Belchite y los susurros

(Enlace a esta foto en flickr)
Es fácil sonar afectado, extralimitarse en los epítetos, pecar de intenso al hablar de algo tan espectral y tan real como las ruinas de Belchite Viejo. Sabiendo, además, que realmente es irreal, pues el destino de las poblaciones arrasadas a lo largo de la historia ha sido siempre o bien la destrucción o bien el olvido que sucede tras la reconstrucción. El esfuerzo de edificar ladrillo a ladrillo, piedra a piedra, un pueblo próspero y ciertamente poblado es una buena metáfora de lo absurdo de la vanidad humana, cuando es el propio humano capaz de destruirlo en un abrir y cerrar de ojos con máquinas de su propia invención. Es un caso extraño, casi único (sólo sé de la existencia de un pueblo similar en Francia, Oradour-sur-Glane, o algunas ruinas aisladas en Japón o Alemania), pero no debemos olvidar tampoco el motivo por el que semejante oda al horror de la guerra permanece casi inalterable desde 1937.

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Franco no quiso dejar constancia del horror de la guerra en sí, sino del horror producido por el bando perdedor, pues por perdedor no podía hacer nada para que se olvidara un episodio especialmente aciago de su participación en la contienda. El empeño, el empecinamiento del ejército de la Segunda República en tomar esa bolsa de resistencia que se había formado en los alrededores e interior (sobre todo el interior) de Belchite ocasionó la imposibilidad de tomar Zaragoza, verdadero objetivo de esa ofensiva. El generalísimo se cebó en la reconquista de la zona, y quiso que las generaciones venideras vieran cómo había quedado la población por el acoso de las hordas rojas (cuando el verdadero motivo de conservarlo era sacar pecho por haber sido capaz, a la postre, de romper el posterior cerco rojo, en una ofensiva que partió en dos la España republicana). Belchite se convirtió en un símbolo de la resistencia "nacional", y como tal fue convenientemente utilizado como parte de la propaganda del recién nacido nuevo régimen. Belchite, pues, pasó a ser no sólo "leal" y "noble" (según Alfonso I), sino "heroica" (según Franco), y como tal ha quedado para la historia en su blasón.

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Pero, de cualquier modo, eso ya no importa. O al menos no debería importar. Belchite es ejemplo de muchas cosas, y no sólo de sitio de especial incidencia en psicofonías por los charlatanes de turno o especialmente apto para el rodaje de películas más o menos bélicas. Belchite es sinónimo de sufrimiento. Pasear por su trazado, conservado casi completo, a la sombra de los lienzos de los pocos edificios que quedan en pie y de montañas de escombros, produce escalofríos. Al margen de en qué bando militara su población, los combates y el dolor aún puede sentirse en sus muros repletos de metralla. No sé si las fotos, estas mías y todas las que existen del sitio, son capaces de transmitir la desolación. Al menos tuve suerte de estar allí en un día completamente despejado, sin nubes que estorbaran y con una preciosa luz de atardecer que da a las fotos una profundidad especial. En cualquier caso, eso es lo que vi, y eso es lo que os enseño.

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En aquella desolación me entretuve sobre todo en fijarme en los detalles que aún quedan del pasado de la ciudad. Entre todas esas cosas cotidianas (los restos de suelos y techos, los marcos de las puertas, los balcones inquietantemente suspendidos en el vacío, los restos de decoración de los edificios religiosos) llamaba especialmente la atención el color azul de muchas de sus paredes; era evidente que era el preferido de sus moradores, y verlo resplandecer entre tanta desolación producía un efecto extraño que espero que se refleje en las pocas fotografías que he dejado en color.

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Era doloroso imaginar a sus gentes caminar entre las calles, camino de la plaza o la iglesia. Las historias que sus esquinas han vivido, las familias que han visto crecer sus hijos entre esas calles ahora repletas de polvo. Las risas, los saludos, las confidencias de los amantes. Belchite poseía una historia que se remonta muy atrás, y es además una historia cruenta por su propia cercanía a la capital aragonesa. Eternas luchas medievales entre árabes y cristianos, con conquistas y reconquistas; escenario también de una cruenta contienda durante la Guerra de Independencia en 1809; y ni qué decir de la Guerra Civil, donde fue literalmente arrasada, teniendo además que soportar ver sus iglesias convertidas en improvisadas cárceles, o como en sus inmediaciones se construyera un campo de concentración para prisioneros republicanos, encargados de edificar el nuevo pueblo en las cercanías.

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Una historia triste al fin, y una historia que jamás podrá olvidarse, debido precisamente a la presencia de esas ruinas. No me quiero imaginar lo que debe de ser crecer con esto, sabiendo que tu campo de juegos fue escenario de tamaño sufrimiento. Así es lógico sentir un escalofrío recorrer la espalda ante la famosa pintada en la puerta de la iglesia de San Martín: "Pueblo viejo de Belchite / ya no te rondan zagales / ya no se oirán las jotas / que cantaban nuestros padres".

Podéis ver todas las fotos a tamaño más grande en mi página de Flickr.



1 comentario
Ojalá nos hubiéramos detenido en el viaje de ida a Barcelona, Polidori!!
7 sep 2010 | 12:15 AM
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