La Coctelera

Las manos en los bolsillos

Tres mil gramos

Los viajes relámpago siempre entrañan sensaciones similares a hacer novillos o andar las calles en horas intespectivas, como las veces que vas al médico y alargas un poco el permiso laboral para desayunar tranquilamente en una cafetería agradable. El mundo gira a una velocidad distinta. Y a pesar de que el viaje ha sido de fin de semana, no pude quitarme de encima la sensación de desubicación todo el tiempo, incluso cuando no fuera, ni mucho menos, la primera ni la decimoquinta vez que cruzara Despeñaperros. Esta vez lo hice en un veloz ave que llega en Santa Justa antes incluso de que te des cuenta de que ibas en un tren, al menos si tienes en la cabeza el traqueteo de los viejos expresos que gastaban una jornada para recorrer distancias similares. Todo es más moderno y aséptico, tan tonto y aburrido como lo es casi todo de este mundo tan moderno; tan inquietante a su vez por su interés en hacerte todo así de cómodo, cual nave de la espléndida Wall-E, con seres demasiados acomodados como para caminar.

Yo sigo siendo de esos viajeros que aún gustan de mantener ciertas viejas costumbres, como la de caminar entre vagones, usar el baño divertido por aquello de mantener el equilibrio mientras orinas, o asomarme a la cafetería, aunque sea de esas modernas que se llenan de zangolotinos de pelo engominado que se enciscan con un par de cubatas de precio desorbitado mientras hojean el Abc o el Marca con gesto estúpido. Incluso tengo la desfachatez de esperar en mi asiento a que todos los impacientes e impacientas (¿a qué tanta prisa, si has tardado dos horas y pico en llegar a Sevilla, pedazo de gilipollas?) desalojen raudos, cual piara de ganado porcino, el convoy para descender despacio, con la ausencia de prisa de los trenes de antaño, saludando efusivo a las simpáticas azafatas (que no azafatos) y andando despacio el andén, saboreando esa experiencia sin igual de ser viajero ferroviario que se adentra en una ciudad por su estación, aquel edificio que siempre da la bienvenida como un buen anfritión lo hace a su casa: con una hermosa y cálida bienvenida en forma de enorme hall. Lástima que las estaciones modernas sean también frías y dolorosamente funcionales, pero el paseo por la vía del tren antes de adentrarse en el maremágnum del gentío salvaje sigue siendo el mismo desde hace decenios: una forma inigualable de acometer los primeros pasos en una ciudad distinta de la tuya. Una forma muy cinematográfica, si me apuráis.

Os dejo con una estampa tomada desde mi flamante giliphone, convenientemente "tuneada" con el brillante y entretenidísimo software hipstamatic, que emula divinamente aquellas cámaras de los sesenta y los setenta de nuestra niñez.

Ha habido también algo extraño en este periplo por el sur. Siempre he tirado hacia el norte, ya fuera Galicia, Cantabria, Euskadi, La Rioja o Cataluña (Asturias siempre me ha pillado a desmano, y mira que lo siento). Es algo inherente en mí, pero por obvias razones que tienen que ver con mis ancestros y mis vacaciones pueriles, siempre he vuelto a al-Andalus, ya fuera a Jaén, Málaga, Huelva o Sevilla (y el resto, aunque en menos ocasiones). Antes de decir nada que pudiera resultar medianamente ofensivo, que no es mi intención (no tiraré piedras sobre mi propio tejado), sí debo decir que lo exagerado que siempre conlleva lo andaluz también se torna exasperante cuando lo que se exagera es lo que más detestas; y así ocurre que, debido a mi inusitada ausencia en estas tierras en los últimos tiempos, me ha costado más de lo normal aclimatarme a la idiosincrasia andaluza, y lo cierto es que el espectáculo que viví en la cafetería del ave fue espeluznante. Confieso que me da hasta rabia reconocerlo, pero ahora me siento extraño debajo del Salto del Fraile. Esa misantropía me la voy a tener que mirar, pero dicen que Flaubert hacía gala de ella a los cuatro años. Yo tuve que esperar a los treinta, y ahora la tengo muy bien alimentada, bien gordita y muy ufana, qué le vamos a hacer.

Pero el motivo de mi viaje no era otro que tener en brazos a mi tercer sobrino recién nacido. Ha pesado apenas tres kilos, lo que no es ni mucho ni poco para un neonato, pero no deja de hacerme gracia pensar en cuántos chuletones son, de cuántas sentadas me podría comer su minúsculo cuerpo. Semejante ataque de antropofagia no tiene nada que ver con la popular "costumbre" de querer comerse a los hijos no ya como Saturno, sino como babeante progenitor que emula a los amantes que dicen de alguien que "está para comérselo". Pero es cierto que los tres mil gramos de bebé en mis manos daban ganas de lamerlos, ablandarlos con los incisivos y después morderlos, pues de puro frágil mi sobrino es "tierno". Tontunas aparte, siempre es hermoso y emocionante contemplar un cachorro humano, y ante él toma su máximo significado aquello de quedarse embobado.

Soy otra vez tío, y he tenido tres mil gramos de recién nacido en mis torpes manos. Hordas de zangolotinos no son nada en mi camino. Desde el sábado tengo otro motivo más para dar gracias a la vida. Y eso, ahora sí, es todo.

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