La Coctelera

Las manos en los bolsillos

La aldea global y los corderos a la Comarca

Extraño mundo en el que vivimos. Uno va al supermercado de su barrio y de repente se le ocurre que esa paleta de cordero a tan buen precio puede servirle para meterla en el horno y dejar que la madre física haga el resto. Ya se sabe, un poco de aceite, vino, perejil, ajo y pimienta, unos cortes para que la carne se haga bien y unas patatas que acompañen al asado. Nada más tradicional, carpetovetónico y mesetario.

Y así hicimos, con la única salvedad de que aprovechamos una oferta ofertosa de un producto ultracongelado. Bien, es sólo cuestión de que, de nuevo, el dios de la física haga su trabajo y la carne se descongele para comenzar el ritual del maceramiento del difunto para su posterior ingreso en el electrodoméstico. Pero hete aquí que uno, avezado comprador, se detiene en detalles de la etiqueta que hasta ese momento habían pasado desapercibidos, toda vez que el aspecto general del despiece del ovino parecía más que satisfactorio. Y mire usted por dónde que la boca se desencaja por el asombro, porque el susodicho cordero no viene de las planicies de Castilla, ni de los pastos extremeños; no procede de las tierras del Atlántico septentrional ni de los inmensos parajes a orillas del Mediterráneo; ni siquiera ha cruzado el Mare Nostrum desde la inhóspita África, ni ha buscado la fresca hierba en su corta vida en las enormes extensiones de los campos estadounidenses, ni (válgame el cielo) las feraces tierras de la Pampa. No, cágate lorito, nuestra querida cabeza lanar procede de Nueva Zelanda, como puede comprobarse en la foto que a continuación lo ilustra.

Joder, Nueva Zelanda... Las antípodas, que como bien sabemos por Santa, significan "locon-trario" (anti-podas). No se me ocurre un sitio más lejano, incluso diría más, no hay sitio más lejano. Las cosas de la aldea global (véase el artículo precedente): uno se piensa que va a rendir pleitesía a nuestro más ancestral rito culinario castellano y se termina pareciendo a un puto hobbit...

¡Nueva Zelanda!, ¡hay que joderse!

Eso sí: el plato salió estupendamente, como puede comprobarse (al menos por su pinta) en la foto siguiente.

Todo esto demuestra que a la hora de meterse un cacho de carne entre pecho y espaldas no existen las fronteras. ¿No es cierto?

1 comentario

  1. Marta

    Aún recuerdo el día en que compré una sepia en una pescadería de la costa mediterránea y chasco: la sepia había crecido en la India.

Escribe un comentario