La Coctelera

Las manos en los bolsillos

Cabecera de primavera (y mi querido Caspar)

La primavera ha venido, y muchos somos los que sabemos cómo ha sido (con sus tormentas, eso sí). No es que haya sido un invierno más o menos crudo, es que ha sido un invierno con todas las letras, y nos pilló obviamente con el paso cambiado. Serán los años, será el momento, pero este final de invierno más que nunca hemos anhelado estos primeros y amables calores con todas nuestras fuerzas.

Y como las costumbres están para seguirlas, acá va una de las más arraigadas en este blog: la de las cabeceras estacionales. En esta ocasión hemos dejado atrás este Dolmen en la nieve para dar paso a una postal más marítima e incitante a la desidia. En cualquier caso, aquí va la que se nos va, para recordarla siempre, porque siempre es bueno recordar al bueno de Friedrich:

Queda ya lejos la espléndida exposición (para los que amamos a Caspar) que pudimos ver en la Juan March con muchos dibujos y bocetos suyos, pero sabía yo que aquellas notas que tomé en un programa de mano de la exposición sobre dos carteles con sendas citas iban a servir para algo. Primero, porque quiero darle voz a él mismo, con una sentencia que aún hoy, tantas décadas más tarde, sigue teniendo todo el sentido viniendo de un artista como él:

No soy uno de los grandes artistas sabios de nuestro tiempo. No soy uno de esos artistas locuaces de los que tanto abundan hoy, capaces de contar veinticuatro veces en un instante lo que es el arte mientras que en veinticuatro años no podrán mostrar ni una vez es sus obras lo que el arte es.

Y me despido con otra nota que había en otro de los paneles de la exposición y que, como diría Adastra, me dejó con una buena erección en los pantalones. En este caso el autor es el enigmático Novalis:

El mundo tiene que romantizarce; encontraremos así, de nuevo, su sentido primario. Y romantizarlo no es más que potenciarlo cualitativamente... Esa operación es aún del todo desconocida: en la medida en que concedo a lo común un sentido profundo, a lo ordinario un aura misteriosa, a lo familiar la dignidad de lo desconocido y a lo finito un destello de infinitud, lo romantizo. Y al contrario: mediante esa operación, lo profundo, lo desconocido, lo místico y lo infinito... reciben una expresión corriente.

Cuánto hay que romantizar el mundo que nos ha tocado vivir, hay que joderse. De todos estos años y estas lecturas, la sensación que me queda es que, por culpa de los de siempre, de esos serios e inteligentísimos señores del capital, el mundo de hoy en día, después de todo, no es como debería ser. Pero eso es harina de otro costal (o carne de otro post).

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