La Coctelera

Las manos en los bolsillos

Aquella aldea global

Hace ya bastantes años, cuando nos hablaban de "aldea global" nos imaginábamos un mundo sin fronteras en el que todos los pueblos del planeta permanecieran unidos, cada uno en su diferencia, con el resto de la humanidad en paz y armonía enlazados con eso que aún era una incipiente "red de redes" y que con el paso del tiempo se convertiría en la panacea de la comunicación, el progreso y el desarrollo como no los había conocido el ser humano. Y para todo eso era necesario un cambio, y con ilusión comenzamos a imaginar un mundo distinto, más amplio, hermoso y accesible. Pero, como diría la voz en off de la reina Galadriel, el mundo ha cambiado, sí, pero no lo sentimos en la tierra ni en el aire, sino en nuestras peores pesadillas, que se han hecho realidad en forma de exacerbar aún más las diferencias existentes. Y hasta límites insospechados, de manera que esa idílica aldea global, donde imaginamos a un, pongamos por caso, agricultor namibio o pescador lapón entregados a su labor con sana alegría y viendo cómo se desarrollan las noticias a través del mundo en su modernísimo monitor, es ahora una aldea oprimida muchísimo más que antes por una especulación y unas desigualdades aún más drásticas de lo que hubiera podido imaginarse. Así que todo se ha dado la vuelta, y os aseguro que no es un problema de "gente verde y comprometida", sino que es un problema de todos, seamos progresistas, conservadores o lo que quiera que seamos.

Con todo lo que se está cociendo en esto de la "CRISIS" (en mayúsculas y entre comillas) y el papelón bochornoso que están haciendo nuestros políticos sólo cabe la esperanza de que algo gordo, pero gordo de verdad, suceda y mande todo esto a tomar por saco. Pero eso no va a ocurrir. Estamos hartos ya de ver cómo está todo el cotarro engrasado y convertido en una maquinaria autodestructiva pero imposible de destruir. Así que sólo se me ocurre una cosa: la conciencia. La conciencia de todos que transforme a los que ostentan el poder y se la suda todo lo que está pasando para que de una vez por todas muevan las cosas precisamente porque les entran problemas de conciencia, y hay que empezar a mover las cosas desde abajo.

Pero ¿cómo? El movimiento social está absolutamente adormecido y anestesiado. La fiebre neocom y consumista lleva ya mucho tiempo adueñándose de cada uno de los resquicios de pensamiento crítico, hasta el punto de que a la gente también se la suda completamente, preocupados en almacenar bienes de consumo y vacaciones de postal; y la gente que le importa y lo dice es automáticamente tachada de utópica, irreal, rojeras, sindicalista, vendida, borrega, perroflauta o verde, en el sentido más peyorativo de la palabra. Pero hay mucha gente que no es nada de eso y está plenamente concienciada de lo que está pasando, y se está despertando del adormecimiento. Y otros muchos, entre los que desgraciadamente me incluyo, que hemos tomado conciencia de la gravedad del problema, y no sabemos de verdad qué hacer. No creemos en nada porque todo se está demostrando inútil, pues al final la máquina está tan bien engrasada que da igual qué carajo hagas, individual y colectivamente hablando, para pararla. Así, por ejemplo, por mucho que se mueva una ONG (escoger la que queráis), siempre quedan sospechas de su inutilidad, y ejemplos hay para parar un tren.

Necesitamos un nuevo mayo francés, aunque los que hicieron aquel mayo francés son los que ahora, precisamente, están manejando el cotarro. La conciencia es difícil de excitar, porque es débil e interesada. Los viejos ideales han fracasado, y con ellos es difícil convencer a un jovencito de que lo que hace no es lo correcto, porque simplemente le da igual y sabe que su futuro es tan estúpido y absurdo como el nuestro. Nos hemos acomodado, lógicamente, en esta sociedad del bienestar, y de ese cómodo sillón con tele plana es muy, muy difícil levantarse. Me lo digo todas las mañanas, y al final mi triste conclusión es que tendrá que surgir la solución de una nueva generación que, admitámoslo, no es la nuestra.

Bueno, sé que meo fuera de tiesto por la propia idiosincrasia de este blog, pero tenía que soltar todo esto para reflexionar, en "voz alta", sobre todo lo que está pasando a nuestro alrededor. Yo sólo sé un camino, y es por el que empiezo y por el que sigo en estos momentos: protestar, no tragar porque sí. Es nuestro deber enfrentarnos a la desidia, hasta que llegue el momento de que alguien con arrestos, inteligencia, empuje y mesura sepa cómo encauzar toda la energía que tenemos y arreglar esto para que nos sintamos orgullosos de vivir en este planeta. Y entonces, sí, entonces que tiemble todo. Será muy hermoso participar de ello. Me presta también las palabras Carlos Boyero, que dijo esto al ser preguntado por un supuesto mayo 2010:

"Imagino que algo tendrá que ocurrir. Quiero creer que al poder le pueden entrar temblores ante una explosión de los aparentemente domesticados. Sería bonito ver algo así antes de irse al otro barrio".

Sé que resulta irónico usar las palabras de un crítico de cine, pero creo que están más que justificadas.

Os dejo mientras con esta ya vieja iniciativa internetera. Conviene revisitarla de vez en cuando:

1 comentario

  1. jorge

    yo creo que no va a haber revolución. primero porque, como tú dices, hemos visto que aquellos del 68 son los apoltronados de ahora. y segundo porque sabemos que una revolución no va a conseguir cambiarlo.
    cualquier revolución iba a hacer perder más cosas de las que iba a hacer ganar. repartir entre todos implica también dar de lo tuyo, y eso la gente lo lleva mal (para ejemplo pregunta a los funcionarios sobre su reducción de salario...).

    creo que somos la primera generación consciente de que no va a cambiar las cosas. pero eso tampoco nos hace conformistas.

    creo que la revolución sólo es posible a pequeña escala, en el (como tú dices) no tragar. cualquier cosa a gran escala se vería absorvida por algún ente mayor que la desvirtuaría y la convertiría en una franquicia.

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