La Coctelera

Las manos en los bolsillos

Soy un exiliado

Soy un exiliado.

Mudé las idas y venidas por las calles del centro por largos y melancólicos paseos por un barrio histórico y triste, Carabanchel. Aún no me hago a la idea de ser vecino de éste, el barrio de la cárcel, la pradera de San Isidro y las viejas sacramentales decimonónicas. Un "mal barrio" en los ochenta que se ha tornado residencial y aburrido, al menos en la zona que rodea al metro de Oporto. Un barrio que huele, sabe, hiede a pueblo, donde las calles están la mayor parte del tiempo vacías, salvo algunos reductos alrededor de la confluencia entre General Ricardos y Oca. Sé que más allá está Vista Alegre, donde hay más vida, pero acá el tiempo transcurre despacio entre calles desiertas, bares errumbrosos y gente mal encarada. Puede que a alguno no le guste oír esto, pero es la triste realidad.

Solemos escaparnos siempre que podemos a nuestro fuedo, nuestra "casa", el entorno a Callao, para comprobar que lo han conseguido, han conseguido que todo se haya convertido en un parque temático donde gente tristemente alegre o alegremente triste tome, inunde, asfixie los rincones de un barrio que quiere seguir siéndolo y al que no le dejan subsistir con buenismos y veleidades turísticas. Y, como ocurriera al Fleischman de la quinta temporada de Doctor en Alaska (bendita sea la hora en que la reeditaron en dvd), estoy perdiendo el toque, hasta el punto de que el otro día me robaron en mis narices mi cámara de fotos de bolsillo en el metro, de regreso a casa. Sólo me falta comer en el Corte Inglés.

Sí, si bien también es cierto que ahora disfruto de las bondades de la vida moderna, ordenada y condenadamente burguesa, y si he dado ese drástico cambio de timón ha sido en aras de la más estricta comodidad: calefacción, ascensor (atrás quedó el cuarto sin él), habitaciones, garaje, piscina, gimnasio, gran cocina, acogedor salón, dos cuartos de baño y puertas, muchas puertas, una goleada de puertas, un siete a uno por toda la escuadra. Toda una buena colección para poder dar portazos o hacer de estancas esclusas en las que aislar distintas vidas dentro de nuestra vida. Y un ventanal donde Pitu puede pasar horas sentada al sol. Sí, todo eso lo sé, lo comprendo, lo valoro, lo admito y lo disfruto, pero echo de menos mis calles, mi ventana y el caos, el bendito caos de todos los días.

No, no pretendo dar un paso adelante hacia la fama, quiero seguir siendo cronopio hasta el fin de mis días, pero no por ello me quejo amargamente de que me esté haciendo fuerte en mi castillo, custodiando cada uno de los días con cocinerías, teles nuevas, ascensor, horno familiar, estores a juego y aislamiento de vecinos. Atrás quedaron las huidas a desoras al chino de la esquina, a comprar empanadas argentinas en aquella otra esquina, la caña en los Hermanos Campa, en el Pez Gordo, el saludo a la farmacéutica, al chino antipático, al casero de la moto, a los vecinos de enfrentre, del segundo, del primero, a los mendigos de la esquina y el mirar por encima del hombro con sorna a los que vienen de fuera. Ahora soy uno más en una casa más de una urbanización más. Y la gente ve el fútbol, siempre.

Pero eso sí, de alquiler, que me voy cuando quiera, no se crean, que si las cosas fuesen como tendrían que ser al centro no se accedería con dinero, sino con méritos, y el día en que tenga opciones volveré, como el hijo pródigo, a mirar por encima del hombro (incluso sin sorna) a los de fuera. Por éstas.

1 comentario

  1. K

    Y yo sólo espero que el día que vuelvas, allí nos encontremos.

    Salud

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