La Coctelera

Las manos en los bolsillos

El paraíso perdido

Y entonces traspasé el umbral, y la visión de lo que vi me hizo respirar hondo, henchido de felicidad. Hasta donde alcanzaba la vista se adivinaban prados de intenso verdor, arroyos cantarines y tibios rincones donde hallar solaz en cualquier instante. La temperatura, agradable aunque quizá calurosa, invitaba a buscar la sombra de las hojas y la tierna brisa de un atardecer eterno. De todos los rincones brotaban dulces sones de instrumentos perdidos que acariciaban la atmósfera por encima de mi sien. Y voces. Voces quedas, y risas entrecortadas, murmullos y susurros, suspiros de placer y el leve rozar de los dedos en las escasas y ligeras prendas. Todos, incluso yo mismo, éramos jóvenes, con la piel tersa, con la sensación etérea que sólo da el cuerpo fibrado, la musculatura en tono, la física de la plenitud. Y la ausencia de dolor, tan patente como la alegría de estar vivo sin importar el pasado, el presente, el futuro. Como Alicia, pero en su adultez, no encontré conejos parlanchines ni naipes marciales, sino hermosas muchachas, hermosos efebos que revoloteaban en los estanques de agua bulliciosa, toqueteándose sin rubor y correteando unos detrás de otros, como ninfas y semidioses. Y yo mismo me vi danzando, despreocupado, en la cúpula del placer, soñando que estaba despierto en medio de ninguna parte, atendiendo la mirada de aquél, de ésta y de aquéllos. Y creyendo ver, allá a lo lejos, alguien que se parecía mucho a ti, y que podrías ser tú, sin esa preocupación, sin ese dolor en tu rostro, y me invitabas a unirme al edén. Y nada más me importó.

Hilas y las ninfas (1896), John William Waterhouse.

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