La Coctelera

Las manos en los bolsillos

Átomos

Qué manido me resulta esto, pero qué cierto es. A poco que escudriñes el firmamento sientes que no hay tutía, que somos tan poco que más vale pensar que somos nada. Ningún hombre, ningún sueño humano puede alcanzar la estela de las estrellas, y ningún dios puede tener tan pésimo sentido del humor como para crear a sus criaturas "a su imagen y semejanza" y hacerlas tan nimias, prescindibles y minúsculas como nosotros. Ni toda la historia, los hitos del pensamiento y la ciencia pueden con la magnitud de ese vasto universo en el que nos hallamos y que tan inasible es, aunque sea desde el más potente de los telescopios.

Entonces, ¿por qué todo, por qué cualquier cosa? Todo es vanidad, vanidad de vanidades. Los ascetas, los eremitas, los sabios de antaño lo sabían, pero nosotros seguimos empeñados en las guerras de todos los días, en sufrir por lo inevitable, por el paso del tiempo y el peso de las desgracias. Y cómo no, incluso por la momentánea luz de la más pura y limpia alegría.

No, no me he vuelto loco, aún no; es que he leído y visto hoy este enlace de Microsiervos y me ha vuelto a dar pon pensar en todo esto.

Pero no os preocupéis: enseguida me he vuelto a rebozar de realidad y me he quedado de lo más a gusto.

¡Menos mal!

2 comentarios

  1. ay... me he mareado...

  2. innes

    ¡Y yo! ¿Alguien necesitaba esto para saber la insignificante insignificancia de nuestro insignificante cuerpecillo?

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