Acampadas
Este fin de semana mi querido Torombolo me lio para hacer algo muy especial, o no, según se mire, pero algo que sí tenía algo (mucho) de emocionante: llevar a su hijo y a mi sobrino a hacer su primera acampada, y creedme, ha sido toda una experiencia. Motivos no faltan, aunque la realidad, siempre tan puta, supere a las expectativas creadas en un primer momento en tres notas evidentes, y que sirven de resumen para explicar lo vivido: que (y que me perdonen los padres, pero lo que me van a decir ya lo sé) tratar con niños es muy cansado; que dormir en una tienda de campaña, y usando sólo un aislante como colchón, es para gente más joven; y que un camping, como concepto y como realidad antropológica, es surrealistamente grotesco.
En cuanto a los niños, qué decir. A veces entran ganas de...; bueno, no sabría qué decir que no pareciera digno de denuncia por mentes más sensibles y modernas que las mías (ya se sabe, las que siguen el método Waldorf); pero eso sí, una cosa es cierta: te desarman. Son más las ocasiones en las que te dejan tan perplejo que sólo aciertas a mirarles y sonreír que las que quisieras hacer lo antes mencionado. Ya sé que no he descubierto nada nuevo, pero oír cómo mi sobrino se ríe con las tripas, hasta (literalmente) retorcerse de risa vale más que todas las incomodidades y problemas del mundo. Suena trillado, muy visto, pero qué coño, es la verdad.
En cuanto a las tiendas de campaña, bueno, qué decir también. No es que haya sido asiduo de las acampadas, pero me recuerdo durmiendo bien en cualquier sitio, incluso en el suelo, pero esa nochecita fue un desastre. Quizá fuera porque estaba más pendiente de que mi sobri durmiera bien que de mí mismo, y los ruidos de la civilización no me dejaban dormir, o incluso el frío que se colaba fuera del saco. No lo sé, pero no quiero pensar que eso tenga también que ver con los años que atesoro, porque me jodería. Y si lo pienso bien me jode sólo de pensarlo, pero más vale que me acostumbre: ya no tengo edad para ciertas cosas.
Y ahí entronco en el camping en sí. Tengo recuerdos vagos de haber estado en algún otro, pero lo del camping de El Escorial es para flipar. Seré un sibarita, un snob o lo que queráis, pero aquello que vieron mis ojos no es precisamente vivir en la naturaleza, ni podía ser (como pretendían todos los que tenían anclada una casa prefabricada allí) un bello lugar de esparcimiento. A mí más bien me pareció un campo de refugiados, pero sé que no estoy siendo justo. Algunas familias con un presupuesto muy justo deben amoldarse a las circunstancias para poder llevar a sus hijos de vacaciones, y no se lo reprocho, pero esa aureola de dominguerismo que se esparcía por doquier era realmente grotesca (y sin hablar del botellón nocturno, pues eso es harina de otro costal, aunque comprensible entre adolescentes; todos hemos hecho cosas parecidas). Y me callo, ya, porque si no me van a poner verde, y quizá esta vez sí que me lo merezca.
Lo único que sé es que el objetivo se cumplió: que mi sobri y el hijo de mi amigo recuerden en el futuro que su primera acampada, su primera noche en una tienda de campaña fue con nosotros. Y todo lo demás no tiene la menor importancia.

3 comentarios
Me recomendaron este blog hace algún tiempo y lo sigo desde entonces, si no te importa me gustaria poner un enlace desde mi pagina http://casilunaticos.blogspot.com/
Un saludo y gracias.
J.Y.
1 oct 2009 | 03:44
Hola Jeremías. Será un placer que me enlaces. Ya sólo me queda saber quién te ha recomendado... :-)
Muchas gracias por pasarte por aquí. Prometo echar un vistazo a tu blog.
Saludos
1 oct 2009 | 07:26
Hola, Polidori
Joder, ¡qué viejos nos hacemos! Antes hablábamos de las acampadas en primera persona, bueno ahora también, pero antes éramos nosotros los protagonistas y ahora vamos con sobrinos y hasta con hijos... ¡La virgen! (si quedase alguna).
Pues nada, a llevarlo con alegría que son cuatro días y los enanos nos acabarán recordando lo que fuimos.
Salud
1 oct 2009 | 09:37
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