¡Oh, las bodas!
El sábado anterior estuve en una boda. Nada nuevo, quién no ha estado en una. Y nada nuevo para aquellos que disfruten de estas cosas, pero yo no lo hago. De hecho, detesto las bodas. Y no por el motivo más prosaico que acarrean: el gasto, el despilfarro, el "lujo" innecesario. Da igual que sean propias de una lujosa serie americana o de aquellas que suelen catalogarse "de langostino dos salsas"; las bodas son para mí uno de esos absurdos contextualizados a que nos obliga nuestra sociedad. Y si además tienen lugar en lo que podemos considerar un "centro temático para bodas" el absurdo es ya patético, según mi exasperada opinión.
Lo cierto es que esto de las bodas, creedme, lleva adosado cual lapa un intenso debate (que viví, por cierto, este mismo sábado en una cena con algunos de mis muy mejores amigos). Acalorados debates de incluso si debe o no tenerse en cuenta el hecho intrínseco de una boda desde el punto de vista moral o ético (cuando a mí me suelen parecer inmorales, e incluso poco éticas, dado cómo está el mundo); o simplemente defender su existencia porque, si se va poco, como le ocurría a una buena amiga, hasta apetece de vez en cuando. A mí no, y es quizá por ello que debería decir que pido perdón de antemano a los que puedan sentirse molestos con lo que digo, pues hay gente que gusta de plantarse en cuantas ceremonias pueden para disfrutar de ese ambiente único, de ese ir y venir de ropa "especial para bodas", de esas suculencias culinarias y ese buen gusto a la hora de preparar un sarao bailable. Bien, lo siento, pero no comparto con ellos ese disfrute, y para mí si mañana se anunciara que se iban a prohibir por ley las bodas, tal y como hoy se conciben, no tendría ningún reparo es mostrar mi regocijo. Y vaya, claro, por delante que hay bodas y bodas, como hay matrimonios y matrimonios, o funerales y funerales, pero las bodas son, para este blogger, un embolado innecesario.
Así que, querido lector, si eres de esos a los que les gusta más un enlace matrimonial que a un niño un caramelo, te ruego, casi te exijo que dejes de leer a partir de ahora. Así que gracias, por leerme, etc., y hasta otra mejor ocasión.
Bien, ya en petit comité, partamos de una base: una boda es una de las manifestaciones antropológicas más fascinantes por inusitadas que rodean a nuestra postmoderna sociedad, y una de las más meritorias de estudio sobre el terreno por lo que tiene de singular. Las considero un vestigio del pasado, cuando era menester "entrar en sociedad", lo mismo que se hacía con las chicas es su "puesta de largo". No entiendo por qué en estos tiempos es necesario hacer una ceremonia de esas características para conmemorar que has firmado un contrato con una persona (no más lejos de lo que llega tu hipoteca, bien es cierto, en muchas ocasiones). Y no digamos si la ceremonia entraña un componente religioso; en este caso, siendo por la fe por la que se debería efectuar tal acto, estaría completamente de acuerdo, pero ya son demasiados los casos que conozco de, hablando de mujeres, contrayentes que sólo se casan por la iglesia por vestirse de blanco, algo cuanto menos hipócrita. Con estos postulados seguimos adelante.
Cuando no tienes más remedio que asistir (es decir, los contrayentes pertenecen en algún grado a tu familia, o son amigos o personas demasiado allegados como para que pongas cualquier excusa por tu ausencia) aprovechas para tomar apuntes importantes, como fue la ocasión postrimera, apuntes que paso ahora a desentrañar negro sobre blanco. A saber:
- el supuesto "día más feliz" de la pareja no deja de ser un mero repetir de pautas mil veces vistas, lo cual no es, precisamente, el ideal que debe tenerse de un día "único y singular", porque se parece irremediablemente a todas y cada una de las miles de ceremonias que se celebran al unísono en el globo. Las únicas diferencias vienen del bolsillo de novios (o padrinos) y comensales, y el buen o mal gusto de los primeros.
- el "estilo" nupcial no deja resquicio a muchas prebendas. Las novias, todas, se parecen demasiado, por muy distintos que sean sus trajes. Tan es así que hasta serías capaz de diferencias la época de una boda por el tipo de traje que lleva la novia, lo que, sinceramente, no dice mucho de esa "belleza" que se le supone debe tener la susodicha cuando parece un calco de tantas otras. El novio, por cierto, va de traje, y a veces con brillitos en las solapas e incluso faldones en la espalda y claveles en la solapa, por si no lo saben mis lectores; y prou, que dicen los catalanes.
- esa alegría, ese jolgorio, ese no parar de reír se limita a una estudiada ceremonia que cumple una serie de movimientos cual corrida de toros, con anuncio de clarines incluido. Más si cabe si la ceremonia sigue el rito cristiano, donde los curas gustan de refocilarse con ceremonias excesivamente largas que sirven de regodeo para los habituales y de tortura para el resto de malditos infieles.
- por el motivo que sea, las bodas suponen un abrir la veda a cualquier manifestación del mal gusto. Y sé que muchos dirán que el mal gusto es relativo, pues de gustos supuestamente no se ha escrito nada, pero es algo empíricamente demostrable que en las bodas sale lo peor del hortera que mucha población lleva dentro. A veces con inusitada imaginación, doy fe.
- una boda se supone que es una ceremonia de etiqueta, pero nadie ha establecido el protocolo adecuado. Y no digo sólo por el largo o no del vestido de las señoras, ni del tipo de chaqueta de los caballeros, sino que es tal la amalgama de atuendos que uno nunca sabe lo que se va a encontrar: llamativos chalecos, vestidos-helado-de-nata-y-fresa, tules vaporosos, gasas excesivamente transparentes para ciertas anatomías, flores estentóreas, tocados y peinados imposibles, lentejuelas (¡sí, lentejuelas a troche y moche!), toreritas, tacones de vértigo que exigen andares de equino a quien no acostumbra, exiguos trapos en pleno otoño, escotes que decididamente no quedan bien, maquillajes al borde del ataque de pánico, gemelos de un dorado que ya quisiera Aguirre (o la cólera de Dios); y demás atuendos que me parece oportuno obviar. Nota: de las joyas, pedrerías y bisuterías imposibles varias daría para otro post. En definitiva, la gente "se disfraza", y es algo que, para mí, resulta esperpéntico.
- la cuestión de la comida. Axioma: si uno no come mucho no ha estado en una boda. Y de hecho, la gente parece que lleva toda la semana sin comer para empapuzarse ese día. Y digo yo: gracias al demiurgo estamos en un país del primer mundo en el que no necesitamos atiborrarnos ni padecemos hambre ni miseria, así que es patético y decididamente obsceno comprobar la cantidad de comida que sobra cada vez que los camareros hacen una ronda recolectando platos. De veras que es inenarrable.
- esa música. Y me consta que algunos novios intentan subsanarlo y luchar denodadamente contra, incluso, la SGAE; pero no hay manera. Los "éxitos" que pueden escucharse en una boda cualquiera dejan patidifuso a este servidor, a base de "bombas", pasodobles inenarrables, "no rompas más mi pobre corazón", "toritos enamorados de la luna", venaos y demás piezas imposibles. Sólo hay una cosa más terrible: ver estos mismos sones en una fiesta anual de trabajo; es increíble lo que la gente es capaz de hacer en una situación supuestamente formal.
En fin, con esto corto y cierro. No es necesario hacer más leña. Sé que hay personas para las que este tipo de ceremonias resultan no sólo tolerables, sino apetecibles cuando no tienen muchas ocasiones de socializar con sus congéneres, pero huelga decir que yo tengo un concepto muy distinto de lo que es pasárselo bien, gozar de un día inolvidable, y como tal lo respeto, pero que no cuenten conmigo para sentirme a gusto ni pensar que es algo "especial" ni espléndido.
Y el día que me toque no sé muy bien que haré, pero una cosa está clara: conmigo no contarán los salones al uso.
Polidori dixit.
Polidori haciendo amigos...



2 comentarios
Ah, ¿pero te va a tocar? Qué emoción. ;-) ¿Dejarás que la novia se corte la liga en pedacitos para repartirla? Es algo muy bonito que has olvidado comentar. :-D
21 oct 2010 | 06:36 PM
Efectivamente, se me ha olvidado comentarlo. Pero la liga, si es que la hay en mi boda, se la quitaré yo, que no cortaré, a mi señora en la intimidad. Es que soy muy reservado, "ya tú sabes" (y me consta que lo sabes).
Y se te olvida que se hace lo mismo con los calzoncillos del novio, pero desde ya te digo que los míos estarán enteros en mi noche de bodas. Por éstas.
22 oct 2010 | 10:41 AM
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