La Coctelera

Las manos en los bolsillos

Verano asintomático

Este verano será recordado por muchas cosas por éste que escribe, algunas muy importantes que, por ahora, no son de la incumbencia de sus respetados lectores. Y no se tramen suspicacias extrañas ni sórdidas suposiciones: hay cosas que necesitan de cierto tiempo para ser maduradas y convenientemente comunicadas. Eso sí, este verano extraño, como decía, será recordado por éste que suscribe no sólo por un calor pegajoso y la resaca postmundialista, sino por otras cosas que a continuación reseño.

Sin ir más lejos, he desentrañado el misterio de Larsson. Y no me refiero a escudriñar las miles de páginas de la tan célebre trilogía, sino al visionado de las películas referentes a los citados libros (cosas relativas a la holganza estival) y de las que he sacado algunas conclusiones, a saber: que las portadas de los libros, efectivamente, pueden ser hermosas a la par que engañosas; que resulta realmente fascinante, ahora que sé "de qué va", la visión de una mujer joven, lectora en un vagón de metro con trazas de gustarle, por ejemplo, El diario de Bridget Jones, ensimismada con un mamotreto difícil de manejar sobre viejos espías rusos y su punky (je) vástago empeñada en ser muy dura, la más dura de su portal, y enredada en una historia de absurda autoafirmación que la lleva a efectuar hazañas increíbles (en el más amplio sentido de la palabra) en una escalada surrealista sostenida por un periodista oportunista que consigue que sea la noticia central de todo un país como Suecia. Bien, será porque no soy sueco o no me la pone dura un personaje femenino andrógino como éste, ni menos me hace babear un cuarentón "muy sueco", pero la historia me ha aburrido, e incluso me ha resultado soporífera, especialmente en la tercera parte. De hecho, la mayoría del tiempo me ha dado bastante igual lo que le pasara a la susodicha, con una empatía rayana con el cero. Y resumo: la primera puede ser una entretenida historia sobre espionaje y sadismo postnazi, pero la segunda y la, sobre todo, insípida tercera parte me han parecido simplemente tediosas, tan tediosas como me hubiesen parecido estas historias de haber sido reales y hubiesen aparecido en los telediarios. En fin, insisto, debe ser que no me ponen las "chicas duras", y tengo algo superada la fascinación por las personas bisexuales. O debe ser que sigo sin admitir, por pura lucha existencial, que el marketing todo lo puede, incluso amansar el gusto de la masa lectora con una trilogía que, si no hubiera muerto el autor tempranamente y no hubiese existido tal bombardeo, no hubiera pasado de ser una discreta venta en la sección de "autores nórdicos". Fin de la cadena de conclusiones.

Otro tema importante del verano, ahora que disfruto de piscina privada (sin salón de té), ha sido el estudio antropológico inherente a la poza repleta de agua que puede verse desde mi ventana. A fuerza de ser animales sociales y vestidos, la desnudez patente y estival produce, cuanto menos, cierto desasosiego en éste que escribe. Y no (¡por el demiurgo!) por descubrir carnes más o menos flácidas que la propia, sino por esa holganza despreocupada de los pequeños burgueses de barrios "castizos" que pasean sus cuerpos con la naturalidad y la "sobrada" manera de quien se siente superior al resto de habitantes de humildes chamizos que pueblan el barrio y que, claro, no pueden disfrutar de tales dispendios. Así, mis queridos y accidentales vecinos adoptan altivos ademanes de gente pudiente que chapotean en su acequia como un pavo real menea su cola, claro que de manera menos majestuosa. Es por eso que solemos aprovechar los momentos de mayor calor y rigor térmico para hacer uso de ella, cuando, inconcebiblemente, la piscina está siempre vacía y la socorrista (un curioso caso de procedencia rumana aderezada con un profundo acento argentino) se agosta (nunca mejor dicho) en las escasas sombras, dormitando y quejándose por el aburrimiento (pues, según nos cuenta, tras haberle expresado la solución más satisfactoria, "se cansa leyendo", lo cual es ciertamente una lástima). Ciertamente es un espectáculo de luz y de color que nos tiene ensimismados, mientras echamos de menos la amalgama trendi de nuestro viejo barrio de Malasaña, al que volvemos siempre que podemos.

Otra nota de color en nuestra vida de "carabanchelianos" es el afloramiento, también estival, de cuantos miembros del barrio que de procedencia romaní existen, con una tendencia ya estudiada de hacer corros con sus sillas y demás enseres en las plazas habilitadas para el asueto popular del barrio. En un alarde de frenesí veraniego, es bastante frecuente, cuando el calor no agobia y la sombra lo permite, que un miembro de dicha etnia se afinque en la acera de enfrente de nuestras ventanas y se preste, guitarra en mano, cigarro en la boca y litro de cerveza (intuyo que menos que tibia) próximo, a darnos un concierto con el peor sentido del ritmo jondo y el peor duende o quejío que hayan podido escuchar almas cristianas o infieles. El espectáculo es, también, digno de mención, y aprovecho la adquisición reciente de un tele Tamron para demostraros lo dicho con su correspondiente instantánea:

Por lo demás, y recordando también que el período vacacional circunscrito al propio domicilio suele acarrear algunas plácidas horas delante del televisor, quiero también mencionar el nuevo visionado (esta vez completo) de una de las mejores series que se han emitido en la caja tonta: A dos metros bajo tierra. Realmente es una delicia repasar esta pequeña maravilla sin cortes publicitarios y sin necesidad de estar pendientes del calendario de emisión. Las andanzas de los Fisher son deliciosas por su surrealismo y su, por otro lado, atroz verosimilitud con la vida real. Lo cierto es que ver series completas es un espléndido ejercicio de salud televisiva; ya han caído viejas y deliciosas glorias como Doctor en Alaska, y clásicos ya televisivos como Los Soprano, Dexter o The Closer (que aún sigue emitiéndose, por cierto). Lo dicho, lo mejor del verano. Y como apunte también televisivo-cinematográfico, recientemente volví a visitar uno de los milagros cinematográficos de los últimos tiempos, Hijos de los hombres. Desde luego, si hiciera listas al estilo del Rob Gordon hornbyniano, ésta estaría en un puesto más que alto.

Aquí termina el silencio, pero sólo es una pausa en el camino. Esta semana y la que viene probablemente cambie el paisaje por algo más mediterráneo. Necesito un cambio de aires, pero eso se traducirá, inevitablemente, en otra ausencia bloguera. Ya lo siento. Yo os he advertido que es éste un verano difícil, asintomático en la forma, pero intenso en el fondo. Pero esa, queridos lectores, será otra historia.

Nos veremos por aquí dentro de poco. Disfrutad del agosto baloncestístico previo al mundial y no olvidéis que hay que supervitaminarse y mineralizarse, sobre todo los que somos ya tan viejunos como para saber de qué coño va eso. Para los que no lo sean, y vayan por ahí pavoneándose de su insultante juventud, va un recuerdo que a otros muchos les hará cosquillas en el estómago...

¡Qué maravilla!

Hasta pronto.

Actualización: Como ya habrán adivinado mis lectores más avezados (y más viejunos también), el vídeo no es de Super Ratón, sino de La Hormiga Atómica. Sorry. Cuando encuentre un vídeo decente del ínclito lo subo.

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