Tragedia en Haití
¿Cómo se gestiona la empatía ante una catástrofe natural de esta envergadura? Ni siquiera el paraguas del cambio climático y la devastación del planeta por nuestros congéneres sirve de explicación ante un desastre como el de Haití. Cuando un atentado o una guerra cercernan la vida de los humanos parecemos entender al inocente, y dar por perdida la causa por el bestialismo del sapiens; pero cuando es una fuerza de la Naturaleza la que asola un territorio, cualquier intento de comprender colapsa nuestro cerebro. No puedo ni imaginarme cómo tiene que ser una cosa así, en la que centenares de muertos se acumulan en las calles, y donde las víctimas ya sobrepasan los seis dígitos. Un terremoto así... Debe de ser atroz.
Pero es aún más terrible observar el desastre desde nuestro cómodo sillón. No me quiero poner perrofláutico, ni misionero, pero es duro no tener lo que hay que tener para marcharse allí a ayudar y lamentar todo desde el otro lado cómodo del mundo. A los pobres, los pobres de verdad, no les quiere nadie, no importan, y mueren como chinches por serlo. Cuando el palacio presidencial, donde viven los que son como nosotros allá, se desmorona da vértigo pensar lo que ha pasado con todas esas casas de madera y millares de chamizos que, a buen seguro, se acinaban en sus ciudades.
Yo ya no podré comprobarlo. Ni nadie. Así es el mundo en el que vivimos, injusto y cruel.



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