Reflexiones cronopias
Suele decirse de los cronopios que son (somos) criaturas ingenuas, idealistas, desordenadas, sensibles y poco convencionales. Y suele decirse que una de las leyes de la entropía dicta que "si no se hace nada todo tiende al máximo desorden". Bien, puedo afirmar que esto último afecta al inconcluso proceso de mudanza de mi última morada, en la que ni siquiera he colgado aún los cuadros, a pesar de llevar ya más de nueve meses (algo, os lo aseguro, inaudito en mí), pero no hace también más que marcar muescas en mi fusil de cronopio (no sé si soy digno, no teniendo al cronopio mayor aquí para testificarlo, pero bueno), así que no es de extrañar que ayer huyera de las esperanzas indolentes de la feria cercana a mi nueva casa y de las famas (y esperanzas también, todo hay que decirlo) que poblaban la Gran Vía estúpidamente alfombrada con una moqueta de color azul.
Mi reino cada vez es menos de este mundo. Y podéis llamarme lo que queráis, pero me cuesta creer que todo esto esté ocurriendo. Sé que la culpa es mía, que soy yo el que me creo distinto y soy como ellos, pero qué coño, a mí no me engañan. Todo esto ha existido desde que el mundo es mundo, y ya sabemos que nada humano me es ajeno, que diría (el) Terencio (o, como dice Szymborska, nada humano me es cercano), pero debe haber otros mundos por ahí, y no demasiado lejos. Habrá que hacer caso al Punsete y centrar la felicidad en la búsqueda, pues no es de ley vivir en el permanente asombro por todo lo que nos rodea. No es bueno, justo ni necesario, sobre todo no es necesario...
En fin, ya sabéis, las manos en los bolsillos sirven para no salir huyendo ante la magnitud de la tragedia. Tened cuidado al salir a las calles, que salpican.




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