La Coctelera

Las manos en los bolsillos

Banderas

Ahora que parece que la fiebre se está apagando, o al menos apaciguando, y cuando de las más de quince banderas que os comentaba en el anterior post sólo quedan en mi patio tres (eso sí, la grande vale por varias, pues debe tener unos ocho metros cuadrados), es quizá hora de una pequeña reflexión sobre el tema.

España es diferente por muchos motivos, y uno de ellos es el asunto de su enseña nacional. La bandera de España, con sus colores rojo y gualda (gualdo es un adjetivo que proviene de la planta del mismo nombre de la familia de las resedas, o Resedaceae, cuya característica típica es su flor amarillenta), y que proviene del color adoptado por el pabellón español (o sea, las banderas con las que se distinguían los buques) en 1785 (época de la que provienen muchas de las banderas, tanto de Europa -Francia e Inglaterra- como americanas -Estados Unidos- y, en general, las grandes naciones de la época, y todas con la misma función militar), fue asimilada, de manera consciente y deliberada, por la facción más conservadora del espectro político. La razón es bien sencilla: la bandera rojigualda fue sustituida durante el breve período de tiempo en el que se instauró la república por segunda vez como forma de gobierno por otra distinta en su franja inferior, cuyo color morado recuerda a los comuneros castellanos (y con eso se pretendió aunar en mejor armonía el emblema de "una gran España") y que fue adaptada de forma popular durante el Trienio Liberal asimilando el viejo pendón de éstos. Al vencer los "nacionales" y aplastar literalmente la Segunda República, se volvió a retomar la vieja insignia real que ya, tiempo atrás, defendían los conservadores como símbolo de la idea de una España tradicional y "como Dios manda". Por ello, y asimilando y adoptando como propia el "águila de San Juan" de los Reyes Católicos (qué mejor signo de tradición que ése), el régimen franquista se adueñó de los colores de ese emblema para pasearlos por las calles como modo de distinguirse de aquellos que habían tomado como propia la bandera tricolor republicana, y que habían sido vencidos y desarmados.

Ahí está el quid de la cuestión. Yo nací en 1969, y cuando era un adolescente, y quien quiera rebatírmelo que lo haga, la bandera rojigualda era el símbolo que llevaban "los fachas" prendido en forma de "pin" o chapita en la correa de sus relojes digitales (esos relojes digitales de los primeros ochenta, objeto de codicia para los rateros de tres al cuarto de mi barrio). Era un período delicado para las exaltaciones nacionales, con ETA arreando, Fuerza Nueva con mucha presencia en las calles y una constitución en pañales que se tambaleó en el Golpe del 23F. Todavía nos parecía lejano a los adolescentes madrileños de la época términos como Catalunya o Euskadi, y el ambiente enrarecido y "centrista" que se respiraba en la capital hizo de buen caldo de cultivo de recelo hacia todo lo que no fuera genuinamente ibérico. Digámoslo así, la identidad nacional era difusa, hasta tal punto que en muchos de mi generación surgió más una idea internacionalista, de ciudadano del mundo en la cabeza, afianzada con nuestras primeras salidas al extranjero. España, la España sempiterna, se nos quedaba pequeña, y en muchos casos nos parecía pueblerina y atrasada, y a fuer que en mucho no nos equivocábamos, habiendo pasado como habíamos pasado una infancia en blanco y negro y con el NODO como protagonista.

Con el tiempo, y gracias a la espectacular evolución que nuestra nación tuvo la suerte de experimentar, ahondabas un poco más en tus raíces, y te dabas cuenta de que eso de ser español mola. Además, cuando pisas esas "tierras del demonio", donde "no se habla en cristiano" y te das cuenta de que son tan espléndidas o más que las que has conocido en la vieja Castilla, empiezas a comprender un poco más que ser español no es sólo esa idea derechona del Non plus ultra, sino que la rosa de los vientos tiene unos excelentes confines en la piel de toro.

Entonces... ¿debe uno sentirse español siendo internacionalista? Sí, claro, pero teniendo en mente todas las "españas". Y eres más consciente aún de lo que significa esa bandera roja y amarilla para un extremo del arco iris político, cada vez más bicéfalo (a la fuerza, que se lo pregunten a IU). Así, y pongamos por caso un ejemplo paradigmático, el banderón que en su momento puso el "liberal" Trillo (con la aquiescencia de ese gran hombre para Madrid que ha sido José María Álvarez del Manzano, del que tan buen recuerdo guardamos algunos, y esta nuestra pobre ciudad la primera) en plena Plaza de Colón no era un simple homenaje a la enseña nacional, sino un sacar pecho de muchas cosas que, con el paso del tiempo, se han convertido en demasiado patentes alrededor de su persona. Estoy seguro de que los posteriores ministros de Defensa se han tenido que tragar ese enorme trapo con quina, porque... ¿qué hacemos con ese banderón? Y esta pregunta merece una nueva nota aclaratoria.

Negar los problemas que existen con la bandera en España es ser deliberadamente miope. Califiquemos de "incómoda" su presencia y, sobre todo, su ostentación en todo escenario que no sea sede oficial, que es donde todos sabemos que debe estar (y que tantos problemas ha dado en las comunidades históricas, como en el ayuntamiento de Bilbao en todas las aste nagusias). Por eso los políticos, contertulios y cantamañanas de determinado corte político aprovechan la menor oportunidad en la que algún político, contertulio e incluso cantamañanas del otro bando no hace genuflexiones ante la rojigualda. Pensar que un mástil de decenas de metros y una tela de centenares de metros cuadrados, al estilo de los jóvenes países americanos tan necesitados de orgullo patrio, no puede ser "molesto" para muchos que son tan españoles como los que se golpean el pecho bajo su sombra es ser demasiado ingenuo, o todo lo contrario. Y a los madrileños que estamos atónitos porque se haga con nuestra ciudad lo que el círculo del barrio de Salamanca quiera, y se nos haga tragar con algo que se supone que era provisional y que ya se ha convertido en algo permanente e incómodo, pues qué vamos a decir, que estamos hartos de que se confunda el amor a tu tierra con el patrioterismo cateto, retrógrado y cicatero.

Una bandera es un trozo de tela, un símbolo si se quiere, pero poco más. Las naciones y las banderas se corresponden con un hecho cultural, y ya saben mis lectores que el nacionalismo se cura viajando, y por supuesto el nacionalismo español también. Pertenecemos a un colectivo que comparte historia, costumbres, lenguas y un generoso trozo de tierra en el que caben desde las maravillosas costas gallegas y cantábricas hasta las beldades de toda la costa mediterránea, los recios campos de la Meseta y la luz andaluza, además de la suerte de los vestigios insulares de aquello que era un imperio, y que nos permiten gozar de una exuberante porción de África. Y algunos incluso contamos con la saudade portuguesa. Somos iberos desde tiempos inmemoriales, y pensar que todo eso debe ser sinónimo de un trapo de colores es una forma muy corta de ver las cosas.

Que las jóvenes masas de hoy día enarbolen banderas españolas ante el rotundo éxito futbolero es un asunto más de ciego amor hacia una enseña, propio de un hincha, que el apego a la nación que las vio nacer. Claro que los que se han mencionado antes volvieron a sacar pecho, porque es lo suyo, pero eso no significa que la bandera española vaya a unir al conjunto de españoles bajo un paraguas distinto que no sea el deportivo, de la misma manera que fue curioso y alentador ver otras banderas autonómicas (incluida la odiada por esos mismos señera) campar entre los brazos de la multitud y los cuellos de algunos jugadores. Es una buena lección para algunos que sea el fútbol, opio por excelencia del pueblo, el que haya obrado el milagro, pero eso no significa que muchos no deseemos que el sistema republicano y federal sea el que limpie de ranciedad muchas cosas necesitadas de limpieza en nuestro país, que por más que se quiera no se está rompiendo.

Eso sí: apuesto a que seré el único de mi patio que ponga una bandera española cuando comience el mundial de baloncesto en agosto. Aunque sólo sea por joder...

Polidori dixit.

3 comentarios

  1. jorge

    a grandes rasgos coincido contigo. pero con una puntualización: creo que la bandera de la primera república era rojigualda. la tricolor fue la bandera de la segunda república y la tomada por el bando republicano durante la guerra civil.

    en mi opinión, que apareciesen tantas banderas en el último mes era cuestión de fútbol, no de política. pero siempre hay quien no quiere verlo así y lo toma por un matiz político.

    y una cosa que me moles mucho es que muchos de los que más se ofende por que se hayan "apropiado de la bandera de todos" son los que después sacan la tricolor con más orgullo.
    parece que se olvidan de que fue la segunda república la que renunció a la rojigualda por la tricolor.

  2. Jorge: efectivamente, tienes razón. La tricolor es sólo de la Segunda República. En la primera no dio ni siquiera tiempo de tener una bandera definitiva, porque duró unos meses. Gracias por la aclaración (ya está arreglado) y un saludo.

  3. Bravo y bravo. Yo nací en el 69 y no voy a rebatirte nada. El sentimiento fue el mismo. ¡Un abrazo y espero que no veamos prionto!

Escribe un comentario