada de flicr y hecha por CanadaGood.También la podéis ver abajo en una foto de Lau & Carretero bastante más actual y de mejor calidad, en donde puede apreciarse el peculiar modo de abordarla de los vehículos, guarda urbano incluido.

Curiosamente hace poco un colaborador de Madrid me mata la mencionó como algo peculiar de la ciudad, y por eso destacable. Pues bien, de la noche a la mañana la farola y su rotonda han desaparecido. En su lugar hay una fea isleta rodeada, de forma ridícula e innecesaria, de señales de rotonda. Parece que al consistorio no le ha gustado que los conductores madrileños seamos unos díscolos y ha decidido tomar cartas en el asunto, obligando a ser buenos y a tomar la rotonda como dios (supongo que el suyo) manda.
Sé que es una chorrada, pero estas cosas me producen desasosiego. Si me dieran diez euros por cada vez que he tomado esa curva me podría haber ido de viaje a Japón, y qué queréis que os diga, me entra la morriña por mi farola de siempre. Qué le vamos a hacer.
Hay cosas mucho más graves, como el empecinamiento del nuestro querido ayuntamiento por construir plazas "duras", sin tierra, ni árboles ni fuentes. Algo parecido a lo que pasa en Barcelona. Hemos pasado del "carcúndico" Álvarez del Manzano y su obsesión por las fuentes a este Gallardón ultramoderno (en apariencia) y su devoción por las maquetas de sus proyectictas, donde todo se ve muy bonito, con su marmolito, su cemento y su canesú, pero que sólo consigue dejarnos unas calles frías y sin alma en las que, cómo no, lo único que puede hacer la gente es atravesarlas para meterse en cualquiera de las opciones comerciales de alrededor. Al fin y al cabo, de eso se trata: si los grandes almacenes y supermercados estudian al milímetro el modo de hacer que la gente compre lo más compulsivamente posible, los alcaldes, liberales o no, que dependen de los grandes comercios para sus megalomanías es lógico que fabriquen calles sólo aptas para la venta que engorde las arcas del ayuntamiento a base de concesiones e impuestos que una ciudad ideada para el disfrute de los ciudadanos de a pie. La última víctima: la fuente de la plaza de Callao. A tomar por saco, fuera sin contemplaciones ni explicaciones. Y si a alguien le gustaba, que le den. Así somos nosotros.
No es demagogia ni ganas de fastidiar, es mi eterna queja y lucha: los alcaldes de turno tienen siempre la osadía de cambiar el aspecto de las ciudades como les viene en gana, con la única intención de hacerse notar. Y con la idea de convertir a las ciudades (sobre todo su centro histórico) en parques temáticos aparentemente remozados por la misma empresa, pues todos se parecen con inusitada tozudez. La forma de entender la vida de una ciudad se está perdiendo, y a algunos nos duele la boca de decirlo. Así que seguimos predicando en el desierto de asfalto, esperando en vano que nos aplaudan las farolas que desaparecen.



2 comentarios
Querido Polidori, no tienes palabra, tres entradas desde que te despediste hasta el 9 de agosto... ¡Menos mal que no tienes palabra!
Ya hablaremos pero se echan de menos unas cervezas.
Salud
7 ago 2009 | 02:48 PM
Querido K: el día que leas más despacio lo vamos a flipar... Dije que hasta el 8 o 9 de agosto iba a estar por aquí. Lee, lee. Mañana sí que me voy. Abrazos
8 ago 2009 | 11:18 PM
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