Acerca de la sincronía labial y los musicales
Nota previa: ya veis que se ha descarajado la cabecera de mi blog. Estoy en tratos para tratar de solucionarlo, pero parece que la cosa va para largo.
A vueltas con la espléndida reflexión que el querido bachiller Alonso (aka El Oscuro) hizo en su blog hace unos días, y dando asimismo vueltas a esto del gusto, y también a la tontería, he tenido que sortear muchos meandros de temperamento para intentar llegar a una conclusión satisfactoria a esto que voy a intentar explicar, y que no es fácil, a fe mía. Y todo ello para ser no ya políticamente correcto, sino moralmente intachable y, por aquello del aprecio que tengo a mi físico, prudente para no ser apaleado públicamente. Porque, efectivamente, cualquiera (yo mismo, por supuesto) puede ser tonto y, muy a pesar de nuestra inteligencia, llegar a ser, como menciona El Oscuro, un médico tonto, un catedrático tonto o un político tonto (del culo). Y es también evidente y demostrado, por activa, pasiva, empírica o de la forma que más se quiera utilizar, que el gusto es una cosa sobre la que nada puede escribirse, pues demostrar a alguien que tiene mal gusto es como intentar explicarle que es tonto: una empresa condenada al fracaso. Así que, saltemos página y expliquemos el evento.
Los hechos: un colegio, cuyo nombre y ubicación es más prudente y piadoso callar (creedme) tiene a bien todos los años alquilar por estas fechas un local donde representar un espectáculo de los que vienen a denominarse "musicales" con sus alumnos, profesores, antiguos alumnos y demás allegados que se quieran sumar al evento. Ha sido ya representada, por ejemplo, la adaptación de Los miserables de Víctor Hugo, y en esta ocasión tocó el turno a El jorobado de Notre Dame. Como única salvedad a esta iniciativa, gustosamente acogida por buena parte de alumnado y profesorado, y ni que decir tiene que por los padres, debe advertirse que los actores, aficionados y entusiastas, que dedican muchos meses de encomiable esfuerzo, tesón y adaptación de atrezzo y vestuario, no son además cantantes, sino que prestan sus facciones y ademanes a una grabación que se emite desde unos altavoces. En definitiva, que se tiran aproximadamente tres horas (¡tres horas!) haciendo playback, palabra anglosajona que mis avezados lectores sabrán que viene a decir que hacen como que cantan, pero no lo hacen; es decir, practican la "sincronía de labios" con mejor o peor fortuna, según los casos.
Bien, y ahora vienen las curvas. Tomo cierta distancia con el "teatro cantado". Y cuando digo teatro me refiero a cualquier manifestación teatral (teatro propiamente dicho, con o sin acompañamiento musical moderno o clásico; o cine, por ejemplo) en la que, sin aviso previo, los actores de repente alzan la voz y comienzan a cantar hacia el público, con ostentosos ademanes, el texto que están interpretando. Y meto todo en el mismo saco. La ópera alcanza, evidentemente, cotas de belleza musical altísimas, y verdaderamente hay pasajes de Beethoveen, Mozart, Wagner y otros tantos que son únicos e irrepetibles; pero a mí, precisamente, me sobra la parte escénica porque, en su mayoría más inmensa (sic) resulta afectada, innecesaria y en no pocas casos absurda, más todavía cuando hacemos pasar por doncella frágil y delicada a una oronda soprano, pintarrajeada como una puerta y batiendo los brazos hacia el público como si espantara moscas; o por jovencito a un galán ajado y tripudo también pintarrajeado ad nauseam. Y no digamos nada del pasarse por el arco la sacrosanta regla de la verosimilitud, pues es difícilmente asumible ver que alguien necesite media hora para morirse en escena.
Entiendo que es cosa, básicamente, de otros tiempos, cuando el teatro se quedaba corto para satisfacer las ansias de esparcimiento del público, sobre todo del pudiente, que quería esplendorosas puestas en escena con todo lujo de detalles. Yo, sin dudar lo digo, preferiría ver a los cantantes con sus chaqués y sus trajes de gala cantando esas fastuosas óperas que haciendo como que son actores sin serlo. Admito todas las puntualizaciones que se quiera, y sé que con ello demuestro que la ópera no es mi fuerte, pero eso es lo que creo, y dicho queda. Y, por ende, si hablamos de zarzuela qué decir, que es lo mismo pero en carpetovetónico y con casposa adaptación a los gustos más castizos. Bien, soy de Madrid y me trae al pairo el chotis, así que no me pidáis que me guste la zarzuela…
Los musicales en el cine son producto de una idiosincrasia muy concreta y específica: la necesidad que tuvo el cine de crear "magia" para las almas sensibles compungidas por los horrores de la depresión primero y de la guerra más tarde. Punto. Cuando acabó la guerra y la posguerra deberían haberse extinguido, pero no, continuaron con más fuerza porque en el tuétano de los habitantes de América del Norte cuece ese gusto rancio de una parte de la vieja Europa por el oropel, el cartón piedra y la fantasía en forma de cesta de plumas flotante. Y el cine, claro, se prestaba como nadie a ello. Jamás podré acostumbrarme a que lo que parece ser una película “normal” se transforme en un sinsentido de gente que se pone de repente a cantar y a bailar… ¡y se sabe la coreografía!
Es evidente que el musical en sí ya se convertió en un género cinematográfico en sí mismo, muy ajustado a aquello que se decía del cine, el ser “una fábrica de sueños”. Pero, el "musical de tabla", la teatralización de este género, que ni siquiera mantiene los recitativos de la ópera (es decir, todo su texto es cantado), para mí es simplemente inadmisible como espectáculo, así que imaginaos lo que opino desde el punto de vista musical. Esos cantantes de segunda fila a los que les gustaría llenar escenarios como lo hace ese gran valor de la música patria que es Bisbal y que tienen que conformarse con ser parte del coro de estos espectáculos, y que gesticulan como si la cosa fuese cine mudo (qué ironía) me producen una sensación de vergüenza ajena difícil de describir. Vergüenza ajena y desasosiego, pues me parece inaudito que a nadie pueda gustarle eso, pero todos sabemos que primero Álvarez del Manzano (¡ese hombre!) y Gallardón después se han tomado mucho interés en conseguir que la Gran Vía sea un “pequeño Broadway” que da unos beneficios económicos a las arcas municipales como jamás podría soñar una sala de cine. Lo cierto es que las hordas de entusiastas seguidores de esta cosa son para mí como aquel dicho sobre los dípteros y las heces vacunas: no pienso, en ningún caso, ingerir eso por mucho que lo hagan millones de moscas.
Y hasta aquí hemos llegado, sin saber qué opinaría el bueno de Víctor Hugo, ni siquiera qué opinaría Freddie Mercury (aunque a él me temo que hasta le gustaría), pero los musicales son lo que suele denominarse un “fenómeno de masas”, muy del gusto por cierto de la masa adolescente; y, claro, ver a esos adolescentes en vídeos de youtube hacer playback con el musical de sus sueños, y enterarse además de que existe algo así como un “campeonato”, con premio y todo, en el que concursan estos grupos de aficionados al playback, me hace pensar que el buen gusto es algo fácilmente medible, pero difícilmente demostrable.
En fin, tenía que contarlo in extenso, y así lo he hecho. Los que me odiéis por ello, agacho la cabeza. Y para los que me entendáis (ya se sabe, estas cosas gustan o se odian, sin medias tintas) puedo decir que no os preocupéis: cuando alguien me pregunte, en lugar de demostrar mi desasosiego y mi pesar, haré como siempre he hecho en las ocasiones en las que me he visto en tal aprieto, cuando alguien dice que le ha encantado tal o cual musical que ha durado cuatro horas y por el que se ha gastado más de cincuenta euros. Simplemente espetaré, escudado en mi mejor neutral face, aquello de “es que a mí no me gustan los musicales”.



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