Goldfrapp, Adele y los fines de semana nostálgicos
Vamos para viejos. Las resacas parecen inabordables, y más si te pillan en un cambio de estación (¡dios, qué triste!; pasé ayer hasta un poquito de frío, qué cosas). Lo cierto es que la jornada vespertina/nocturna del sábado fue memorable. Primero, por ver un concierto, lo que últimamente para mi desgracia no es algo precisamente habitual. Segundo, por compartir más cosas con los viejos amigos, que eso siempre es importante. Tercero, porque el concierto estuvo bastante bien, como podréis comprobar en el siguiente párrafo. Y cuarto, porque, bueno, hice una regresión al pasado demoledora.
El concierto: con unos tipos como Goldfrapp, con ese saber entender el viejo glamour setentero y mezclarlo sabiamente con los sonidos más contemporáneos (revisítese, por ejemplo, "Train" del magnífico Black Cherry para comprobarlo), te puedes pasar un buen rato. Disfrutando con las evoluciones de una Allison embutida, como siempre, en trapos imposibles y vaporosos "entornos", y con el resto de músicos que, bueno, cómo lo diría yo, no estaban a la zaga: pantalones ceñidos y botas camperas plateadas; trajes indescriptibles, cual disfraz de oso; bajos transparentes (lo juro; era para verlo); y bueno, todo un set realmente sorprendente. Y muy buen sonido, la verdad, pues Allison canta estupendamente, y lo hace muy bien en directo, y el resto de la banda estuvo también bastante bien, con un sonido bien compensado, a pesar de que todos sabemos que nadie (salvo Kfraftwerk) puede sonar decentemente en La Riviera. En fin, gran concierto, a fe mía. Una fotillo para que os hagáis una idea, aunque poca idea os podéis hacer porque el iphone 3 no es precisamente lo mejor para tirar una foto en un concierto...

Y acabando la noche, bueno, me dejé arrastrar por una celebración muy particular: un fiesta "remember" de un viejo garito/antro, Brujas, al que todos mis amigos íbamos, cuanto, ¿más de veinte años atrás? y que, casualidades de la vida, estaba en Marqués de Vadillo, a escasos quinientos metros de mi casa actual. Bueno, realmente no puedo describirlo todo en tan corto espacio, aunque para los buenos entendedores puedo decir que rara era la canción que pasaba de 1982, y que la nómina de grupos (salvo algunas excentricidades anacrónicas, como Marylin Manson o Nine Inch Nails) pinchados incluía a The Cure, The Mission, Bauhaus, The Cult, Siouxsie and the Banshees, Depeche Mode, Joy Division, The Sisters of Mercy, The Damned... Lo dicho, creo que poco más tengo que decir. Lo verdaderamente sorprendente, aparte de ver a nuestro grupo de cuarentones y otras viejas glorias de nuevo ocupar uno de los laterales de la pista, es que la media de edad era bastante joven, casi la que tendríamos nosotros cuando frecuentábamos garitos como ése o como Splash. Era sorprendente ver a veinteañeros (sin ser estrictamente góticos) bailar a Peter Murphy con movimientos propios de la época. No sé, fue tan sorprendente como gratificante, la verdad. Va a ser cierto que pueda ocurrir aquella vieja historia que antaño escribí sobre unos ancianos que, en vez de irse a una boite a bailar pasodobles, se metían en un antro oscuro, con luces de neón y pasillos tenebrosos a escuchar rock "siniestro" en su tercera edad.
Y, para redondear un poco el fin de semana, el viernes también fuimos al cine a ver Adele y el misterio de la momia, una peli quizá demasiado infantil, pero deliciosamente realizada; una historia de aventuras en la Francia y el Egipto de principios del siglo XX protagonizada por una muchacha de armas tomar que, francamente, me hizo sonreír. Sin estridencias, pero este intento de llevar al cine un éxito del cómic en Francia, de la mano de Luc Besson, me pareció entretenidísima. Como diría uno de los personajes de Rubianes, "qué queréis que os diga, a mí me ha gustao".
Lo dicho, nada mal para un solo fin de semana. ¡Qué vivan los fines de semana!



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