Mi Gran Vía
Día de fastos por el centenario de la Gran Vía. El centenario del inicio de las obras, por cierto, porque realmente, si tenemos en cuenta que éstas se acometieron en tres fases, el final (o "entrega de obras") del tercer tramo y último, el que va desde Callao hasta la Plaza de España, se concluyó el 22 de septiembre de 1932, por lo que quedarían unos cuantos años para festejar su efeméride. En cualquier caso, sirva pues de gran conmemoración de esta calle que tanto amamos los madrileños y que tantas y tantas cosas ha visto pasar.
Por este blog ha deambulado la Gran Vía inumerables veces. Ya ha sido motivo de comentarios, fotografías y muchos textos alusivos por mi parte, pues es quizá (y sin quizá) la calle a la que más querencia tengo, y sin dudar ostentaría el título de mi calle favorita del mundo (y he estado en Nueva York, Londres, Barcelona, Lisboa y París, no digo más). No voy, pues, a volver a contar todo lo que eso supone, sabiendo además como saben los lectores que he pasado largas temporadas de mi vida viviendo muy cerca de ella, y disfrutando de todo lo que, como vieja meretriz, sabe ofrecer a sus clientes más conspicuos. Sólo aprovecharé la ocasión para acordarme de sitios, sabores y viejos recuerdos condensados en un formato necesariamente breve.
La Gran Vía es la calle más viva que conozco. Palpitante y visceral. Y hay muchas Gran Vía. La mía, mi Gran Vía, empieza con la Gran Vía de mi infancia de urbanos con cascos blancos y grandes autobuses azules. Es el centro donde he comprado toda mi vida, independientemente del lugar donde viviese. Es la Gran Vía de los cines, del Capitol, el Palacio de la Música, el Callao y, sobre todo, porque se nos fue, del coqueto Cine Azul, donde tantas tardes pasara. Es la Broadway provinciana que alcaldes catetos pretenden ver, y es la arteria donde he comprado libros (La Casa del Libro, la Fnac y, por supuesto, Libreros), discos (aquel Discoplay que vi expirar, como vi morir también el mítico Madrid Rock donde hasta hice un examen fallido de ingreso, y de nuevo la Fnac, con los pocos que no compro actualmente en Itunes Store), ropa (y en los aledaños, desde aquella tienda inenarrable de Chueca de mi adolescencia, donde mi madre compraba mis calzoncillos, al primer Springfield de los ochenta, así como toda la rista de Starbucks de la moda, por supuesto, e incluso los desaparecidos en infausta memoria Almacenes Arias), regalos y demás pertrechos. Es la Gran Vía de los garitos, de todo tipo, calaña y condición, al que ahora, por apuntar alguno, citaré el José Alfredo, por no mencionar los míticos que todo el mundo recuerda. Es la Gran Vía del neón de Schweps y de la mancillada plaza del Callao, del edificio Telefónica (donde adquirí hace bien poco mi iPhone, en los bajos donde la gente antaño hacía conferencias) y de todos los hermosos tejados con adornos pintorescos. Es la Gran Vía de manifestaciones y fiestas, de procesiones inventadas, de putas y chulos, de vomitonas y chinos vendiendo comida, la gran calle que nunca duerme (en el sentido más literal de la palabra) y en la que he visto famosos, paletos, guiris, pintas, espantajos, señores bien y actores de relumbrón en cientos de estrenos. Es la Gran Vía de los pequeños teatros y las enormes cafeterías, la Gran Vía donde confluyen los ritmos de la ciudad, enfilando la tantas veces tomada curva de Callao, tras haber negociado la Red de San Luis, con esa subida tantas veces subida, y esa bajada tantas veces bajada a la isleta asimismo mancillada tantas veces por la izquierda. La Gran Vía de borracheras, prisas, confesiones de madrugada, promesas de amor pasajero y viejas historias de amor adolescente. La Gran Vía por la que tantos y tantos pares de zapatos ya gastados han pasado, y tantos neumáticos hinchados y usados de vehículos propios y prestados, de dos o cuatro ruedas, despacio y deprisa, dando vueltas imposibles para usarla (como ayer cuando entraba inverosímilmente desde Barcelona, como si quisiera unirla con la Meridiana) o buscada por buscarla, para poder ver sus habitantes infatigables una vez más. La Gran Vía de desilusiones y grandes esperanzas, de sustos e plegarias, de lluvias y hasta de nieves, de calor derretidor de asfaltos y frío helado en la garganta. La Gran Vía fulana, canalla y la Gran Vía lustrosa para el visitante del otro lado del mundo (donde expliqué a una pareja de australianos qué diantres eran los callos). Mi Gran Vía eterna y querida, mi calle favorita, mi gran dama de aquel Madrid tan distinto a este Madrid de escaparate que llora por ser más cabrón, pero no le dejan. Esta Gran Vía que me ha visto crecer, y de la que tantos instantes he robado. Vaya como recuerdo sólo uno de ellos, y un beso sentido por estos primeros cien años tan bien llevados, tan bien vividos.




1 comentario
Ten cuidado que como lo lea Sabina lo adapta para una canción suya. Me ha gustado mucho, un abrazo a Tulía y a tí.
6 abr 2010 | 01:42 PM
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